Opinión

El presidente y la política exterior

La asunción del nuevo gobierno coincide con una falta de consenso y de ahí la necesidad de construir un nuevo paradigma para nuestra política exterior. No es una tarea menor en un contexto doméstico polarizado, al que se agrega la incertidumbre constitucional, y muy complejo globalmente.

El presidente Boric ratificó la naturaleza estratégica de la relación con Argentina, al anunciar que su primera visita al exterior será a este país el 5 de abril. AGENCIA UNO/ARCHIVOEl presidente Boric ratificó la naturaleza estratégica de la relación con Argentina, al anunciar que su primera visita al exterior será a este país el 5 de abril. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El presidente Boric ratificó la naturaleza estratégica de la relación con Argentina, al anunciar que su primera visita al exterior será a este país el 5 de abril. AGENCIA UNO/ARCHIVO

Históricamente en el sistema político chileno, el presidente de la República ha sido uno de los actores más relevantes en materia de política exterior. En él, en función de nuestro diseño institucional desde la independencia, ha descansado la conducción de las relaciones internacionales y sus prioridades.

Desde la recuperación de la democracia, todos nuestros mandatarios han sido bastante activos en la materia, destacando en mi opinión particularmente dos: Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos. En ambos mandatos se configuró buena parte de nuestra política exterior actual, aunque también Ricardo Lagos es el último que tiene una visión integral de los horizontes para Chile en la materia. En adelante, como lo he manifestado en anteriores ocasiones, se siguió con cierta inercia, y el consenso forjado en esos períodos se fue erosionando, pasando a ser la política exterior cada vez más partisana y menos de Estado.

La asunción del nuevo gobierno coincide con esta falta de consenso y de ahí la necesidad de construir un nuevo paradigma para nuestra política exterior. No es una tarea menor en un contexto doméstico polarizado, al que se agrega la incertidumbre constitucional, y muy complejo globalmente. Este ejercicio debe ser participativo, con los actores tradicionales como el parlamento, pero también con entidades regionales, la academia, los empresarios, las instituciones castrenses y la sociedad civil en general. Dentro de la institucionalidad existente, el propio Consejo de Política Exterior podría tomar un rol activo en esta materia, como un gran articulador y mesa ampliada.

Sin duda que un área en la que hay una evidente inercia y falta de rumbo claro, es en la política regional, incluyendo lo vecinal. Esto debe matizarse entendiendo que el fenómeno es también hemisférico. Globalmente América Latina se ha desdibujado, y eso se debe en buena medida a la atomización de nuestros esquemas de integración. Esto a su vez es consecuencia de graves problemas internos, acentuados por la pandemia. Pero, paradojalmente, en vez de buscar soluciones comunes a desafíos también compartidos, cada país ha tratado de bregar en solitario con sus dificultades. Se ha privilegiado la visión de los árboles por sobre la del bosque, parafraseando el dicho.

En parte porque es evidente que el aislacionismo es inconducente a la solución de nuestros problemas, pero también por el surgimiento de nuevos liderazgos, está retomando fuerza la idea de revitalizar la cooperación y coordinación regional.

Acá volvemos a converger con la figura presidencial. El presidente Gabriel Boric ha declarado su prioridad por América Latina. Eso quedó ya en evidencia durante su campaña y se reforzó con motivo de la ceremonia de asunción, a la cual concurrieron los presidentes de Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay, además de delegaciones de menor rango de otros países de la región. A las autoridades de estos países, se sumaron invitados especiales del presidente, como la ex presidenta de Brasil Dilma Roussef, el candidato presidencial colombiano Gustavo Petro, el ex vicepresidente boliviano Álvaro García y la ex candidata presidencial peruana Verónika Mendoza.
Producto de la interacción con estas autoridades y personalidades, la agenda regional se ha activado. El presidente Boric explicitó su voluntad de normalizar las relaciones con Bolivia. También ratificó la naturaleza estratégica de la relación con Argentina, al anunciar que su primera visita al exterior será a este país el 5 de abril, fecha que rememora el “abrazo de Maipú” en la que se consagró la independencia chilena. El anuncio fue antecedido de algunos gestos del presidente chileno, como fue la invitación al presidente Fernández de ser el único orador tras el anfitrión en el almuerzo de inauguración en el palacio de Cerro Castillo. Esta visita puede ser una instancia para restablecer la cordialidad bilateral afectada por la contraposición de pretensiones en la plataforma continental marítima austral.

En el caso de Bolivia, la invitación a normalizar los vínculos se hace ad portas del juicio respecto del estatus del río Silala que se realizará en La Haya ante la Corte Internacional de Justicia la primera quincena de abril. Como era de esperar, varias autoridades y personeros bolivianos declararon que el tema del acceso al mar para Bolivia es irrenunciable y punto central de cualquier agenda bilateral. Además, como lo indica la elemental prudencia, habrá que esperar el resultado del fallo y cómo esto incide internamente en cada país. Pero creo que fue bueno tomar la iniciativa y dejar planteada la invitación, especialmente frente a terceros países.

Otra propuesta del mandatario es abordar el tema de la inmigración en conjunto, configurando algún sistema de cuotas entre los países, como ha ocurrido en Europa.

Como es natural, el presidente Boric confía en que la afinidad ideológica será un gran facilitador de las relaciones en la región, especialmente dado el vuelco a la izquierda de la mayoría de los países del área. De ganar Gustavo Petro en Colombia, todos los miembros de la Alianza del Pacífico contarán con regímenes de izquierda. Y de triunfar Lula en Brasil, el eje del Mercosur Brasil-Argentina, también será gobernado por la izquierda.

Confiando en esa afinidad, el presidente también piensa que se puede dar un cambio cualitativo en la relación con Bolivia. Su invitación al ex vicepresidente Álvaro García sería parte del movimiento de piezas para avanzar en esa dirección.

Sin perjuicio de la importancia de las dimensiones personales y de afinidad política en los vínculos internacionales, estas no deben exagerarse. Son innumerables los casos en los cuales estos factores no han sido suficientes para evitar problemas y diferencias o subsanarlos. Basta recordar con Argentina el problema de la interrupción del suministro del gas siendo gobernantes Kirchner y Lagos o más recientemente la publicación de la pretensión argentina sobre la plataforma continental marítima y su conversión en ley (superponiéndose en parte a la pretensión chilena), lo que fue llevado adelante por gobiernos de distinto signo que muchas veces coincidieron y congeniaron con sus pares chilenos. Y la razón es simple y brutal: el interés nacional. Esto hace que al final cada país vele por lo que le conviene, interviniendo diversas fuerzas e instituciones. En esa lógica, las amistades y afinidades son absolutamente secundarias y serán usadas o activadas en tanto se alineen con el interés nacional.

Hay que agregar que en nuestra América Latina la mayoría de los gobiernos no quiere aparecer tan cercano a sus vecinos, porque ello suele atizar los nacionalismos y afectar su popularidad.

Para ir concluyendo: existe un gran vacío en la política regional que presenta un espacio para buscar revitalizar la cooperación, lo que debiera beneficiarnos a todos, partiendo por el fortalecimiento de nuestra región en el contexto global. La alineación política podría ser un facilitador para impulsar ese proceso y el presidente Boric ha visto la oportunidad y parece decidido a avanzar en esa dirección, por las señales que ha emitido en los últimos días.

Sin embargo, no es suficiente con el solo propósito. Se requiere configurar una política vecinal y regional clara, que además se inserte en un contexto mayor de nuestra política exterior. Ese debate está pendiente y no puede dilatarse sin afectar la proyección y permanencia de las iniciativas que se vayan adoptando por el actual gobierno. Mientras no establezcamos un mapa de ruta como país en materia de política exterior, todo lo que se haga está sujeto a la revisión y cambio por la administración siguiente.

Finalmente, la afinidad personal y política que se tenga con los actuales o potenciales gobernantes debe ser sopesada en su acotado mérito, sin olvidar nunca que el fiel de la balanza será siempre el interés nacional. Además, si hay algo que sobra en América Latina es la ideología y parte del nuevo paradigma sería buscar trascender a esta variable que explica buena parte de nuestros vaivenes en la dinámica regional.

Los presidentes hasta ahora han sido esenciales en nuestra política exterior. El actual parece querer seguir esa senda. Continuará…

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