Opinión

Plebiscito rabioso

Ciclistas atropellados, símbolos patrios mancillados, insultos y apedreos. Bandos que se enfrentan como barrabravas. Sin ideas, solo llevados por emociones destructivas. Días intensos, rápidos y furiosos.

Lo que debería ser un espacio de conversación y análisis, se va transformando en un momento crispado, nervioso y de una grieta profunda entre “nosotros y ellos”. AGENCIA UNO
Lo que debería ser un espacio de conversación y análisis, se va transformando en un momento crispado, nervioso y de una grieta profunda entre “nosotros y ellos”. AGENCIA UNO

En este escenario dónde el espectáculo resulta muy pobre, el plebiscito se ha transformado en una pulseada de rencores. Y esta pulseada es el reflejo de un descontrol social producto de la falta de convivencia,  de miserias clasistas que tienen su origen en la ignorancia que se refleja en la falta de educación política y cívica.

Está claro que una adecuada convivencia social es producto de la participación profunda y abierta, que se manifiesta en una conversación permanente e instalada sobre la vida política que es la esencia de la civilidad y que, como otras tantas, se consolida como una deuda pendiente y una restricción para la evolución social en Chile. Palabras clave que se repiten hasta el cansancio: social, política, civilidad, convivencia, educación, participación.

Esa deuda que tiene como factor crítico a la mala educación, es producto de décadas de silencio. “La universidad es para estudiar…” decían los que esgrimían que el conocimiento técnico, era el eje de una sociedad a la que le hicieron creer que el crecimiento económico es lo único que sirve y que le da sentido a la vida. 

Los seres básicamente educados entendemos que no es así, que la vida plantea infinitas alternativa y que, sin diversidad de ideas y sin practicar la buena política,  el resultado esperado por los que influyen es la construcción de un rebaño, que finalmente es intencionalmente mejor que una sociedad intelectualmente capacitada para estas instancias determinantes para definir una vida en sociedad.

Esta falta de educación se vuelve falta de interés acerca de lo importante, lo que en este momento puntual transforme la instancia del plebiscito en un juego de percepciones guiado por quienes predican verdades subliminales como se hace desde un modelo de marketing simbólico.

Tal como lo sucedido con la creativa y brillante publicidad de pisco Capel, dónde queda demostrado que Capel y Le Pac pueden tener el mismo contenido pero que definitivamente lo que ordena la mente son las etiquetas, la analogía es aplicable a las diferentes percepciones que la sociedad chilena tiene acerca de la Nueva Constitución, la cuál no es juzgada por una profunda lectura de parte de los ciudadanos, sino por las etiquetas representadas por situaciones y líderes de opinión que, de un “bando” y del “otro”,  dirigen al rebaño con argumentos que supuestamente facilitan la acción  de aprobar o rechazar la carta magna. En este caso, facilitar es influir desde una supuesta objetividad que sólo lo que busca es obligar.

Como pasa con los vinos, sólo un diez por ciento de los consumidores pueden identificar cepas y calidades. El resto se guía por etiquetas, precio y por quién es el que aconseja tomarlo. No importa el contenido, importa el “empaque”.

¿Cuáles son las situaciones que construyen las etiquetas simbólicas que son los modelos mentales con los que decide el rebaño que en su inmensa mayoría ni lee ni considera la importancia que reviste una constitución?

Por un lado, la consecuencia del estallido social aún presente, la forma en la que fue constituída la Convención Constituyente, las actitudes de los integrantes de la convención, el alerta y el terror de caer en un modelo bolivariano o de avanzar con transformaciones sociales progresistas que atenten contra la moral y buenas costrumbres, sumado al temor esencial asociado a la propiedad, y al avance supuestamente indigenista, tal vez el punto más relevante de división social.

Por el otro lado, el deseo de revancha por parte de quienes se consideran desposeídos o fuera del sistema creado por una élite a la que hay que disolver.

Todas estas situaciones y opciones,  son las que se exacerban y se alientan en medios de comunicación masivos y en redes sociales infectadas de trolls y fanáticos que hacen de la mentira una verdad. Y esos mensajeros son los que impiden que se lea el mensaje, ya que para una sociedad de baja capacidad para darse cuenta de la política, es más confortable escuchar opiniones en un matinal o formarse opinión con la farándula. Es más confortable y práctico. Así parece.

En definitiva, confundimos algo que debiese ser de participación y lectura profunda en un perverso juego de percepciones donde lo que vale es la etiqueta y no el contenido donde lo que se juzga es el mensajero sin haber leído el mensaje casi un plebiscito sin alma solo una pulseada.

Una pulseada de rencores que por falta de educación y conversación cívica en universidades, en la escuela y en los hogares, ha logrado sacar de la conversación política y crítica a los más jóvenes para sólo interesarlos en defender su conveniencia económica individual promoviendo, indirectamente, su rencor social.

Lo que debería ser un espacio de conversación y análisis, se va transformando en un momento crispado, nervioso y de una grieta profunda entre “nosotros y ellos”.

Un plebiscito rabioso, y todos sabemos lo que sucede cuando la rabia, la ira, la envidia y el egoísmo se imponen al bien común.

Eduquemos. Libremente. Tal vez en los próximos años tendremos una sociedad interesada por el prójimo, y abandonemos el sálvese quien pueda.
 

Guillermo Bilancio

Consultor en Alta Dirección.+ info

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