Opinión

La dieta parlamentaria

Circula en redes un interesante estudio de octubre de 2019, realizado por un funcionario de la Biblioteca del Congreso Nacional, en referencia a la Dieta Parlamentaria en los países de la OCDE, a la que Chile pertenece. Ese estudio se habría realizado a solicitud de la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia del Senado. Agradecemos […]

La dieta parlamentaria
Por:  José Pedro Undurraga Izquierdo

Circula en redes un interesante estudio de octubre de 2019, realizado por un funcionario de la Biblioteca del Congreso Nacional, en referencia a la Dieta Parlamentaria en los países de la OCDE, a la que Chile pertenece. Ese estudio se habría realizado a solicitud de la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia del Senado. Agradecemos los hallazgos de su trabajo.

En resumen, un parlamentario chileno gana:

• Más que ningún otro parlamentario en la OCDE, y una vez y media por sobre quien lo sigue en la lista; un parlamentario Italiano;
• Dos veces y media más que el promedio de la OCDE o que un parlamentario de Nueva Zelanda y tres veces más que un parlamentario Sueco;
• Al Menos una y media veces más que un parlamentario Japonés, Alemán o de los EEUU; las principales potencias del mundo;
• Once veces el Producto per cápita del Chile y 38 veces el salario mínimo del país, ni comparemos con las insuficientes pensiones que denuncian a diario demandando solidaridad.

Es fácil entender entonces por qué no progresan y demoran los proyectos para reducir el número de parlamentarios y sus dietas; no están dados los incentivos. No es en absoluto verdad que Chile esté primero. Sin perjuicio que nunca las generalizaciones son rigurosas, sirven para ilustrar.

Para la izquierda siempre ha sido fácil predicar la redistribución de la riqueza, hasta el momento en que adquieren gallinas propias, esas no se pueden tocar ni en broma, y si las han adquirido ya de maduros, ni hablar. ¿Dónde podrían trabajar recibiendo esos sueldos? Para mí es un dilema entender cómo concilian su prédica anti-lucro y anti desigualdad por todos lados, con esta situación de remuneraciones totalmente desproporcionadas para la realidad chilena. Será que así debemos entender la nueva política; como la carencia de toda consecuencia entre hablar y actuar.

Los fariseos, por otro lado, se visten de democracia y se declaran aspirantes al hombre nuevo, pero prefieren hacer caridad con lo ajeno subiéndose al púlpito y reclamando del comportamiento poco solidario del resto de la feligresía, casi siempre sin considerar toda la información que, de ser analizada, explicaría el comportamiento de los demás.

Asimismo, algunos de nuestros jóvenes parlamentarios de hoy, se han montado en el caballo de la superioridad moral y cabalgan por la vida más arriba que el resto de los ciudadanos, demandando de ellos comportamientos estoicos, francamente angélicos, mientras son capaces de mantener esta escandalosa estructura de remuneraciones en su favor y de mentir respecto de la donación de una parte de ellas. Hinchados por sus derechos, no alcanzan a visualizar sus obligaciones. Pero el caballo ha empezado a corcovear.

De muchos de la mal llamada derecha ni hablar tampoco. Carentes de fortaleza para enarbolar los principios que dicen representar, temerosos zigzaguean en la búsqueda de simpatías entre sus adversarios, olvidando a quienes los han elegido para estar ahí. No levantan la vista para mirar el gran escenario del futuro de Chile amenazado, sino se emboscan tras el simplismo y el buenismo emocional, para navegar en una política fangosa y opaca cuyo único norte es la reelección.

Agréguese a lo anterior, que muchos de nuestros honorables han sido “arrastrados” al parlamento por los votos muy merecidos de otros candidatos y que en el fondo fueron electos por el partido y no por el pueblo; que muchos de ellos no han trabajado nunca en un cargo privado ni público; que por tanto no tienen preparación para comprender lo que deben legislar, ni por experiencia ni tampoco por estudios, simplemente están ahí por ideología o farándula. Que orientan su accionar hacia las luces y las cámaras y se pasean por los matinales criticando y generando desconfianza respecto de las autoridades en momentos de crisis, exacerbando las expectativas y rompiendo ese necesario equilibrio orgánico entre sentidos, afectos y razón, que distingue al ser humano. Hacen de la política una hoguera de vanidades.

Todo ello, desde la tranquilidad que da saber que, aunque afuera una tormenta económica muchas veces provocada por ellos mismos golpea inmisericorde al chileno medio, ellos están tranquilos al abrigo de sus cargos públicos, a sabiendas que sus remuneraciones dependen de ellos mismos.

¿Cómo hemos llegado a esta situación tan decadente? Esta no es la política que heredamos de nuestros padres, ni la que queremos heredar a nuestros hijos y nietos.

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