Opinión

Política y economía en China

Habrá que esperar algunos años para empezar a ver los efectos de fondo de las decisiones actuales del gobierno de Xi. Lo que sí está claro es que el control político es enemigo de la libertad económica.

El país tiene una ventaja a su favor, que es la vastedad de su mercado interno que lo hace atractivo para cualquier empresa. @LIFEFORSTOCK/FREEPIK
El país tiene una ventaja a su favor, que es la vastedad de su mercado interno que lo hace atractivo para cualquier empresa. @LIFEFORSTOCK/FREEPIK
Por:  Juan Pablo Glasinovic

Sabemos que la política y la economía se necesitan y se influyen mutuamente. Sin un mínimo de certidumbre política y de un sistema regulatorio con una institucionalidad adecuada, la economía no puede prosperar, y sin desarrollo y bienestar, la política no cumple con su propósito. La ecuación entre ambas es siempre compleja, porque tienen en común el fundarse en la naturaleza humana y en el comportamiento de las personas.

Aunque la economía tiene patrones más predecibles y lo que se denomina “leyes”, fundados en la experiencia y en el comportamiento mayoritario y repetitivo, como la “ley de la oferta y la demanda”, no puede desenvolverse independientemente del entorno político. El sistema político debe asegurar una serie de condiciones para favorecer el emprendimiento y la actividad económica.

En la Unión Soviética, la política y las directrices del Partido Comunista orientaban la economía con los famosos planes quinquenales. A ello, se sumaba el control estatal de todos los medios de producción, distribución y venta. Como sabemos esto terminó por desmoronar al país, además de causar problemas inmensos de todo orden, incluyendo hambrunas, desplazamientos de población y graves daños ambientales.

China tras su revolución adoptó el sistema soviético y bajo el voluntarismo de Mao sufrió catástrofes humanitarias como la hambruna y muerte de al menos 30 millones de personas en el contexto del “Gran salto adelante”, iniciativa que buscó industrializar al país y aumentar la producción siderúrgica (para lo cual, entre otras cosas, se requisaron herramientas y artefactos de los campesinos, privándolos de sus medios de sustento).

Cuando murió Mao, Deng tomó la decisión de terminar con la desastrosa subordinación de la economía al voluntarismo político e invitó a los chinos a hacerse ricos. El guante fue recogido por una población tradicionalmente trabajadora y emprendedora, y, gracias a cambios legislativos y a la atracción de inversión extranjera, el país experimentó una transformación económica sin precedentes en la historia mundial. En 40 años China pasó de ser una nación pobre a la segunda más rica del mundo por producto. Durante ese lapso, coexistió un férreo control político bajo el monopolio comunista, con una economía predominantemente capitalista.

Se hablaba del “comunismo con características chinas” para explicar esta contradicción a los ojos de observadores occidentales, que pensaban que la liberalización económica conllevaría en algún momento la liberalización política. Pero eso no ha sucedido. Al contrario, desde que asumió Xi, junto con un endurecimiento del control político, ha habido una reversión en la libertad económica.

Este cambio de marea tendría que ver con el temor del Partido Comunista de justamente perder poder frente a una creciente cuota de la población que no depende del Estado y de una clase de empresarios con grandes fortunas. Por eso en estos últimos años, y bajo diferentes banderas, como la lucha contra la corrupción, el combate contra la creciente desigualdad, contra la concentración y los abusos contra los consumidores, así como el nacionalismo en una competencia hegemónica con Estados Unidos, el presidente Xi ha lanzado una ofensiva para debilitar a estos empresarios y sus empresas, y fortalecer el papel del partido y del Estado.

Con multas multimillonarias por supuestas infracciones, impedimentos legales y regulaciones cada vez más exigentes, lo que incluye la imposición de supervisores comunistas en los directorios y en la administración de las mayores empresas, se ha dado un fuerte golpe al sector empresarial, especialmente las compañías tecnológicas que estaban tomando el liderazgo mundial como Ant Group (brazo financiero de Alibaba), Didi (transporte), Tencent y NetEase (juegos en línea).

Estas medidas han significado en lo inmediato una gigantesca pérdida económica para estas empresas, por la disminución de su valor bursátil y por la restricción a sus posibilidades de crecer. Por ejemplo, el gobierno dictaminó que los juegos en línea eran un nuevo “opio espiritual” para los jóvenes. Se introdujo la regulación de que los menores de 18 años solo pueden jugar una hora los viernes, fines de semana y días festivos entre las 20 y las 21 horas.

No está claro lo que vaya a suceder más adelante, pero esto podría limitar severamente el desarrollo de un sector clave si China quiere convertirse en la primera potencia mundial. Además, ya se ha anunciado que se profundizará en regulaciones más estrictas, cerrando la puerta a que esto es algo pasajero.

En el intertanto Xi ha dicho que, si hasta hace poco se les dio todas las facilidades a las empresas para crecer, ahora es el momento de devolver la mano repartiendo su riqueza creada. Con esto busca congraciarse con el público general (y prolongar su mandato), erigiéndose en un gobernante que privilegia la reducción de la desigualdad, lo que viene a entroncar con el objetivo histórico de su partido.

Otra posible consecuencia de estas medidas es hacer viable el famoso desacople del que se viene hablando entre China y el resto del mundo. Este país ya tiene su propio ecosistema digital que excluye plataformas externas y que tampoco dialoga con ellas. Estas nuevas regulaciones, que en el fondo condicionan la existencia de las empresas y su desarrollo al sometimiento a las directrices partidarias y estatales, podría forzarlas a abandonar otros mercados y seguir solo en China, donde una masa de 1400 millones de consumidores sigue siendo un incentivo que admite tolerar menos ganancias. La alternativa sería perder ese mercado y quedar en otros países, pero enemistadas con el gobierno chino y su largo brazo.

Otro aspecto menos noticioso, pero que también contribuye al potencial desacople, es la creciente prohibición de compartir datos con el extranjero. Esto aplica a órganos gubernamentales, ONGs, empresas y personas, con una omnipresente fiscalización gubernamental. Previsiblemente habrá menos fuentes independientes que puedan informar y dar seguimiento a la economía china, dependiendo crecientemente de la información oficial. Esto sin duda generará mayor incertidumbre y desconfianza para invertir y comerciar con China.

En la coyuntura actual, y lo que es funcional a los planes de consolidación de Xi, la economía china vuelve a estar dominada por la política. Este cambio de giro puede significar grandes cambios, tanto internos como respecto del rol de China en la economía mundial. El país tiene una ventaja a su favor, que es la vastedad de su mercado interno que lo hace atractivo para cualquier empresa, pero las decisiones que se están tomando podrían ser fatales para la pretensión china de liderazgo mundial. No sería la primera vez que la internacionalización de China y su apertura al mundo sufre un brusco frenazo. Ya en la primera mitad del siglo XV y tras una expansión marítima que llegó a África con el almirante Zheng He, un cambio de emperador significó dejar sin efecto esa política y liquidar en pocos años la flota, restringiendo el comercio internacional. Ello no varió hasta que las potencias europeas abrieron a la fuerza el mercado chino.

Xi cree que el Estado puede catapultar a China a la supremacía económica y tecnológica, alineando a todos los actores bajo la dirección del partido y apoyándose en su gigantesco mercado. Sin duda que hay transformaciones que se podrán acelerar con esta gran articulación (todo lo relacionado con el espacio, por ejemplo), pero lo que no posible discernir son las oportunidades que se perderán por la inhibición de la creatividad privada.

Habrá que esperar algunos años para empezar a ver los efectos de fondo de las decisiones actuales del gobierno de Xi. Lo que sí está claro es que el control político es enemigo de la libertad económica.

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