Opinión

El baile de disfraces

Tratando de mostrarse empáticos, todos los postulantes a La Moneda adoptan discursos socialdemócratas y progresistas, usando un disfraz que les permita vender espejitos montados para escena, negando el pasado y ahorrando autocrítica.

Según la última Encuesta Cadem, Jadue y Lavín lideran las preferencias en la carrera presidencial. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Según la última Encuesta Cadem, Jadue y Lavín lideran las preferencias en la carrera presidencial. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Guillermo Bilancio

Sin duda, el proceso constituyente es el hecho político más relevante de las últimas décadas, y se llevará la atención de toda la sociedad, al menos, durante los próximos dos años. Pero esta situación determinante para el futuro de Chile, no debiera ser un factor para desestimar la importancia de las elecciones presidenciales.

¿Acaso la sociedad, más votante que militante, ha perdido el interés? ¿O la baja conversación política y el enfrentamiento, tibio y superficial de farándula entre los candidatos, le restan relevancia a este inminente capítulo electoral? Tal vez, cierto adormecimiento por aburrimiento frente a tantas ofertas que parecen más de lo mismo y tan poca confianza en postulantes que no parecen alcanzar el nivel esperado, dejan percibir que la confusión le gana a la claridad. Pero lo que sí resulta claro, es que desde la política se dieron cuenta que para ganar (en política es lo único que importa), es necesario conocer lo esperado por la sociedad. En otros términos, identificar el espacio hacia donde construir el mensaje.

Lo curioso, en esta era post estallido social, es que la sensación es que el mensaje es el mismo. Es que todos se enteraron que el abuso, el poder real de la gente y la presencia del Estado eficiente, son los componentes de un relato común. En definitiva, más tarde que temprano, los políticos se van dando cuenta de que vivimos en el tránsito de una revolución, en la que el estallido es un punto determinante para replantear discursos y modos de actuar.

Si repasamos las propuestas de los candidatos -no los modelos de país, que aún se mantienen indefinidos-, claramente hay una convergencia, en la que todos van por lo mismo suponiendo un centro -que en realidad es inexistente-, privilegiando la moderación y una mezcla que los aleje de los extremos tan temidos.

Tratando de mostrarse empáticos, todos los postulantes a La Moneda adoptan discursos socialdemócratas y progresistas, usando un disfraz que les permita vender espejitos montados para escena, negando el pasado y ahorrando autocrítica.
Acaso se preguntan, “¿qué ves cuando me ves?”

¿Lavín es socialdemócrata? ¿Jadue abandona las banderas comunistas y es socialdemócrata con apertura al mercado? Recordemos que a comienzos del siglo XX los principales adversarios del comunismo fueron los socialdemócrata. Entonces, ¿todo cambia?

Los candidatos que participaron del Gobierno tratan de despegarse de los errores, mientras los viejos y desorientados concertacionistas no saben porqué les están ocupando espacios que suponían propios. Hoy parecen candidatos a gobernar Finlandia con propuestas totalmente alejadas de la base de la pirámide. Entre tanta confusión en este baile de disfraces, el Frente Amplio sigue transmitiendo desde la URSS con panfletos setentistas pseudo intelectuales.

Todos están de acuerdo con el matrimonio igualitario, todos coinciden en que el Estado debe estar más presente y ser más eficiente, todos coinciden en revisar el resultado de las AFP´s e Isapres, todos plantean la necesidad de salud y educación pública de “calidad”, todos buscan mejorar la seguridad, todos defienden la equidad de género, todos plantean promover el emprendimiento y resolver la crisis de las Pymes. Todos por lo mismo, con lo mismo.

Lo que es una verdad, es que en un país donde un presidente en su cuenta pública final pide perdón, las cosas están mal. El perdón -algo divino- supone haber hecho un daño intencional al otro, y eso no es bueno. Como tampoco es bueno no hablar de arrepentimiento por errores cometidos, que hubiese sido una afirmación más sensata. Esta total falta de conducción política, es la que debieran revertir los candidatos, considerando que frente a una “comoditización” de las propuestas, la diferenciación va a estar dada por la capacidad de conducirlas. Definitivamente, lo que viene no será una competencia de ideas, sino una competencia de cualidades de conducción, lo que exigirá integrar soluciones de los supuestos ambos lados de la política, tal como lo hiciese un director de orquesta. Y quien no pueda hacerlo, deberá declararse incompetente en esta carrera.

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