Opinión

Plebiscito de salida: un problema de diseño

Evidentemente, ese proceso está marcado por la incertidumbre, lo que en una cultura de trabajo secuencial y lineal genera estrés. 

Un proceso de esta naturaleza debe lidiar con lo emergente, a saber, variables dinámicas que demandan ajustes, plasticidad y adaptabilidad, una serie de capacidades complejas de integrar en nuestra cultura y más aún en nuestras instituciones. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Un proceso de esta naturaleza debe lidiar con lo emergente, a saber, variables dinámicas que demandan ajustes, plasticidad y adaptabilidad, una serie de capacidades complejas de integrar en nuestra cultura y más aún en nuestras instituciones. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Andrés Briceño

Diseñar es un proceso que posee la cualidad de administrar la complejidad a través de la síntesis de un proyecto. Para ello, se requiere equilibrar parámetros a través de una experiencia aplicada y ecualizar de acuerdo con su pertinencia. Para obtener una síntesis que sea irreductible, se requiere iteración y ajuste permanentemente, lo que propicia un proceso de aprendizaje de lo que se debe mantener y lo que se debe eliminar.

Evidentemente, ese proceso está marcado por la incertidumbre, lo que en una cultura de trabajo secuencial y lineal genera estrés. Es más, nuestra cultura de la eficiencia no valora procesos de creación y prefiere evitar complicaciones, mantenerse en la zona de confort: ¿para qué crear algo si lo podemos adquirir de otro lado? Unos años atrás, en un viaje a China, tuve la posibilidad de llevar regalos del Gobierno de Chile a autoridades locales. Era un lápiz de cobre. Claro, el mensaje era, evidente: “somos el país del cobre”. Lamentablemente, el lápiz decía made in China.

El arte crea nuevos mundos, el diseño intenta paulatinamente materializarlo. Un país sin cultura para diseñar, sostener y comprometerse con el proceso no posee una cultura que propicie la innovación, la investigación y el desarrollo. Diseñamos cuando creamos una receta, no cuando seguimos el paso a paso de una ya comprobada. La pregunta es quién decide los ingredientes y el proceso de la receta, y qué mecanismos definimos para que todos/as seamos parte.

En esos términos, una constitución tiene la complejidad de estar situada en dos dimensiones de diseño: primeramente, consumar una síntesis de reglas o conceptos —en este caso, el proceso constituyente—, que, paralelamente, definen o determinan el posterior desenlace del país que pretende materializar. Razonablemente, definir los parámetros de diseño sobre los cuáles un país quiere definir su existencia y organización no sólo es complejo, requiere tiempo, templanza y capacidad para reconocer el espíritu de la época.

Un proceso de esta naturaleza debe lidiar con lo emergente, a saber, variables dinámicas que demandan ajustes, plasticidad y adaptabilidad, una serie de capacidades complejas de integrar en nuestra cultura y más aún en nuestras instituciones. Un ejemplo de ello —entendiendo que el proceso constituyente fue un proceso de diseño— es cómo se definió la evaluación ciudadana del proceso a través de una salida binaria, es decir, con sólo dos variables de análisis.

Posterior al aplastante resultado, descifrar qué se aprobó y qué no es complejo si no tenemos fehacientemente información desde las bases; ¿sabemos hoy qué piensa toda la ciudadanía respecto de cuáles variables son relevantes y cuáles no en el futuro constitucional del país? Pese al resultado del plebiscito, no lo sabemos. Al contar sólo con dos opciones, no pudimos saber en qué materia las personas se deciden por una u otra alternativa.

Evaluar una serie de variables que contemplan dimensiones complejas, requiere necesariamente de filtros, evaluaciones y ejercicios que permitan contar con la resolución para tomar lo que sí es valioso y lo que no.

Dicho de otro modo, la papeleta refleja una seria incapacidad del país para crear posibilidades e innovar, y. Nos gana el miedo. Una salida de esto podría haber sido incluir lo propuesto por cada una de las ocho comisiones temáticas de la Convención Constituyente para que la ciudadanía evaluara tema por tema. Al final, en vez de rechazar todo en un acto binario, se hubiese podido reconocer qué genera sentido y qué no a las personas. El sentido sería dar continuidad a un proceso, dejando atrás lo que no nos parece razonable.

Cuando se diseña, las variables son relevantes desde quién las propone (cuál es la realidad que experimenta) y culturalmente estamos acostumbrados a que el dueño de la pelota sea el dueño de la verdad. Las variables que construyen una verdad para un poeta de Vitacura no son las mismas que para un contador de Rengo. Estamos acostumbrados a construir linealmente, como si la realidad fuera estática, cuando todo lo viviente se organiza dinámicamente, de formas complejas, emergentes y altamente interconectadas. ¿Cómo diseñar para esa realidad? Pues bien, partiendo con determinar las variables, utilizando la tecnología para crear información emergente, desde las bases y no sólo desde la desprestigiada idea de la representatividad como única alternativa. Teóricamente el ejercicio constituyente proponía eso, pero el plebiscito de salida nunca lo consideró: fue un acto de radical reduccionismo ante tamaña complejidad.

Proponer el proyecto común de manera vertical desde el poder, es una forma de diseñar, pero lo que se requiere ahora es reconocer de manera diversa, democrática y amplia las variables que le hacen sentido a las personas que componen el país. La tecnología puede ayudar, ejemplos hay varios, pero evidentemente lo que está en juego el poder no lo quiere tranzar. El poder en Chile está nuevamente en posición de decidir las variables y controlar el proceso de diseño.  Se desperdició así una oportunidad histórica.

Por algo, los unicornios salen en busca de otros aires para crecer, para innovar.

Andrés Briceño

Director Factoría UDP
 

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