Opinión

¿Por qué los dichos del Presidente sobre violencia doméstica son inaceptables?

La opción de alentar a víctimas heroicas ya aterrorizadas a iniciar un caso policial para que el Estado las apoye, no solo puede ser ineficaz y muy optimista, sino también completamente cruel. El Estado vuelve a decirles que son las responsables de su propio martirio.

¿Por qué los dichos del Presidente sobre violencia doméstica son inaceptables?
¿Por qué los dichos del Presidente sobre violencia doméstica son inaceptables?
Por:  Paula Hollstein B.

A propósito de la promulgación de la llamada Ley Gabriela, el Presidente de la República sostuvo que “a veces no es solamente la voluntad de los hombres de abusar, sino que, también, la posición de las mujeres de ser abusadas. Tenemos que corregir al que abusa y también decirle a la persona abusada que no puede permitir que eso ocurra”.

Las palabras del primer mandatario revelan un desconocimiento del fenómeno que resulta alarmante, no solo por provenir de la primera autoridad del país, sino porque parte del mismo entendimiento viene del ministerio del ramo.

La razón más obvia y a la que todo el trending feminista adhiere es una ya bastante popular: el Presidente da a entender que las mujeres, en este caso, las víctimas, tiene un cierto nivel de “responsabilidad” en la situación de violencia vivida.

Ejemplos paradigmáticos de frases inaceptables -ahora ya clichés- son aquellas del tipo: “mira como vestía”, “es que andaba sola de noche”, “no se cuidó lo suficiente” – ¡la culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía! (¿les suena?).

Aún cuando las formas del Presidente parecieran menos burdas, la lógica de sus dichos es la misma de aquellas conocidamente erróneas. Para la autoridad, se trata de un conflicto primeramente interpersonal, donde las partes tienen asignados deberes a ejercer, sociales e incluso jurídicos.

La ministra Isabel Plá lejos de “ayudar” al Presidente ratifica esta visión en su aclaratoria: “Sepan las mujeres de nuestro país, que cuando ustedes denuncian van a contar con el apoyo de la sociedad, de las instituciones, de todos los Poderes del Estado”.

En estos dichos también está implícita la obligación de las víctimas de denunciar la situación vivida a fin de recién en ese momento poder contar con el apoyo del Estado. La denuncia (de la víctima) es necesariamente el detonante de la forma de protección que provee el Estado Chileno. La misma lógica también se encuentra en la campaña del Gobierno “no lo dejes pasar”. En otros términos, son las víctimas las llamadas a “parar los carros”, son las víctimas las llamadas a manejar la situación y a salvarse.

¿Cuáles son algunos de los problemas asociados a esta visión?

Primero, este enfoque asume un concepto de violencia doméstica simplista. Entendidos en el tema destacan no “la violencia” sino el control como el elemento clave del fenómeno.

Paradójicamente, la violencia como tal no es el elemento crucial. En este sentido, Johnson (2008) ha descrito diferentes patrones de comportamiento, donde la presencia de control es clave para identificar este fenómeno. Johnson lo llama “terrorismo íntimo”.

En este contexto, el agresor efectivamente usa la violencia, pero como una herramienta final de control sobre su pareja (cuando otros mecanismos fallan).

Existe un caso diferente: “violencia de pareja situacional”. Aquí el agresor es violento (y su pareja también puede serlo). Sin embargo, ninguno de ellos utiliza tal violencia para intentar ejercer un control general sobre el otro. Este puede ser un comportamiento no deseable, pero no es el fenómeno que puede escalar a un femicidio. El año 2015 el Reino Unido recoge este elemento para redefinir el concepto de violencia íntima, y lo llama comportamiento controlador o coercitivo.

Consecuencialmente, este déficit conceptual en la legislación (y en las medidas públicas y discursos asociados a ella), deja a la víctima en alta situación de riesgo. Las víctimas no reconocen que está pasando en etapas tempranas del fenómeno de abuso.

Los conflictos se asumen como “problemas de pareja”, dilemas de una “relación tóxica” o casos de un tipo celoso. La víctima suele experimentar humillaciones cotidianas (parecen triviales, generalmente bromas). Se explota sus vulnerabilidades y se facilita la dependencia, se le aísla de sus amigos. Ojo, que todo ello puede acontecer, sin ningún golpe de por medio.

Es más, el proceso se desenvuelve más efectivamente si no existen agresiones físicas. La víctima creerá “poder manejar la situación” y le será difícil conceptualizar el proceso como uno de violencia. No hay denuncia sin señales claras. Por el contrario, la víctima se “autorregula” para “no dar más problemas”, no enojar al otro.

Dejará de hablar con amigos, no se pondrá un atuendo llamativo, no se desviará del camino a casa, estará atenta a contestar rápidamente los WhatsApp, etc.

Se trata de un fenómeno que va en escalada, pero que en etapas tardías encuentra a la víctima débil y confundida, incluso aniquilada psicológicamente, a través del síndrome de stress postraumático (Hermand 1992). La víctima vive en el miedo, sino derechamente en el terror. En dicho momento dejar la relación es muy difícil, denunciar es una quimera. Generalmente solo ocurrirá en etapas de peligro físico evidente (muy probablemente muerte).

Tercero, el miedo a la represalia por denunciar es completamente racional y avalado por estudios (Johnson 2008 y Dutton & Goodman, 2005). Cuando se realiza la distinción entre violencia situacional y terrorismo íntimo, se encuentra que en la mayoría de las ocasiones las mujeres han intentando dejar la relación, pero se han encontrado con situaciones tan difíciles que no les ha sido posible: problemas financieros, escasas redes de apoyo, pocas casas de acogida, hijos en común, etc.

Aun más, la gran mayoría de los femicidios se producen precisamente en aquellos casos en que la víctima enfrenta la situación y decide dejar a su pareja, en revancha este decide ejercer un acto de control final.

Por lo anterior, ni enfatizar una política de “tolerancia cero” contra el abuso o violencia de pareja, ni instruir a las victimas a que denuncien y “no la dejen pasar”, son medidas responsables para enfrentar un fenómeno tan complejo como lo es el de la violencia doméstica.

El escaso entendimiento del fenómeno por parte del Estado, la aniquilación psicológica de las víctimas y los riesgos reales que enfrentan una vez que terminan sus relaciones, son factores a considerar en la mirada frente al problema, y los diseños de medidas.

Las penas aumentan y hay nuevas formas de delitos (femicidio y sus distintos alcances), pero las cifras de violencia intrafamiliar (VIF) no bajan, tampoco las de femicidio.

Existe también la opción de no dejar que el Derecho Penal sea el único protagonista en las medidas gubernamentales. Se debe dar apoyo real (económico y emocional) y de fácil acceso a las víctimas, también imaginar nuevas formas de familia (ancladas en comunidades mayores, donde el poder sea más atomizado) y desromantizar las relaciones de pareja.

La opción de alentar a víctimas heroicas ya aterrorizadas a iniciar un caso policial para que el Estado las apoye, no solo puede ser ineficaz y muy optimista, sino también completamente cruel. Lejos de apoyar a las mujeres en este caso, el Estado vuelve a decirles – como lo ha hecho históricamente – que son las responsables de su propio martirio.

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