Opinión

Lo esencial es visible a los ojos

Tenemos una oportunidad en lo que resta de esta década para detener el avance del calentamiento. Como dijo hace poco un ex primer ministro francés: “No hay una vacuna contra el calentamiento global, pero sí un antídoto: el Acuerdo de París”.

Foto Agencia Uno.
Foto Agencia Uno.
Por:  Juan Pablo Glasinovic

La famosa frase “lo esencial es invisible a los ojos”, incluida en uno de los diálogos de la famosa obra “El Principito” de Antoine de Saint Exupéry, definitivamente no aplica a la emergencia ambiental que estamos viviendo. El planeta está experimentando cambios que son perceptibles a los ojos y a los otros sentidos.

Si creemos que la pandemia es el principal peligro que nos acecha y que la vacuna terminará con ella, entonces estamos muy equivocados. El COVID-19 es una manifestación de un problema mucho mayor, que se refiere al impacto humano en el ecosistema y cómo las profundas alteraciones que está causando, han abierto una caja de pandora con fenómenos como la misma pandemia (75% de las nuevas infecciones humanas proviene de origen animal).

El 2020 va para convertirse en el año más caluroso en el mundo desde que hay registro, superando a las temperaturas de 2016, que detentaba esa condición. Y eso que los últimos 5 años han sido los más calurosos, con un promedio de 1,28°C sobre los registros preindustriales. Esto está muy cerca del objetivo del límite de 1,5°C del Acuerdo de Paris que, de ser superado, augura un escenario bastante apocalíptico, según todas las proyecciones científicas.

Somos testigos de cómo el aumento general de las temperaturas está provocando todo tipo de fenómenos y catástrofes. Sequías masivas, deshielo de los polos y glaciares en todo el orbe, cambios estacionales, extensos incendios, aluviones, huracanes y elevación de los mares, por mencionar los más obvios. Por todos lados vemos cosas que hasta poco eran raras e inusuales. En muchos de nosotros todavía ronda la impresión o creencia, que va mutando cada vez más en expresión de deseo, que lo que ocurre es excepcional. Nos repetimos mentalmente que el próximo año será menos seco, las lluvias serán más regulares, no se repetirán los incendios, etc. Pero los signos, los numerosos signos, nos están indicando otra cosa. Lo que dábamos por sentado, ya no lo es.

Por eso actuar es urgente e indispensable. Lo que está en juego es nada menos que la sobrevivencia del género humano, o al menos de una parte importante del mismo.

Afortunadamente, en el complejo panorama vigente han asomado algunas luces de esperanza. El negacionismo del cambio climático de Trump, con su retiro del Acuerdo de París y su promoción del uso del carbón y de los hidrocarburos, será reemplazado por el regreso al mismo acuerdo con Biden y la asignación, por su administración, de la máxima prioridad al tema del cuidado del medio ambiente.

La misma China que hasta hace poco rehusaba comprometerse con metas ambiciosas y específicas de reducción de gases de efecto invernadero, cambió de postura y anunció el objetivo nacional de carbono neutralidad para el 2050. Con esto se produce un alineamiento entre la Unión Europa, China y EEUU en torno a un horizonte común, lo que sin duda forzará al resto de las economías a adoptar el mismo estándar.

Pero, la evidencia nos indica que esto no es suficiente. El ritmo de calentamiento ha ido más rápido de lo presupuestado originalmente, y lo que hagamos o no en esta década, será decisivo, no ya para impedir el calentamiento, sino para evitar que supere los 1,5°C.

El 5 de noviembre del 2019, la revista científica BioScience publicó un artículo suscrito por más de 11.000 científicos de 153 países, estableciendo que el mundo atraviesa una “emergencia ambiental” (“Declaramos inequívocamente que la Tierra enfrenta una emergencia ambiental”) y que la población enfrenta y enfrentará “grandes sufrimientos debido a la crisis climática”, a menos que se hagan transformaciones mayores en la sociedad global.

Este artículo y el macizo respaldo de la comunidad científica, fue un hito que ha contribuido a una mayor conciencia mundial, generando una movilización de la sociedad civil que está teniendo mayor impacto político.

Globalmente son cada vez más los gobiernos locales, municipios, provincias y regiones, que están haciendo estas declaraciones. En Chile la Municipalidad de Hualpén ha sido la primera en declarar la emergencia climática y ecológica el año pasado.

Las comunidades locales, en razón del conocimiento de su territorio y de su propia gente, son las instancias donde más pueden crecer estas iniciativas, y su multiplicación sin duda está influyendo en los gobiernos centrales.

Esta semana, el gobierno de Nueva Zelandia declaró formalmente una emergencia climática, siendo aprobada su moción en el parlamento. Con esto son 30 los estados que han seguido los mismos pasos. Aunque mayoritariamente simbólicas en términos materiales inmediatos, estas declaraciones sirven para poner al tema en el centro de las agendas gubernamentales y ordenar su trabajo. Es interesante destacar que Argentina es el único país latinoamericano que ha hecho esta declaración, en julio del 2019.

Adicionalmente, la primera ministra Ardern de Nueva Zelandia anunció que el gobierno de su país y la mayoría de las agencias estatales deberán ser carbono neutrales al 2025. Previamente había también establecido que al 2030 el suministro eléctrico del país deberá provenir totalmente de fuentes renovables.

Ante la próxima inauguración del gobierno de Biden, muchos grupos ambientalistas están solicitando que el nuevo presidente declare la emergencia climática y en función de esta facultad ejecutiva, proceda a redistribuir el presupuesto federal reforzando los temas ambientales, así como a dejar sin efecto medidas de la administración Trump, como la ampliación de las zonas de exploración y explotación de hidrocarburos en tierras federales.

Aunque técnicamente esto es posible y hay precedentes “inusuales”, como la declaración de emergencia de Trump para desviar fondos militares a la construcción del muro fronterizo con México, el clima político polarizado y la falta de mayoría en el senado, desaconsejan medidas de choque, si lo que se quiere es buscar consensos para avanzar en la agenda del nuevo mandatario.

¿En qué se deberán concentrar los esfuerzos de descarbonización? La generación de energía y el transporte son dos sectores de alto impacto y es ahí donde se deben centrar los objetivos en el corto plazo.

En lo que se refiere a la generación de energía, el carbón representa el 27% de las fuentes, lo que se traduce en el 39% de las emisiones anuales de dióxido de carbono. Por ello, su rápida reducción y reemplazo por fuentes renovables, con una transición, en caso de ser necesario, por otras fuentes menos contaminantes como el gas natural, es urgente. La circunstancia de que la tecnología y costos de la generación de fuentes renovables es cada vez más barata, alienta la factibilidad de los cambios rápidos.

Una nueva industria está revolucionando la producción de energías limpias en el mundo, y Chile no se queda fuera; está el hidrógeno verde. En este contexto nuestro país ha apostado a convertirse en uno de los líderes mundiales en producción de este gas, estimando que al año 2050 podríamos abastecer el 5% de la demanda global de este mercado, según las proyecciones gubernamentales.

Una de las principales ventajas del hidrógeno verde se debe a que es producido a partir de la energía en exceso generada por las plantas de energía renovable, lo cual Chile ya tiene en abundancia con todas las plantas solares y eólicas instaladas. Una vez almacenado, puede ser utilizado en la generación de energía en los períodos de mayor demanda o de intermitencia de las plantas solares y eólicas. Además, puede ser transportado a estaciones de servicio o redes domiciliarias para ser utilizado en automóviles o buses eléctricos o para generar calor.

En Magallanes se espera que parta el primer proyecto piloto a fines del 2021. Si todo marcha de acuerdo a lo proyectado, el complejo que ahí se desarrolle podría sustituir el 100% de la gasolina que se requiere en Chile hacia el año 2030.

En materia de transporte, muchos países están estableciendo una calendarización para terminar con los vehículos a bencina y petróleo. El Reino Unido prohibirá la venta de estos a partir del 2030. China hará lo mismo al 2035 y Francia al 2040. Japón está pensando establecer la meta al 2035. En el caso de Estados Unidos, California estableció como meta el año 2035.

El 12 de diciembre próximo, la ONU junto a los gobiernos de Francia y Reino Unido, realizará la Cumbre de la Ambición Climática para preparar la COP26, que ha quedado para noviembre del 2021. Esto es indispensable por cuanto hace unos días, la organización científica “Climate Action Tracker” concluyó que, aunque todos los países cumplan con sus metas de descarbonización, la temperatura se elevará en 2,1°C al 2050, lo que es contrario a lo que se acordó en París.

El secretario general de la ONU, Guterres, espera que esta cumbre impulse cambios decisivos; como que los países pongan un precio a las emisiones de carbono, dejen de invertir en combustibles fósiles, vayan eliminando los subsidios al consumo de los mismos, paren de construir nuevas plantas a carbón y modifiquen su estructura fiscal, trasladando el centro de la recaudación desde la renta a la polución. También aspira a que los países más desarrollados comprometan mayores fondos para apoyar al resto a avanzar en sus transformaciones hacia menores emisiones.

Tenemos una ventana de oportunidad en lo que resta de esta década para detener el avance del calentamiento. Como dijo hace poco un ex primer ministro francés, Laurent Fabius: “No hay una vacuna contra el calentamiento global, pero sí un antídoto: el Acuerdo de París”. Concentremos todas nuestras energías en esa labor con la convicción de que cada acción individual cuenta:¿qué voy a hacer hoy, mañana, pasado y todos los días para asegurar el planeta para las generaciones venideras?

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