Opinión

"En Nombre de la Humanidad"

Este llamado de Guterres “en nombre de la humanidad” a deponer las armas, está motivado por el paradigma que ha intentado levantar la propia Naciones Unidas, conocido como Seguridad Humana, el cual requiere que los Estados acepten los principios generales establecidos en la Carta de las Naciones Unidas.

El actual drama ucraniano ha demostrado que los intereses de los líderes  pueden gatillar escenarios de violencia institucionalizada. AGENCIA UNO/ARCHIVOEl actual drama ucraniano ha demostrado que los intereses de los líderes  pueden gatillar escenarios de violencia institucionalizada. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El actual drama ucraniano ha demostrado que los intereses de los líderes pueden gatillar escenarios de violencia institucionalizada. AGENCIA UNO/ARCHIVO

El secretario general de la ONU, António Guterres, pidió misericordia a Vladimir Putin en la sede de las Naciones Unidas el 22 de febrero de 2022.

Este llamado de Guterres “en nombre de la humanidad” a deponer las armas, está motivado por el paradigma que ha intentado levantar la propia Naciones Unidas, conocido como Seguridad Humana, el cual requiere que los Estados acepten los principios generales establecidos en la Carta de las Naciones Unidas y, en especial, el régimen de protección de los derechos humanos como un marco mínimo para crear las condiciones de estabilidad mundial. Sin embargo, el pensamiento ligado al realismo clásico, entre otros, nuevamente hace su aparición, recordándonos que la naturaleza humana no evoluciona necesariamente hacia una resolución pacífica de las controversias, y que tal vez nunca lo haga. 

El actual drama ucraniano ha demostrado que los intereses de los líderes que representan a distintas comunidades políticas pueden, en ciertos momentos, gatillar escenarios de violencia institucionalizada para conseguir sus objetivos estratégicos, los cuales muchas veces tienen poco que ver con el respeto a la dignidad de las personas. 

Hemos sido testigos de cómo distintos actores del sistema internacional han violado los derechos humanos a la luz de la Declaración Universal (1948), en especial con posterioridad al desmembramiento de la ex URSS, es decir, después del fin de la Guerra Fría. 

Sin embargo, lo que ahora pareciera estar cambiando es la franqueza con la que los líderes mundiales están decidiendo romper los acuerdos de post Segunda Guerra Mundial, lo que ha sido notorio en los gobiernos de corte autoritario como el ruso y el populista Trump. 

Anteriormente los Estados hacían por medio de acciones encubiertas o presentadas como “legítima defensa” (guerras preventivas) o utilizando a mercenarios. Al respecto, recordemos como Estados Unidos el 2003 intentó justificar su agresión sobre Irak en favor de la paz mundial, inventando pruebas de armas químicas que el régimen de Sadam Hussein pretendía utilizar en contra de la seguridad mundial. 

En efecto, durante el siglo XXI hemos visto como las potencias centrales, las que comparten espacio permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, están en plena pugna por un nuevo reparto de poder que les ha motivado a romper con sus compromisos en materia de estabilidad mundial, como por ejemplo, la ampliación de la OTAN hacia Europa del Este, sin advertir que ello sería la excusa geopolítica para que Rusia legitime una nueva ocupación militar sobre territorio ucraniano y posiblemente otras ex repúblicas soviéticas o espacios en los que Rusia mantuvo control político e influencia desde los tiempos de los zares (siglo XIX). 

Para recuperar la memoria, señalemos que luego de que Estados Unidos respetara los acuerdos del Consejo de Seguridad y agrediera a Irak (2003), el presidente Putin sostuvo -en una conferencia de seguridad en Europa el 2007- que las potencias occidentales habían violado al derecho internacional de tal manera que ello significaba el quiebre del régimen de seguridad internacional, por lo que advirtió que Rusia recuperaría “su” espacio de influencia en Europa antes de que la OTAN ocupe totalmente esa zona. 

Por lo tanto, Occidente con antelación había sido informado de los planes de Putin, lo cual va de la mano con acciones concretas a través de la recuperación del control en diferentes zonas estratégicas, tales como Osetia del Sur en Georgia (2008), Crimea (2014), Siria (2015), Libia (2017), Armenia y Azerbaiyán (2019) y ahora Ucrania (2022), sin dejar de mencionar el avance ruso en materia de influencia sobre estados africanos a través de la venta de armamento y la colaboración en resolución de conflictos internos en países de África Central, sin exigencias a sus socios en materia de derechos humanos. Además, ha revitalizado sus vínculos con la propia Latinoamérica (Nicaragua, Cuba y Venezuela, entre otros), lo cual nos permite observar el avance de Rusia respeto a volver a ser un actor global a costa de Estados Unidos, lo cual ha sido especialmente llamativo en Medio Oriente donde ha cumplido el papel de estabilizador de la zona que Estados Unidos no consiguió.

Ante este escenario, las palabras de Guterres no parecieran ser efectivas para que la Federación Rusa frene su acción para alcanzar los objetivos estratégicos trazados, sobre todo en el contexto en las propias potencias occidentales tampoco parecen ser capaces de hacerlo por medio de la disuasión presentada a través de sanciones económicas. 

En definitiva, estamos siendo testigos del regreso de las razones de Estado como única acción válida para la política internacional, lo cual evidentemente puede ser interpretado como un retroceso para la humanidad, la que aspiró -en tiempos que hoy nos parecen lejanos- a que los conflictos internacionales pudieran ser superados de una manera más civilizada que el uso de la fuerza militar, la cual, como sabemos, solo crea las condiciones para asegurar que en el futuro se desencadene más violencia.

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