Opinión

Leonor Oyarzún, Primera Dama

En la primera entrevista que dio después de que mi padre fuera elegido Presidente, dijo que quería que la llamaran señora Leonor, que en Chile había muchas primeras damas, en el deporte, las artes, y en todas las actividades. Todas las primeras damas han querido transformar su rol y, de hecho, así ha sido.

Siempre estuvo comprometida con la realidad social. Lo mío, decía, es lo social. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Siempre estuvo comprometida con la realidad social. Lo mío, decía, es lo social. AGENCIA UNO/ARCHIVO

A propósito del rol de Primera Dama. Nuestra madre, Leonor Oyarzún, fue primera dama.  Asumió, después de una larga dictadura, tenía 71 años. 

Si bien era una mujer culta e inteligente, no tenía estudios universitarios, como la mayoría de las mujeres de su época. Había egresado del Liceo 1 de Niñas y su padre murió cuando ella tenía 17 años. Era la mayor de seis hermanas mujeres y trabajó para ayudar al sustento familiar. 

Siempre estuvo comprometida con la realidad social. Lo mío, decía, es lo social. De hecho, conoció a mi padre porque preguntó a un amigo por el autor de un artículo sobre la realidad de los obreros del carbón en 1948. Era Patricio Aylwin. Esa vocación la llevó a participar en la Acción Católica. 

En los años 50 y 60 trabajar con mujeres en las poblaciones donde los niños morían de desnutrición infantil (120 por mil el primer año), cuando las tasas de natalidad eran de cerca de 5 hijos por mujer, respondía a una necesidad, tanto de organización como de educación popular. 

Así surgieron los centros de madres, hoy organizaciones del pasado, antes una forma de empoderar a las mujeres para fortalecer sus posibilidades de participación en la sociedad. Un paso en la lucha del feminismo aunque no sea percibido como tal por el movimiento feminista. En la población San Gregorio de la comuna de La Granja, donde mi madre iba todas las semanas, los hijos adultos de las mujeres que trabajaban con ella, aún la recuerdan. Nosotros también recordamos a esas señoras porque iban a nuestra casa o íbamos a las suyas.

Cuando asumió el Presidente Frei Montalva, mi madre fue vicepresidenta de Cema, secundando a María Ruiz- Tagle en su creación. Eran los tiempos de la promoción popular. Pocas organizaciones adquirieron más fuerza que las de las mujeres en el mundo poblacional. Durante el gobierno de la Unidad Popular, muchos centros de madres ejercieron funciones de abastecimiento y se movilizaron contra la escasez y el sectarismo político, en una sociedad profundamente dividida. Durante la dictadura, siguieron luchando por sus derechos, el sustento familiar y la libertad perdida.

Cuando entré a la universidad y mi hermano menor al colegio, nuestra madre decidió estudiar Orientación Familiar en el Instituto Carlos Casanueva. Desde entonces agregó a su trabajo social el sello del desarrollo personal, tan importante para enfrentar la vida con mejores habilidades socioemocionales, que ahora se han vuelto a valorar.

En la primera entrevista que dio después de que mi padre fuera elegido Presidente, dijo que quería que la llamaran señora Leonor, que en Chile había muchas primeras damas, en el deporte, las artes, y en todas las actividades. Que ella no había sido elegida, pero que acompañaría a mi padre como lo había hecho por más de cuarenta años.

Sin embargo, le tocó asumir una función que venía con el precedente de Lucía Hiriart, que había tenido una injerencia enorme en el gobierno de su marido. 

Por personalidad, nuestra mamá fue una mujer prudente, serena, aterrizada y puesta en su lugar. Al día siguiente de asumir el gobierno, llegó un camión con mercadería a nuestra casa desde La Moneda. Ella lo rechazó. Las cosas de mi casa las compro yo. Siguió yendo a hacer sus compras. A veces, cuando la reconocían y se armaba algún alboroto, ella decía, perdón, soy la hermana, me parezco mucho a ella. Y zafaba. 

Cuando recibió en su casa de siempre al Presidente Bush, la seguridad norteamericana quiso hacerse cargo de la comida. Mi madre se negó y los enviados no pudieron entrar a su cocina. 

También debió arreglárselas para que 40 mil niños tuvieran alimentación el primer día del gobierno, función que cumplía de una de las instituciones heredadas de la señora de Pinochet, que se llamaba FUNACO (Fundación Nacional de Ayuda a la Comunidad). Esta funcionaba con voluntarias entre señoras de militares, de funcionarios de gobierno y de alcaldes que entonces eran designados. Se las ingenió para poder entregar los alimentos con apoyo internacional y se abocó a profesionalizar dicha institución, con un equipo técnico de primer nivel en que participó mi hermana Isabel, asistente social. Al poco tiempo se transformó en Integra, focalizada en la educación inicial de los niños, quienes eran los más vulnerables en un contexto donde la pobreza abarcaba a cerca del  50% de la población.

Entonces, muchas mujeres demandaban que se reiniciaran los centros de madres, que habían sido cooptados políticamente por la dictadura. Bajo la convicción de que ya no estaban los tiempos para ello, respondió a esa demanda a través de la creación de Prodemu, una fundación que se dedicó a la promoción y desarrollo de las mujeres. Por otra parte, ella tenía una gran preocupación por las necesidades de recreación y de apoyo a las familias de los sectores populares y creó la Fundación de la Familia, que hizo un aporte en ese sentido.

En ese tiempo, también había una enorme demanda de personas con casos extremos de enfermedades, abandonos, incendios de hogares y otras situaciones que no tenían respuesta en la institucionalidad social y que llegaban al gabinete de la señora del Presidente para su derivación o resolución. 

Todas las primeras damas han querido transformar su rol y, de hecho, así ha sido. Es cierto que se trata de una institución tradicional que no se condice con la racionalidad actual. Tal vez esta nueva generación logre un cambio cultural más radical. No obstante, mal que le pese a los jóvenes de hoy, que miran lo antiguo como asistencialismo, puedo dar fe de que ninguna de estas instituciones y otras que se han creado por las primeras damas de estos más de treinta años, han sido obras de caridad.  
Al contrario, muchas de ellas han podido hacer grandes aportes, con financiamiento público y privado, especialmente donde hay necesidades para las cuales la sociedad no tiene otras o mejores respuestas.

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