Opinión

Mientras tanto en Asia

Con la atención de Occidente en la guerra en Ucrania, ha pasado desapercibido el aumento de la tensión y los movimientos militares en la extensa frontera entre China e India, particularmente en los Himalayas.

La mayor parte de la frontera común no está delimitada y hay reclamaciones cruzadas de soberanía. @WIRESTOCK/FREEPIK
La mayor parte de la frontera común no está delimitada y hay reclamaciones cruzadas de soberanía. @WIRESTOCK/FREEPIK

Mientras en Ucrania sigue la guerra y no está a la vista ni siquiera una tregua, el resto del mundo sigue con sus propias dinámicas, aunque indudablemente afectadas en mayor o menor medida por el conflicto y sus consecuencias, el que seguirá marcando la pauta en el futuro inmediato.

¿Qué está pasando en el intertanto en Asia o Indo Pacífico? No debemos olvidar que antes de la invasión rusa, la rivalidad y competencia entre Estados Unidos y China era uno de los ejes principales de la dinámica internacional, y aunque la atención y el esfuerzo principal de EEUU están dirigidos actualmente hacia el conflicto y apoyar a Ucrania, lo que ahí sucede no está desvinculado del escenario global ni ha significado congelar el antagonismo en cuestión.

De hecho, la percepción compartida es que la guerra en Europa es una dinámica de suma cero. Es decir, desde esa perspectiva la victoria de Rusia tendrá repercusiones positivas en sus aliados y negativas para EEUU y los suyos, mientras lo opuesto significará un triunfo de EEUU y sus aliados. Otra forma de mirarlo en esa lógica es la del efecto dominó. La caída o derrota de cualquiera de las partes en guerra arrastrará a otros países. Esto desgraciadamente, como ha ocurrido en diversos episodios históricos, augura una extensión del conflicto en el tiempo, con todo el sufrimiento y muerte que ello va a acarrear.

Al mismo tiempo que China y Estados Unidos apoyan a las partes combatientes, más velada o abiertamente unos y otros, siguen moviendo sus fichas en Asia.

Con la atención de Occidente en la guerra en Ucrania, ha pasado desapercibido el aumento de la tensión y los movimientos militares en la extensa frontera entre China e India, particularmente en los Himalayas. La mayor parte de la frontera común no está delimitada y hay reclamaciones cruzadas de soberanía, que derivaron en una guerra en 1962 en la cual China obtuvo una rápida victoria y aumentó su control territorial en las zonas contestadas.

En mayo de 2020, las tropas chinas iniciaron un avance capturando centenares de kilómetros cuadrados en la región india de Ladakh, lo que derivó en enfrentamientos con la muerte de decenas de soldados de ambas partes, las primeras desde el conflicto de 1962. India realizó una contraofensiva que recuperó parte del terreno perdido y las partes acordaron una franja intermedia en algunas zonas para evitar retomar las hostilidades. Esto no ha impedido una carrera por cada lado para consolidar y reforzar su control, con miles de tropas confrontándose a poca distancia, con el consecuente riesgo de entrar en combate ante la menor provocación o error de cálculo.

China ha sido más activa que India en el desarrollo de infraestructura para apoyar y proyectar su presencia. Esto incluye la construcción de caminos e instalaciones en territorio que sería del pequeño reino de Bután, amenazando a los estados del noreste de la India, situados en un estrecho corredor entre Nepal, Bután y Bangladesh, lo que podría implicar un corte en la continuidad geográfica india.

Con esta estrategia, China espera forzar a la India a aceptar el nuevo statu quo de su avance territorial, con la alternativa de entrar en un conflicto en regla, para el cual, tanto militar como geográficamente está mejor posicionado, pudiendo mover tropas y pertrechos en forma mucho más expedita y fácil que por el lado indio. Esta amenaza se ve reforzada por la cercanía de Pakistán, tradicional aliado de China, quien también no tiene delimitada una parte de su frontera con la India y reclama la totalidad de Cachemira como suya, y que podría aprovechar la coyuntura para atacar a su tradicional enemigo.

Esta delicada situación explica por qué la India no ha condenado la invasión rusa ni ha adoptado sanciones contra Rusia. En efecto, dos tercios de su armamento es de origen ruso y, por lo tanto, no puede arriesgar interrumpir su despacho ni su mantención. Aunque ello no ha ocurrido, una mayor dependencia de China por parte de los rusos producto de las sanciones de Occidente y sus aliados podría derivar en restricciones en el suministro a instancias chinas, lo que debilitaría aún más a India en la ya desigual ecuación. Esta debilidad se ha visto además acentuada por el creciente déficit indio en la balanza comercial con China, siendo el monto de este déficit mayor que el presupuesto de defensa indio.

No obstante haber implementado el gobierno del primer ministro Modi una política de apaciguamiento, que lo llevó a reunirse 17 veces con Xi en los cinco años previos a la mortal escaramuza de 2020, la resolución china no varió. Este hecho entonces gatilló un brusco cambio de postura en el gobierno indio, lo que explica su mayor involucramiento en alianzas de defensa como el QUAD (EEUU, Australia, Japón e India) constituidas para hacer frente a China.

India está empeñada en volver al statu quo anterior y para ello ha declarado a sus fuerzas armadas en estado de alerta máxima, lo que es una potente declaración de que su gobierno está dispuesto a entrar en combate si es necesario. Aunque una guerra en la zona no es inminente, crecen las posibilidades de enfrentamientos y su riesgo de escalamiento. Además, será otro estímulo para la carrera armamentista mundial y obligará a las partes a mantener estacionados un alto número de efectivos en el área.

Si bien se puede decir que China quedó en una posición de ventaja al haber sumado control territorial, en el mediano y largo plazo podría ver perjudicados sus planes de predominio regional y mundial. En efecto, no solo ha sumado un importante adversario con el cual comparte una extensa frontera, impulsando su rearme a una escala no vista en su historia desde la independencia, también ha empujado a este país a una inédita alianza con Estados Unidos.

Finalmente, por la escala de los países y sus recursos en juego, sostener el nuevo statu quo, puede significar para China que, en la eventualidad de una guerra en el frente oceánico producto o no de una invasión a Taiwán, no pueda disponer de importantes contingentes que deberán quedarse resguardando otro flanco. Y eso podría ser determinante en una hipótesis de conflicto masivo.

Mientras en los Himalayas se acumula tensión, Estados Unidos prosigue con su política bipartidista de recomponer y fortalecer los vínculos con sus aliados asiáticos. Tras varios encuentros virtuales y visitas de líderes asiáticos a Washington, el presidente Biden viajó ahora a la región en lo que constituye su primera gira a la zona y que incluye Corea del Sur y Japón. Hay que destacar que este viaje es inmediatamente posterior a una reunión en Washington del mismo presidente con los líderes de Finlandia y Suecia por su ingreso a la OTAN, lo que no es casual. Estados Unidos explícitamente está dando la señal a China de que es capaz de involucrarse en las dos regiones, sin dejar de priorizar Asia. 

Además de las visitas bilaterales, en Tokio se realizará otra reunión del QUAD. Habrá que estar atentos a los reales resultados de esta gira y si es determinante para afiatar y afianzar la alianza entre estos tres países que ha atravesado problemas en los últimos años producto del gobierno de Trump y complicaciones bilaterales entre japoneses y coreanos.

Cuando resuenan las bombas en Ucrania, en Asia las potencias siguen moviendo sus fichas, entendiendo que es ahí donde se da el juego principal. No lo perdamos de vista.

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