Opinión

El detalle que faltaba

Nuestro Presidente anotó otro golazo en contra a Chile en los ojos del mundo, uno que nos observa con lástima. Con pena por haber desperdiciado un camino emprendido en 1990. 

Nunca se pudo comprender entonces porqué los seguidores de Lenin y en general los comunistas se transformaron casi sin excepción en furibundos antisemitas. AGENCIA UNO
Nunca se pudo comprender entonces porqué los seguidores de Lenin y en general los comunistas se transformaron casi sin excepción en furibundos antisemitas. AGENCIA UNO

Escribo con bronca. El motivo de mi furia es causada más por mi profunda convicción de demócrata, de liberal que por mi origen judío. No soy religioso: desde mis tempranos años soy agnóstico y si bien respeto todos los credos que ennoblecen a sus creyentes, le doy un poco de razón a Vladimir Ilich Lenin quien manifestó que (muchas de) las religiones son el opio de los pueblos. De paso debo mencionar que él era medio judío: su madre, María Blank, que lo mantuvo con mucho sacrifico durante sus años que  preparaba la revolución bolchevique de 1917 (él jamás trabajó, jamás ganó un rublo u otra moneda y sobrevivía de lo que constantemente le pedía a mamita y ésta le mandaba a regañadientes) vendiendo propiedades de su familia para conseguir dinero, cosa que su hijo aplaudía ya que consideraba que su familia era burguesa – burzhui – y su lucha para derrocar esa clase. Flor de hijo…

También debo mencionar el hecho harto conocido por todo el mundo, por quien alguna vez escuchó los apellidos Marx y Engels, los ideólogos de la lucha de clases, los inventores que precisamente Lenin transformó más tarde en Comunismo. Ambos eran judíos…    

Nunca se pudo comprender entonces porqué los seguidores de Lenin y en general los comunistas se transformaron casi sin excepción en furibundos antisemitas y cuál era la razón que Stalin, históricamente el sumo representante del Comunista, mandó a exterminar, encarcelar, torturar o enviar al Gulag millones de israelitas rusos y, más tarde, de la USSR. Nunca se sabrá quién hizo asesinar más judíos: Hitler, o Stalin.

En la historia chilena tampoco faltan los grandes líderes abiertamente antisemitas, encabezados por Salvador Allende (lean a Nicolás Márquez, Víctor Farías y otros historiadores nacionales) quien, entre otras falencias, era admirador de Hitler y del nacionalsocialismo, el partido que organizó de la manera más impecable el exterminio de 6 millones de judíos: el Holocausto. Otros líderes izquierdistas, como por ejemplo nuestro contemporáneo Guillermo Teillier, presidente del PC chileno, también se destacan y destacaron por su odio hacia los hebreos y hacia Israel.

Ahora por fin apareció la “verdadera faccia”-  como dirían en Argentina - de nuestro flamante Presidente, Gabriel Boric, que en forma torpe, inédita y atropellada se negó a recibir al embajador de Israel en la presentación de credenciales diplomáticos, “castigando” así a Israel por la muerte de un palestino en Cisjordania a manos del ejército de esa nación. Ese acto - de por sí estúpido y lo que lamentablemente ya se hizo típico del Gobierno actual - finalmente parece que delató algunas convicciones de Gabriel, su hasta ahora oculto antisemitismo: el detalle que faltaba. No se le ocurrió ”penalizar” a embajadores de otros países donde los DD.HH. no solo no existen, sino están permanente y flagrantemente violados, donde torturan y exterminan gente por simplemente no estar de acuerdo con el régimen o – lo más grave – siendo mujeres brutalmente oprimidas, intentan a hacer algo por su dignidad.

No; lo hizo con el israelí, un judío que representa a una de las naciones más democráticas y modernas del mundo, por una muerte que forma parte lamentable de la situación beligerante entre dos naciones, situación en que un Presidente chileno difícilmente será aceptado por el mundo como fiscal, juez y sancionador. Gabriel Boric, en su papel de preceptor de Israel.

Nuestro Presidente anotó otro golazo en contra a Chile en los ojos del mundo, uno que nos observa con lástima. Con pena por haber desperdiciado un camino emprendido en 1990. Una ruta exitosa que, si bien debía ser urgentemente enmendada para lograr más igualdad y menos división social, apuntaba al éxito. Ruta que tanto por la ceguera de su pueblo influenciado por el populismo rampante, como por la falta de cultura para la lectura de las políticas de países que sirven de ejemplo y, sin duda, también por la eterna torpeza del centro/derecha/centroizquierda, está ahora perdiendo. Un partido en que parecía que iba ganando: la del desarrollo. Un partido que no mejorará con ofender torpemente a una nación con la cual Chile se llevaba bien desde su nacimiento.

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