Opinión

Pandemia y control social

Una vez salgamos de este estado excepcional de restricción a la libertad, reflexionaremos lo que hemos vivido. Porque está claro que los gobiernos pueden limitar considerablemente derechos por un bien mayor, y controlar a la población para llevar a cabo un plan como el que tenemos.

El toque de queda es una de las medidas restrictivas que se ha implementado a lo largo del país. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El toque de queda es una de las medidas restrictivas que se ha implementado a lo largo del país. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Ernesto Evans

¿Quién hubiera imaginado la cantidad de restricciones al movimiento de las personas, limitaciones a las reuniones, celebraciones de cumpleaños, matrimonios, desplazamiento para ir al trabajo, para ir a comprar, juntarse con amigos, etc.? ¿Quién hubiera dicho que algún día el Gobierno me mandaría que no salga de la casa, que no puedo ir a tal o cuál región o comuna, o que tengo toque de queda? Y todo lo anterior para defender algo básico, primordial: la salud. Porque esta pandemia atenta contra la realidad más radical, como diría José Ortega y Gasset: la vida humana.

Probablemente la mayoría de la gente en Chile, – salvo muy ancianos que vivieron una guerra o el golpe de Estado en Chile -, no ha vivido este tipo de restricciones a la libertad. Ya llevamos cerca de un año, y probablemente, se extienda hasta fines del 2022, como afirma el nuevo oráculo Bill Gates.

Una vez salgamos de este estado excepcional de restricción a la libertad, reflexionaremos lo que hemos vivido. Porque, -“céteris páribus” de otras consideraciones-, está claro que los gobiernos pueden limitar considerablemente uno o unos derechos por un bien mayor, y controlar a la población con detalle para llevar a cabo un plan como el que tenemos.

Antes de la pandemia, el filósofo esloveno Slavoj Žižek pensaba que el mundo neoliberal era como la película Elysium, donde la mayoría vivía en un planeta tierra devastado, contaminado, pobre, sin alimentos, lleno de enfermedades; y otros privilegiados habitaban en un disco gigantesco orbitando la tierra llamado Elysium, donde la vida es un paraíso artificial cuyos habitantes acceden a comida abundante, medicina de último nivel, educación, un paisaje creado espléndido, etc. “El capitalismo, tal y como lo conocemos, está llegando a sus límites”…. “Necesitamos grandes estructuras reguladoras para hacer frente al calentamiento global, la desertización, los refugiados, la biogenética”, dijo en una charla en España.

Antes de la pandemia, Žižek expresaba sus aprensiones sobre el control social que pueden ejercer los gobiernos y las grandes empresas a través de la tecnología que manipula el cerebro. Pero en su último libro, “Pandemia”, expone que “tendrán que considerarse a nivel global medidas que hoy en día a casi todos nos parecen ‘comunistas’, porque no serán suficientes los mecanismos del mercado para asegurar, por ejemplo, que toda la población, con independencia a sus ingresos o nivel de influencia, reciba la vacuna”.

Aún así, uno se pregunta si los gobiernos estaban preparados para ejercer ese control social en pro de la vida, y la respuesta es no. Fundamentalmente porque se ha alargado, y nos replegamos en casa bajo un discurso público enfocado a poner límites para cuidar la vida y la salud, pero sin un plazo sino proyecciones. Nos gobiernan un grupo de científicos, médicos, epidemiólogos, y la autoridad competente que manda y prohíbe; y que, además, está metiendo en un saco al mercado (comercio, restaurantes, turismo), y le abre pequeños agujeros para que pueda respirar, como la venta de insumos esenciales, última milla y todo lo que se pueda hacer online.

Llamemos a esto “gobierno técnico-científico”, que al final del día son los decretos emitidos por quienes, con potestad, están informados, tienen el conocimiento y hacen las proyecciones del comportamiento de este rebelde virus. Esto no es nuevo, lo predijo Bertrand Russell hace años. Sin embargo, es una institucionalidad aún en etapa de madurez, que requiere de una población que obedezca, de mucha coordinación y consenso político. Esto último es elemental para que podamos celebrar como en Israel.

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