Opinión

¿Qué es Chile y quienes somos los chilenos?

Soy de los que suscribe que nuestra nacionalidad se construyó en buena parte desde el Estado y que se intentó insuflar un sentido de comunidad a la población dispersa en el territorio, desde la élite gobernante en el siglo XIX.

Es posible que la marea de destrucción que nos ha afectado estos años haya sido protagonizada por un bajo porcentaje de la población, pero lo que puede ser reducido en número ha sido alto en ferocidad contra lo común, lo que a su vez ha sido agravado por la inacción de la mayoría que no ha defendido ese patrimonio. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Es posible que la marea de destrucción que nos ha afectado estos años haya sido protagonizada por un bajo porcentaje de la población, pero lo que puede ser reducido en número ha sido alto en ferocidad contra lo común, lo que a su vez ha sido agravado por la inacción de la mayoría que no ha defendido ese patrimonio. AGENCIA UNO/ARCHIVO

Estas preguntas son sin duda esenciales porque tienen que ver con la identidad, es decir la concepción que tiene una persona o un colectivo sobre sí mismo y en relación a otros, característica esencial de nuestra unicidad como seres humanos y colectivos en un determinado tiempo y espacio.

La identidad, de acuerdo con su propia definición, tiene dos dimensiones: la autopercepción y la visión del otro. La identidad es además dinámica. Aunque tenga elementos muy arraigados, hay siempre cierto nivel de cambio que tiene que ver con la evolución del entorno, del cual no nos podemos abstraer. Y por supuesto que nuestra autopercepción debe ajustarse con lo que los otros dicen y ven en nosotros, porque somos seres sociables.

Ante un acontecimiento tan fundamental para el devenir de nuestro país como es el próximo plebiscito constitucional del 4 de septiembre, es imperativo hacer un examen de introspección esencial, porque sin conocernos como chilenos, ni reconocernos como comunidad, no hay un camino común posible.

Volvamos entonces a esta pregunta en apariencia simple: ¿Qué es Chile y quienes somos los chilenos? Junto con invitarlos a hacer el ejercicio, en las siguientes líneas procuraré dar una visión personal sobre ambas interrogantes.

Cuando me han preguntado sobre Chile, tanto acá como en el extranjero, en la descripción el territorio siempre ocupa un lugar central: larga y angosta faja de tierra, una geografía que va desde el desierto hasta la Antártica, con prácticamente todos los climas, un vasto océano y montañas en ambos flancos de norte a sur, nuestra condición sísmica por integrar el cinturón de fuego del Pacífico, etc. Luego vienen referencias de los chilenos, algunas de sus costumbres y su historia. Y esto que me ha pasado a mí, se lo he escuchado también a otros en su alusión de Chile frente a extranjeros.

Alguien alguna vez, refiriéndose a esta forma de identificarse, señaló muy certeramente que “Chile es un paisaje”, con las personas como elemento secundario. Algo habría en este territorio que habitamos, que es aparentemente el elemento central de nuestra identidad. Pero, más allá de que la geografía condicione nuestro modo de vida, ¿es suficiente para constituir un rasgo esencial de nuestra identidad? Y siendo esta tan variada, ¿entonces tendríamos muchas identidades en nuestro territorio? Ahí viene una suerte de contradicción en nuestro relato tradicional, porque más allá de diferencias menores percibidas a lo largo y ancho del país, hemos tenido la noción de una homogeneidad bastante grande en la forma de ser de los chilenos, especialmente si lo contrastamos con los regionalismos de casi todos los países latinoamericanos.

¿Qué es Chile entonces y qué nos hace distintivamente chilenos? Somos una república con dos siglos de vida independiente, que ha vivido tradicionalmente en la escasez y que, por lo mismo y notablemente, hizo un esfuerzo muy grande por contar con un estado que pudiera administrar mejor esa condición, con un resultado bastante exitoso en términos comparativos. Soy de los que suscribe que nuestra nacionalidad se construyó en buena parte desde el Estado y que se intentó insuflar un sentido de comunidad a la población dispersa en el territorio, desde la élite gobernante en el siglo XIX.

El tema es que, como lo han demostrado numerosas encuestas y estudios, nuestra identidad es feble y además está redefiniéndose. Si hace poco lo que destacaba como nuestro principal motivo de orgullo era la comida chilena o lo que nos definía como chilenos era en primer lugar “la Roja” y la Teletón, con el estallido del 2019 ha quedado en evidencia que, lo que creíamos sólidamente compartido por la gran mayoría parece no ser real, a juzgar por la destrucción de símbolos culturales y la alteración de los emblemas patrios, incluyendo silbatinas al propio himno nacional y su reemplazo por otros elementos identitarios.

Es posible que la marea de destrucción que nos ha afectado estos años haya sido protagonizada por un bajo porcentaje de la población, pero lo que puede ser reducido en número ha sido alto en ferocidad contra lo común, lo que a su vez ha sido agravado por la inacción de la mayoría que no ha defendido ese patrimonio. Mientras unos atacan, otros omiten, pudiendo colegirse que ambos no se sienten suficientemente representados por el constructo nacional en el que viven.

Creo que este fenómeno, a partir de una débil autoimagen que se arrastraba desde el siglo XIX, se acentuó en las últimas décadas por la erosión de los espacios sociales comunes y en particular de la educación.

En suma, me he convencido de que buena parte de nuestros problemas actuales y de la fragmentación y polarización existente se debe a la debilidad de nuestra conciencia nacional. No es casualidad entonces que se hable ahora profusamente de territorios, culturas, naciones, dando a entender que somos un amasijo revuelto y no cuajado de distintas identidades.

Pero siendo cierto que no se puede sustentar una identidad en elementos tan débiles como una cocina o la emoción deportiva, aun así percibo el aura de un alma nacional bajo el estrépito de las consignas y de las redes sociales. Esa alma que considera que hemos hecho un recorrido juntos y que vale la pena seguir haciéndolo, y que en la unidad está nuestra fuerza. Eso queda en evidencia en muchas cosas, como por ejemplo cuando 70% de los mapuche entrevistados en la encuesta CEP manifestó estar muy en desacuerdo en que se establezca un estado mapuche independiente. Y que un 45% de los consultados manifestó sentirse “chileno y mapuche al mismo tiempo”. En tanto, un 21% manifestó ser “mapuche primero y chileno después”.

Siento que la coyuntura que estamos atravesando está presionando al máximo esa alma nacional y los cantos de sirena van por los particularismos identitarios, pretendiendo que siglos de república (sin ir más atrás) no generaron ninguna identidad nacional sino, desde esa perspectiva, más bien una sociedad plural (según el concepto de John S. Furnivall), donde distintos grupos coexistieron, pero sin más interacción real que en la economía.

El desafío urgente es rescatar esa alma y darle espacio para expandirse y enriquecerse, reconociendo que admite una diversidad de identidades que no son contrapuestas a ser chileno.

Chile sin duda es una sociedad intercultural, y ello ha sido ocultado y ahogado erróneamente en buena parte de nuestra historia republicana. Hay que generar las condiciones para que las diferentes culturas que nos integran tengan la posibilidad de desarrollarse y contribuir al conjunto. La diversidad es la realidad del mundo y ya no hay espacio para la homogenización dirigida (salvo que sea una dictadura).

También es urgente recomponer las instancias de socialización a todo nivel, partiendo por la actitud personal de estar abierto al otro y de valorar la diferencia, pero enfatizando lo que nos une.  

Mis ancestros llegaron de Europa en distintos momentos del siglo XX a Chile, pero con un mismo propósito: prosperar y vivir en paz y libertad. Ellos y sus descendientes se fundieron en esta tierra. Lo mismo que hacen miles de inmigrantes latinoamericanos que prácticamente todos los días ingresan a Chile arriesgando su vida tras viajes extenuantes y peligrosos. Para ellos somos un país de oportunidades.

Cuando nuestra autopercepción flaquea o es confusa como ocurre actualmente, no está demás escuchar lo que piensan otros de nosotros y si tantos llegan a esta tierra y nos repiten que no apreciamos lo que tenemos, entonces hay que preguntarse por qué estamos tan enojados o desilusionados y no dejarse nublar por las emociones, rescatando todo lo que hemos logrado juntos y reafirmar nuestra fe en que será mucho más lo que conseguiremos unidos.

Este 4 de septiembre e independientemente de las posturas, la pregunta de fondo es si queremos seguir construyendo una patria común o vamos por algún particularismo. Si es lo primero, entonces tenemos que estar conscientes que tenemos que trabajar nuestra identidad y fundarla sobre cimientos más sólidos que unan a nuestro pasado con nuestro futuro. 

Personalmente me gustaría que Chile fuese en esencia asilo contra la opresión y que los chilenos compartiéramos una férrea adhesión a la democracia y los valores de la solidaridad con los más débiles. Creo percibir en el chileno esa semilla indomable del arraigo a la libertad que Alonso de Ercilla, hace casi cinco siglos, reflejó tan magníficamente en “La Araucana” “….la gente que produce (Chile) es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida.”

Pero, aunque la común adhesión a la libertad es fundamental y tengo la certeza de que nuestra historia no ha sido en vano, no podemos eludir el indispensable debate de quienes somos y de cuál es el propósito de Chile y de los chilenos, incluyendo nuestra participación en el mundo.

Voy por un Chile más diverso, pero también más unido, y por lo mismo más grande, y, en momentos difíciles como los que estamos atravesando, qué mejor que acudir a la trascendencia de nuestra poesía, recordando a nuestros poetas y su amor por Chile, testigos y jardineros de nuestra alma:

“En montañas me crié - con tres docenas alzadas. - Parece que nunca, nunca, - aunque me escuche la marcha, - las perdí, ni cuando es día - ni cuando es noche estrellada, - y aunque me vea en las fuentes - la cabellera nevada, - las dejé ni me dejaron - como a hija trascordada.
Y aunque me digan el mote - de ausente y de renegada, - me las tuve y me las tengo - todavía, todavía, - y me sigue su mirada.” (Montañas Mías de Gabriela Mistral)
 

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