Opinión

Lo que se juega en Ucrania

En el caso de que Rusia termine invadiendo Ucrania, aún cuando sea parcialmente y en forma temporal, será crucial la forma en que se pretenda sancionar esta conducta. Nuevamente lo que está en juego es el precedente y su efecto multiplicador.

Aunque Putin tiene su propia agenda, lo que está haciendo es observado y apoyado por varias otras potencias. AGENCIA UNO/ARCHIVOAunque Putin tiene su propia agenda, lo que está haciendo es observado y apoyado por varias otras potencias. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Aunque Putin tiene su propia agenda, lo que está haciendo es observado y apoyado por varias otras potencias. AGENCIA UNO/ARCHIVO

La semana pasada me referí a las razones que explican la presión militar rusa sobre Ucrania y el riesgo de escalamiento bélico. Persistiendo esta situación, a la luz de lo acontecido durante estos días, y considerando su centralidad en la agenda global, quisiera profundizar sobre los distintos elementos en juego en esta crisis y sus posibles consecuencias.

En la dimensión de seguridad y defensa, tenemos por un lado a una Rusia que lleva años rearmándose, incluyendo el uso y prueba de esas armas en otros conflictos, con la participación en combate de sus fuerzas. En ese sentido, Siria ha sido su principal campo de entrenamiento, apoyando al régimen de Assad. Pero también ha tenido otras intervenciones, como en la guerra civil en Libia. Estas experiencias indudablemente que tienen a las Fuerzas Armadas rusas en un estado de entrenamiento y preparación superior a la mayoría de sus equivalentes europeos. Al aspecto convencional, se suma también un fuerte desarrollo de herramientas cibernéticas, con una práctica de larga data (aunque nunca reconocida) de hackear distintas plataformas e interferir en el funcionamiento de la economía e infraestructura de otros países, como parte de un concepto de “guerra híbrida” en la cual se combinan los métodos convencionales con estos últimos. Por lo tanto, Rusia, desde la perspectiva militar, está en una óptima posición de preparación y entrenamiento frente a cualquiera y, particularmente, en el teatro europeo.

Europa por su parte, presenta un frente fragmentado en varios sentidos. En materia de alianzas militares, sobresale la OTAN, aunque también está la propia UE que tiene una política de defensa común. La primera organización es sin duda la más relevante y antigua, con un historial de coordinación e intervenciones (Afganistán, por ejemplo), pero está debilitada por una participación menos activa y decidida de Estados Unidos que por décadas fue su pilar. Esta erosión del poder estadounidense y de su convicción de liderazgo, ha impulsado a los europeos a pensar en un mecanismo alternativo, con mayor incidencia de ellos mismos. Pero esta voluntad no se ha traducido hasta ahora en algo que realmente tenga músculo y capacidad operativa real. El menor protagonismo de EEUU, en parte determinado por su obsesivo foco en contrarrestar a China, también ha estimulado que algunos socios de la OTAN empiecen a actuar más autónomamente, incluso contradiciendo los lineamientos de la organización. Es el caso de Turquía, la cual ha comprado armas rusas y tiene también una política de intervención militar activa en distintos puntos del Medio Oriente y África.

La división europea también se manifiesta en sus principales potencias. Mientras el Reino Unido es un decidido aliado de EEUU, Alemania es muy reticente a entrar en conflicto con Rusia y, de hecho, se ha negado a facilitar material bélico a Ucrania como sí lo han hecho varios otros países comunitarios, además del Reino Unido. Francia, por su parte, ha buscado un canal diplomático directo con Rusia. La actitud alemana se explica en gran medida por el nuevo liderazgo socialdemócrata y por la dependencia del país de la venta de gas ruso. 

En el plano del Derecho Internacional y del multilateralismo, este episodio es un intento del régimen de Putin de volver a un escenario en el que predomine el poder real de las potencias y en el cual el sistema esté fundado en una política de alianzas, como ocurrió hasta la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, cualquier concesión que obtenga, es debilitar aún más el sistema internacional liberal. La única manera de neutralizar este efecto es que las potencias occidentales mantengan un frente unido contra el uso de la fuerza y que cualquier solución pase o sea sancionada por una instancia multilateral.
Aunque Putin tiene su propia agenda, lo que está haciendo es observado y apoyado por varias otras potencias, también interesadas en reemplazar el orden internacional existente. El éxito total o parcial del gobernante ruso sin duda que los incentivará a seguir el mismo curso, lo que generaría más tensión e inseguridad a nivel global.

Putin, hábil estratega, está aprovechando la debilidad relativa de EEUU y la desunión europea. Respecto de EEUU, deja en evidencia que el vacío siempre será llenado por otro y que no es gratuito enfocarse solo en China. Quien aspira a ser una potencia global y mantener esa condición, debe actuar globalmente y enfrentar múltiples retos regionales. Si Biden pensaba que Putin podía ser controlado sin mucho esfuerzo, ello no es el caso. Putin puede ser más que una espina en el costado, mucho más aún en alianza con China. Por eso EEUU tiene que revitalizar su alianza con Europa, no solamente para hacer frente a una Rusia más asertiva, también como contrapeso al creciente poderío chino.

En materia de gobernanza, se está volviendo recurrente que los regímenes autoritarios estén interfiriendo activamente en otros países democráticos, incluyendo en algunos casos la explícita amenaza del uso de la fuerza, para debilitar sus sistemas y promover gobiernos afines. Esto a su vez les permite alentar el sentimiento nacionalista en sus propios estados, los que manipulan para profundizar su control político. En este caso Putin no quiere que un vecino, que además considera como parte de la “Gran Rusia” o “Rusia histórica” junto con Bielorrusia, sea democrático y que pueda incentivar a la oposición rusa. Por ello, este enfrentamiento es también entre autoritarismo y democracia (por más que Ucrania no sea una democracia consolidada) y de lo que resulte para el gobierno y sociedad ucraniana, también tendrá repercusiones mucho más allá en el espacio y tiempo.

Finalmente, en el caso de que Rusia termine invadiendo Ucrania, aún cuando sea parcialmente y en forma temporal, será crucial la forma en que se pretenda sancionar esta conducta. Nuevamente lo que está en juego es el precedente y su efecto multiplicador. En caso de invasión o acción militar, Occidente y sus aliados debieran adoptar medidas que realmente afecten a Rusia, aún cuando a ellos mismos les puedan ser perjudiciales, como sería dejar de comprar gas ruso. Eso dejaría en evidencia que, si bien no se pudo impedir la acción transgresora, sí existe la voluntad de castigarla en forma efectiva y sostenida.

La crisis en curso, por todo lo señalado, puede tener implicancias mucho más allá de lo bilateral entre Rusia y Ucrania. Por eso Europa y en particular la UE, debieran tener un rol más protagónico en su propia seguridad. Desgraciadamente avanzamos hacia un orden mundial más impredecible y menos normado, en el cual deberá invertirse más en seguridad. Europa y muchos otros países estuvieron por décadas bajo el paraguas de seguridad estadounidense, minimizando su gasto en defensa en beneficio de la economía. Ahora EEUU no tiene ni el poder ni la voluntad para seguir haciéndolo globalmente. Por eso es urgente que Europa sume la variable militar a su peso político y económico, con una real concertación de fuerzas y presupuestos. De lo contrario, perderá inexorablemente influencia en el contexto mundial.

Como decían los romanos, si quieres la paz, prepárate para la guerra. Aunque sea duro admitirlo, ese consejo ha recobrado plena vigencia, al menos en algunas regiones.


 

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