Opinión

Por fin llega el domingo

Llevamos dos días hablando de un examen de orina. Semanas hablando de los familiares. Se ha establecido una caricatura respecto a que la decisión de los electores es un candidato en que la economía se va al despeñadero y otro en que los valores se van por el tubo. Y estas posiciones sólo han generado un diálogo de sordos en el que no hay interés por escuchar o discutir las propuestas de fondo.

Este 19 de diciembre se decidirá quién será el Presidente de Chile durante los próximos cuatro años. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Este 19 de diciembre se decidirá quién será el Presidente de Chile durante los próximos cuatro años. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Victoria Paz

Somos muchos los que queremos que el domingo llegue de una vez. No es emoción por las elecciones, sino por el contrario, un rechazo por el espectáculo lamentable en que se ha convertido esta elección.

Cuando hay barro todos se embarran. Los que lo tiran y los que lo reciben. Y estas últimas semanas han superado el peor de los barriales.

Llevamos dos días hablando de un examen de orina. Semanas hablando de los familiares. De líneas genealógicas que la mayor parte de las veces son falsas o simplemente irrespetuosas porque anulan la opinión o la responsabilidad profesional de una persona solo por ser “familiar de”. Documentos mentirosos, encuestas filtradas y falsas. Enfrentamientos entre grupos que se encuentran en la calle.

Se ha establecido una caricatura respecto a que la decisión de los electores es un candidato en que la economía se va al despeñadero y otro en que los valores se van por el tubo. Y estas posiciones sólo han generado un diálogo de sordos en el que no hay interés por escuchar o discutir las propuestas de fondo, sino solo añadir elementos a la imagen estigmatizada que se quiere crear.

Probablemente lo que va a quedar más dañado no será ni la economía ni los valores. Existen instituciones en Chile, especialmente el Poder Legislativo, en que los planteamientos de uno u otro no pasarán si no se moderan y apuntan a lograr mayorías. No es fácil derogar leyes, endeudar al país hasta límites desquiciados, vender empresas del Estado, cambiar totalmente el sistema de pensiones de un día para otro. No es llegar y hacer. Eso es falso y se instala como verdadero.

El daño que se arrastra hace años y hoy solo se profundiza es a la convivencia y la cohesión social. Ambas son fundamentales para lo que sea que queramos hacer como país. Ninguno de los dos programas se puede llevar a cabo en una sociedad polarizada y dividida. En una sociedad que cree que sectores de la ciudad son solo para algunos y no para otros.

En el marco del estallido de 2019, me tocó participar de la comisión asesora para la cohesión social presidida por Eduardo Valenzuela. Los resultados pueden encontrarse en la página del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, pero resulta esencial señalar que la información recopilada muestra que los diversos indicadores de cohesión social se vienen deteriorando en Chile desde hace años y que es urgente realizar acciones para revertir esta tendencia.

Muchas veces los propios candidatos no tienen la culpa de la guerra sucia. Pero sí tienen la responsabilidad imperativa de hacer todo lo que esté en su poder por transmitir a sus seguidores los principios que les gustaría que siguieran. Simplemente no pueden hacer la vista gorda. Para qué hablar de los diputados y senadores que supuestamente apoyan a esos candidatos. Deberían ser los primeros en predicar con el ejemplo. No retuitear noticias falsas, ni caer en conspiraciones fantasiosas y violencia hacia distintos grupos.

Es urgente que los candidatos y sus grupos vean a la cohesión social como una urgencia. No como un accesorio. De qué sirve ganar si después las personas no respetan las normas sociales, no creen en las instituciones, han perdido la fe en las reglas de convivencia. La necesidad de mayorías, la gobernabilidad, el avance en cualquiera que sea el programa que los ciudadanos decidan, requiere de una sociedad sin grietas o que sabe manejarlas cuando aparecen, y en que las personas confían entre sí y en las instituciones y, por lo tanto, están dispuestas a seguir las normas que consensuamos entre todos.

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