Opinión

¿El fin de la historia?

El próximo gobierno va a ser reconocido por la conducción del Estado, y no por el fin o el comienzo de un nuevo capítulo en la historia de Chile, ya que ese rol ha sido delegado en quienes están definiendo en la constituyente la ley superior que va a marcar el modelo de país.En este escenario, la conducción política del Estado debe plantearse la gestión prescindiendo de la ceguera de la izquierda o la derecha, porque el dilema a resolver es pensar en adelante o atrás.

No alimentemos el miedo del final de los tiempos, sino el comienzo de uno mejor. AGENCIA UNO/ARCHIVO
No alimentemos el miedo del final de los tiempos, sino el comienzo de uno mejor. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Guillermo Bilancio

El miedo vende. El miedo es el motor del retraso, el obstáculo para la evolución. Y en eso está Chile, en un tira y afloja por el temor a lo que fue y el espanto por lo que vendrá.

Los discursos de los extremos nos hacen retroceder varios casilleros, ya sea por un retorno encubierto a los años 70, como a los momentos oscuros del sálvese quien pueda a partir de la supervivencia del que se supone más apto en esta sociedad.

Desde los que pretenden un supuesto Estado omnipotente que finalmente termina siendo un gigante torpe y tonto, hasta los que combaten el tamaño del Estado, pero que, hipócritamente, no reconocen que han vivido y se han enriquecido por él. De un lado y del otro plantean situaciones que parecen desembocar en el fin de la historia, en la hecatombe de Chile, en el infierno después del paraíso, o de permanecer en el infierno ante la promesa de un nuevo cielo.

Pensar en los extremos y en volver a lo que fuimos, no es otra cosa que firmar el fracaso de un intento del cambio posible, porque ese cambio está adelante, ni a la izquierda ni a la derecha, pero para entender eso será esencial comprender el significado de la convivencia y del progreso.

La convivencia es la democracia y la aceptación. El progreso es avanzar más allá de la prosperidad económica. Y en ese espacio juega la política como un elemento integrador del verdadero socialismo y del verdadero capitalismo, no del populismo comprador de voluntades de la izquierda resentida o de la derecha retrógrada.

El socialismo verdadero aplicado en naciones desarrolladas es aquel en el que un Estado presente garantiza las bases de equidad social en términos de educación, salud y justicia, y esa equidad es la que permite la libertad responsable y compartida.
Y el verdadero capitalismo es aquel en el que la iniciativa, la innovación y la voluntad de crear valor de los privados genera riqueza expansiva, la que se traduce en un desarrollo sostenible de la sociedad.

El Estado en esta nueva era no es el generador de riqueza, sino el que genera las condiciones sociales, ambientales y políticas para lograrla. En tal sentido, el Estado tampoco es el que dilapida recursos en proyectos fracasados o en operaciones turbias que permiten a un privado privilegiado obtener beneficios individuales sin la devolución justa que la sociedad exige.

Por eso la discusión actual en Chile es mezquina, e hipócrita. Ni los abanderados del discurso la distribución de la riqueza sin generarla, ni los que generan riqueza a partir de las facilidades que les otorga quien conduce el Estado de turno, están en condiciones de discutir prehistóricamente acerca de la existencia o no del Estado.

El Estado siempre está, y su validez está en la manera en que se conduce. Necesitamos un Estado exigente, no dadivoso. Un Estado atento a los problemas de la gente, pero no servil para apoyar con acciones populistas (en el peor de los sentidos) al gobierno de turno en la conservación del poder.

Un Estado que promueva la educación pública en los niveles básicos, y que apoye la educación pública superior para una élite de conocimiento, no de nivel socioeconómico.

Un Estado que apoye al emprendimiento con innovación, seleccionando proyectos y apostando fuerte para apoyarlos, y no un Estado que ayude con una limosna a un emprendedor sin innovación. Eso minimiza el potencial individual maximizando la insatisfacción del total.

Un Estado que garantice la salud y la seguridad pública. No es un problema de tamaño, sino de efectividad y eficiencia con el propósito de gestionar el bienestar.

El próximo gobierno va a ser reconocido por la conducción del Estado, y no por el fin o el comienzo de un nuevo capítulo en la historia de Chile, ya que ese rol ha sido delegado en quienes están definiendo en la constituyente la ley superior que va a marcar el modelo de país.

En este escenario, la conducción política del Estado debe plantearse la gestión prescindiendo de la ceguera de la izquierda o la derecha, porque el dilema a resolver es pensar en adelante o atrás. En progreso o en retraso. En un Estado para pocos o para todos.

No alimentemos el miedo del final de los tiempos, sino el comienzo de uno mejor. Usted elige. ¿Convivir con los demás o pensar en las generaciones por venir?

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