Opinión

El peligroso tironeo de los extremos

Perdieron los grupos radicales de izquierda que nacieron con la revuelta del 18 de octubre de 2019 y que arrastraron a todo el sistema político a una discusión polarizada, de suma cero. Y, al mismo tiempo, perdieron los actores de extrema derecha que se organizaron para defender a ultranza el modelo.

El llamado es a no caer en la trampa de los extremos, a no dejarse tironear y arrastrar nuevamente a la polarización y el desencuentro. A no dejarse intimidar por la violencia. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El llamado es a no caer en la trampa de los extremos, a no dejarse tironear y arrastrar nuevamente a la polarización y el desencuentro. A no dejarse intimidar por la violencia. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Erick Rojas Montiel

En las últimas semanas hemos visto una serie de intentos de los grupos radicales del espectro político para recuperar la fuerza y el terreno que ganaron tras la revuelta, la validación de la violencia y la polarización.

Ante el aplastante triunfo del Rechazo en las elecciones del 4 de septiembre pasado fueron estos sectores los que perdieron. Perdieron los grupos radicales de izquierda que nacieron con la revuelta del 18 de octubre de 2019 y que arrastraron a todo el sistema político a una discusión polarizada, de suma cero. Y, al mismo tiempo, perdieron los actores de extrema derecha que se organizaron para defender a ultranza el modelo.

Son los extremos los que se ven amenazados con la moderación y el diálogo que se busca instalar en el nuevo proceso constituyente. Porque si hay un ganador en el actual contexto es el centro político, el mismo que se había dado por muerto y que hoy irrumpe con fuerza, generando con ello una serie de efectos.

El primer efecto fue en el Gobierno, que, con el reciente cambio de gabinete fortalece el socialismo democrático y da un pequeño giro al centro. Hemos visto en las últimas semanas a un Ejecutivo que busca liderar el acuerdo para avanzar en un nuevo proceso constituyente, sin entender que para avanzar de verdad debe estar dispuesto a ceder protagonismo y limitarse a conducir tras bambalinas las conversaciones para que se alcance un nuevo acuerdo entre las distintas fuerzas políticas en el Congreso. 

El segundo efecto fue el terremoto político que se produjo al interior la Democracia Cristiana, que no se termina con la renuncia a la presidencia de Felipe Delpin, tras obligar a los militantes a jugársela por el Apruebo y perseguir a los que públicamente se sumaron a la campaña del Rechazo. Exponer al partido a una derrota y desaprovechar la oportunidad política de reposicionar a la DC fue una torpeza que ha derivado en una fuga de militantes hacia nuevos partidos de centro.

El tercer efecto -el más preocupante a mi juicio- son los rebrotes de violencia de los grupos radicales, ante la amenaza que les significa una moderación de la sociedad chilena y una condena transversal al radicalismo. Son estas minorías las que pierden cuando la sociedad, sus instituciones, y la democracia se fortalece.

Es el debilitamiento del radicalismo el que explica, principalmente, el tironeo de los extremos a los distintos actores que se han sentado a conversar para avanzar en un nuevo acuerdo constituyente.
Es la motivación de la campaña, nacional e internacional, que buscan instalar que aquellos que votaron rechazo lo hicieron porque son ignorantes, ingenuos y porque les mintieron; sin reconocer que la lectura mayoritaria de los chilenos fue que, más allá de los beneficios, la propuesta estaba llena de riesgos. Paradojalmente, la crisis de confianza que estos sectores ayudaron a instalar y que capitalizaron en su momento, esta vez les jugó en contra.

Es la razón que explica la aptitud de los grupos de la derecha radical que no quieren avanzar en un nuevo proceso constituyente y que estén presionando por hacer los cambios a la Constitución vigente, encontrando cada día más adeptos, que minimizan los riesgos que representa bloquear estas reformas. 

Promover que no es necesario avanzar en un proceso constituyente era una estrategia esperable para la extrema derecha, pero en ningún caso esta idea debe capturar a los sectores de Chile Vamos que comprometieron avanzar en un nuevo proceso. En tiempos de incertidumbre, más que nunca, es clave honrar la palabra empeñada. 

Preocupa la violencia, en momentos en el que el ciclo político promueve el diálogo y los acuerdos. Preocupan las amenazas que han recibido los parlamentarios y el nivel de violencia de los encapuchados, antes de las fiestas patrias.

El llamado es a no caer en la trampa de los extremos, a no dejarse tironear y arrastrar nuevamente a la polarización y el desencuentro. A no dejarse intimidar por la violencia. 

El Gobierno, el Congreso y el Poder Judicial, cada uno desde el rol que le compete, la sociedad civil y la inmensa mayoría de los chilenos debemos condenar la violencia, venga de donde venga; debemos respaldar a nuestras instituciones para que hagan la pega y ser muy críticos a cualquier acción radical de los extremos, que sabemos que están dispuestos a todo para imponer sus ideas.

Tenemos una nueva (tal vez la última) oportunidad para hacer las cosas bien, dejando atrás la división, la cancelación y la violencia que tanto daño nos ha hecho a las chilenas y chilenos. Tenemos la tremenda posibilidad para reencontrarnos en nuestras diferencias y construir entre todos una nueva Constitución que mejore nuestro futuro, sin ponerlo en riesgo, que rescate lo bueno del texto antes propuesto y corrija, lo que, desde la revancha y mala leche, hacía daño y nos ponía en riesgo.

Por eso, ojo con el tironeo de los extremos y la manipulación ideológica, que arrastra a la división y a la violencia. Cuidemos el dialogo, cuidemos la democracia.
 

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