Opinión

¿Qué viene?

Hay dos opciones que decidirán el destino de Chile en septiembre: el “Acepto” o el “Rechazo”. A continuación quiero pronosticar qué pasaría en uno u otro caso.

El Plebiscito Constitucional de Salida se realizará el próximo 4 de septiembre. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El Plebiscito Constitucional de Salida se realizará el próximo 4 de septiembre. AGENCIA UNO/ARCHIVO

Ojalá aquellas poquísimas personas que dentro de tres o cuatro años recuerden lo que escribo hoy, digan que estuve equivocado, que fui un pesimista idiota y que lo que sigue a continuación vino de una mente afectada de tantos hechos que nos enloquecieron durante los últimos años.

Hay dos opciones que decidirán el destino de Chile en septiembre: el “Acepto” o el “Rechazo”. A continuación quiero pronosticar qué pasaría en uno u otro caso.

“Acepto”: la nueva Constitución (NC) pretende ser una carta magna cuyas contradicciones, imposiciones y desaciertos solo podrían cumplirse bajo un régimen totalitario que no admite a nadie oponerse al nuevo orden. Para ello, se necesita una fuerza opresora, en la que quieren convertir a Carabineros, poniendo la institución bajo mando civil y transformarlo en una policía política, tipo Stasi o Gestapo. De no hacerlo, a muy poco tiempo después de entrar en vigor la NC, la situación se tornará incontrolable, porque la gente, “el pueblo”, saldrá a las calles para protestar contra la inflación, el hambre, la falta de trabajo. La cosa puede transformarse en un levantamiento, revolución o guerra civil, dependiendo de cómo se comportarían las distintas fuerzas armadas. Y la ira popular acusará no solo a los que redactaron el texto de la NC, sino a la dura izquierda y a los miembros de pueblos indígenas, a pesar de que muy pocos de ellos tuvieron algo que ver con ella. La cantidad de sangre que correrá, depende –repito– del comportamiento de los que ostentan las armas. Habrá incontrolables saqueos, destrozos, incendios, barricadas, atracos… será prácticamente imposible volver a lo que hoy llamamos normalidad. 

Y no será como Venezuela (ni hablar de Cuba), porque en este país hay cinco millones de automóviles, millones de hogares de todo tipo y calidad - pero hogares al fin que pertenecen a alguien - y la gran mayoría de la gente estaba acostumbrada a tener una vida independiente, irse de vacaciones, poder comprar lo que pueda y quiera en tiendas, negocios y supermercados. Cosa que dentro de muy poco no será posible, porque el nuevo orden traerá miseria, convertirá al dinero en un papel sin valor e institucionalizará a la corrupción, al clientelismo y, lo peor, al narco. Se necesitaría una policía muy numerosa, cruel e ideológicamente convencida para transformar la situación en un orden sumiso y reducido a la sola supervivencia en un país destrozado. Habrá zonas donde ni siquiera esa policía tendría la autorización a entrar: territorios, cuasi-países donde puede pasar cualquier cosa que sus caciques o dictadores impongan. Serán los reductos ideales para producir y/o manejar la droga. En caso contrario, la indignación pública y sus expresiones obligarán la renuncia del Gobierno y la anulación o cambio total de la NC.

“Rechazo”: en un país más civilizado que el nuestro, el rechazo pasaría sin mayores consecuencias que una serie de cambios en la NC, propuestos ya sea por el Ejecutivo, Legislativo, partidos y cualquier otro ente que desee participar. En cambio en nuestro país, donde la extrema izquierda, aparte del Gobierno logró redactar el texto de una dictadura, hará imposible una vida “normal”. Sus secuaces saldrán a la calle, provocarán barricadas, incendios, destrozos, saqueos y todo tipo de desmanes consecuencia de la rabia por no haber podido imponer sus reglas. El Gobierno, enclenque y débil, hará muy poco para frenar al frenesí, valga la redundancia. El país se transformará en ingobernable y nadie puede predecir en qué terminará la cosa, excepto un hoy difícilmente imaginable cambio total del Ejecutivo, para imponer orden a través de las policías, con la ayuda de las Fuerzas Armadas si fuese necesario. Dado el carácter del Gobierno de Gabriel Boric, no puedo imaginarme semejante escenario. El resultado de nuevo puede ser un estallido social y hasta una guerra civil. Lograr la calma y retornar a la “normalidad” es algo que me es difícil imaginar.

Este pronóstico terrible se producirá en menor o mayor grado. El país se empobrecerá, perderá su credibilidad internacional, se vaciará de capitales e inversiones en un mundo de por sí en la mayor crisis desde la segunda guerra mundial y costará décadas con mucha suerte y voluntad popular para que retome el camino hacia el desarrollo.  
 

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