Opinión

El Senado

Hoy, el Partido Comunista y sus aliados, desde la Convención Constitucional, han decidido hacer desaparecer el Senado. Lo substituirá una cámara cuyas atribuciones no alcanzan siquiera a dar satisfacción a su nombre “Cámara de las Regiones”, pues no podrá decidir sobre los temas que más afectan a unas regiones desde siempre postergadas por el centralismo.

No sólo harán desaparecer un espacio para el debate democrático, sino que habrán destruido uno de los elementos fundamentales del ejercicio democrático. AGENCIA UNO/ARCHIVONo sólo harán desaparecer un espacio para el debate democrático, sino que habrán destruido uno de los elementos fundamentales del ejercicio democrático. AGENCIA UNO/ARCHIVO
No sólo harán desaparecer un espacio para el debate democrático, sino que habrán destruido uno de los elementos fundamentales del ejercicio democrático. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Hardy Knittel

“Enemiga de grandes caderas que mi pelo han tocado/con un ronco rocío, con una lengua de agua…” Ese es apenas un párrafo de uno de los, en mi opinión, más conmovedores poemas de Pablo Neruda: “Las furias y las penas”. En un epígrafe que luego agregó a la presentación del poema, escribió: “En 1934 fue escrito este poema. ¡Cuántas cosas han sobrevenido desde entonces! España, donde lo escribí, es una cintura de ruinas. ¡Ay! si con sólo una gota de poesía o de amor pudiéramos aplacar la ira del mundo, pero eso sólo lo pueden la lucha y el corazón resuelto.” Algunos años más tarde, en 1945, el poeta adheriría al Partido Comunista y algo más tarde aún, sería elegido senador por las provincias del norte. Allí, en el Senado de la República, lo sorprendió en 1948 la decisión de Gabriel González Videla de romper con sus aliados de la izquierda e ilegalizar al Partido Comunista. Sus camaradas, entonces, debieron ocultarse, pero no él, porque al amparo del fuero que le confería su calidad de senador, siguió, con “el corazón resuelto”, haciendo oír su voz “de lucha”.

Sí, una voz que se alzó en contra de la “ira del mundo” desde el reducto que la democracia chilena había levantado desde los orígenes mismos de la república, el Senado. Y, como él, desde esa misma instancia muchos otros de sus camaradas, como Julieta Campusano, Volodia Teitelboim o Elías Lafferte, construyeron democracia y lucharon por los derechos de los más pobres y de los desposeídos. Nunca pensaron que el Senado era un refugio de la “élite” desde el cual proteger privilegios, sino un escenario desde el que, por medio de las herramientas que la democracia les proporcionaba, esto es el debate y las leyes, esos derechos podían ser ampliados y protegidos. Pero eran otros tiempos, qué duda cabe, y hoy, el Partido Comunista y sus aliados, desde la Convención Constitucional, han decidido hacer desaparecer el Senado. Lo substituirá una fantasmagórica cámara cuyas atribuciones no alcanzan siquiera a dar satisfacción a su nombre “Cámara de las Regiones”, pues no podrá decidir sobre los temas que más afectan a unas regiones desde siempre postergadas por el centralismo: la educación, la salud, muchas veces incluso el olvido.

Con ello, no sólo harán desaparecer un espacio para el debate democrático, una tribuna desde la cual las mujeres y hombres más destacados no sólo del Partido Comunista sino de la República toda, ( recordemos a Eduardo Frei,  Salvador Allende, Julio Durán, Francisco Bulnes, María de La Cruz) podían hacer oír la voz de aquellos a quienes representaban con una altura y una densidad difícil de encontrar en otro foro, sino que, y sobre todo, habrán destruido uno de los elementos fundamentales del ejercicio democrático: el equilibrio de poderes y el mutuo control entre esos poderes. 

Desafortunadamente es eso, ni más ni menos. La existencia de dos cámaras, en un régimen no
parlamentario, tiene por objeto que una de esas cámaras sea siempre revisora del actuar de la otra, de modo de garantizar una visión alternativa que mejore o modere lo obrado por mayorías circunstanciales en la otra cámara. Y, de ese modo, ambas cámaras, en tanto poder legislativo, pueden servir de equilibrio y control de los otros poderes del Estado a los cuales, como dicta la Constitución aún vigente, pueden juzgar y aún sancionar en los términos que determina la propia Constitución.

Lo que la decisión de la Convención Constitucional significa en última instancia, es que un presidente de la República, con una mayoría relativa y circunstancial en la Cámara de Diputadas y Diputados (el único poder legislativo real), podrá gobernar sin controles ni contrapesos y, como dicta otra norma de la Constitución que se elabora, reelegirse. Un peligroso camino el que sugieren estas capacidades y, sin duda, un camino que rechazaría Pablo Neruda y sus camaradas senadores, seguramente con pena y mucha furia.

Hardy Knittel,

bachiller en Historia y ex intendente de la Región de Valparaíso

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