Opinión

Parole, parole, parole

El amor por lo (y los) adjetivo (s) en desmedro de lo sustantivo se hace evidente en el conjunto de 313 artículos aprobados a la fecha por la Convención Constitucional, mientras la aprobación al texto que está resultado ha venido cayendo en picada. 

Las encuestas más recientes indican que la opción Rechazo alcanza ya más del 40% de las preferencias. AGENCIA UNO/ARCHIVOLas encuestas más recientes indican que la opción Rechazo alcanza ya más del 40% de las preferencias. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Las encuestas más recientes indican que la opción Rechazo alcanza ya más del 40% de las preferencias. AGENCIA UNO/ARCHIVO

“Palabras, palabras, palabras”, dice una vieja canción italiana que es hit a la hora del karaoke en mi casa. Una mujer le dice a su pareja que no hable tanto y sepa amarla al fin. “Parole, soltanto parole; parole tra noi”. “Palabras, solamente palabras; palabras entre nosotros”.

Lo mismo está sintiendo la ciudadanía. El amor por lo (y los) adjetivo (s) en desmedro de lo sustantivo se hace evidente en el conjunto de 313 artículos aprobados a la fecha por la Convención Constitucional, mientras la aprobación al texto que está resultado ha venido cayendo en picada. Las encuestas más recientes indican que la opción Rechazo alcanza ya más del 40% de las preferencias, mientras que el Apruebo está en 29,1% (Activa Research).

Ya no es solo el amarillo Warnken el que llama“imbunche” al escrito en progreso. Cada vez son más transversales y progresistas los que encuentran rasgos propios de Frankenstein en el borrador en curso. El convencional Agustín Squella escribía al comienzo del proceso que las cartas magnas pueden optar por “la telegrafía” o por “la grafomanía”, y ciertamente vamos por esta segunda abigarrada opción. Todos los que entienden de derecho constitucional tienden a coincidir en que menos es más y que la abundancia de palabrería es confusión y revela objetivos ideológicos específicos, más que la intención de dejar por escrito aquello que permite salvaguardar el bien común de todos los ciudadanos. Eso que nos haría sentir cómodos, satisfactoriamente alojados en la llamada “casa de todos”. 

El afán por el lenguaje de una generación discursiva y grandilocuente hace que uno se sienta como Mina Mazzini, cuando agobiada le dice a su amante: “Parole, soltanto parole; parole tra noi”. Me pasó una mañana de la semana pasada, cuando traté de comprender las decisiones tomadas por la alcaldesa comunista de Santiago, Irací Hassler, frente al regreso de los violentistas de overoles blancos al Instituto Nacional y otros de los antes llamados liceos emblemáticos. Entre palabras como “actorías”, “interinstitucionalización”, “articulación”, “demandas”, “visibilización”, “procesos de movilización”, “espacios de diálogo”, “jornadas de reflexión”, la alcaldesa de la vocecilla suave que, sin embargo, no admite interrupciones y la eleva para continuar emitiendo largas oraciones, no logró explicar concretamente cómo está abordando la paralización de clases, la violencia impune y las demandas de dirigentes estudiantiles que no reconocen ni siquiera la autoridad del presidente de la República. Todo esto enrarecido por el uso reiterado del doble género al inicio de la cada frase: “Las y los estudiantes”, “ellas y ellos”, “todas y todos”, “niños y niñas”, “alumnas y alumnos” a la manera de la Constitución venezolana. Menos mal que no se tupió con tanto enunciado inclusivo, como sí le sucedió al ministro de Educación, Marco Antonio Ávila, que fue barrido en redes sociales por el lapsus que lo llevó a hablar de “las y los establecimientos”. 

Nada más a propósito es el video del notable pasaje de la serie “31 Minutos”, donde el conductor Tulio Triviño se pasa de rosca con la inclusión en una parodia anticipatoria del imperio de lo adjetivo sobre lo sustantivo que estamos viviendo. Son tiempos de parole, parole, parole.

Ximena Torres Cautivo

Periodista y escritora.+ info

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