Opinión

Realineamiento en América Latina

El extendido cambio de signo político, incidentalmente hacia la izquierda, puede ser una buena oportunidad para hacerse cargo de esta urgencia de integración, pero sería un error fundar el esfuerzo integrador en la ideología porque estaríamos repitiendo patrones fracasados y lo que hoy se ve más monocolor, será seguramente más diverso en algunos años más.

En una coyuntura compleja como la que atraviesan el mundo y nuestra región, es indispensable concertarse. AGENCIA UNO/ARCHIVO
En una coyuntura compleja como la que atraviesan el mundo y nuestra región, es indispensable concertarse. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Juan Pablo Glasinovic

Los países de nuestra región periódicamente cambian de eje político. A veces por particulares circunstancias internas, y otras por fenómenos regionales e incluso globales. En estos últimos dos años, sin duda que el COVID-19  y su secuela económica y social, ha tenido un profundo impacto político en toda la región.

La pandemia ha dejado al desnudo y agudizado las falencias de los Estados y los graves problemas sociales que nos aquejan. Ante esto, la población se ha unido en demandas de un Estado más protector y eficiente, que no solo asegure una mejor cobertura en temas de salud y respecto de un nivel mínimo de vida, también exige que se generen las condiciones para un desarrollo más inclusivo, sostenido y sostenible.

Esta demanda transversal ha implicado que se esté castigando a los gobiernos de turno, independientemente de su signo político y de las fuerzas ideológicas en competencia. Por tanto, el fenómeno pendular se debería más a la búsqueda de una alternativa de solución concreta a acuciantes problemas que a una determinada corriente política, sin perjuicio de la innegable influencia de las ideologías. Y en un escenario crítico como el generado por la pandemia, las opciones se vuelven más binarias. Si no funcionó el gobierno en ejercicio, entonces se le dará la oportunidad al signo contrario.

Eso es lo que pasó en Ecuador con la elección de Guillermo Lasso (derecha) y en Perú con la de Pedro Castillo (izquierda). En Chile hay un tema más profundo que venía de antes, asociado a una renovación política generacional. En Argentina en los comicios de mitad de período, los votantes castigaron al gobierno de Fernández terminando con su mayoría legislativa. En prácticamente todas las elecciones en la región desde la irrupción del COVID-19, hubo cambio de signo político.

El próximo año toca el turno de Colombia, con elecciones generales a fines de mayo. Ahí también la evaluación del gobierno de Iván Duque es mala y la alternativa que se perfila a la fecha como la más probable carta, es Gustavo Petro. Petro fue guerrillero del M19, senador y alcalde de Bogotá, y es un político de izquierda no tradicional. Ha sido fundamental en la constitución de un nuevo referente político local, el denominado “Pacto Histórico”, una alianza heterogénea de movimientos sociales y organizaciones de izquierda principalmente, que aspira a constituirse en el primer gobierno progresista en la historia de Colombia. Quien sea el candidato de este pacto deberá resolverse en una primaria, aunque Petro aparece como el claro favorito. El bloque ha conformado también una lista parlamentaria que, por primera vez, combina paridad de género con candidatos indígenas y afrodescendientes. En los comicios pasados, Petro perdió en segunda vuelta contra Duque.

En Brasil, todo apunta a que el próximo presidente será Lula Da Silva (las elecciones son el 2 de octubre), aunque aún no declara formalmente su intención de ir como candidato. Bolsonaro ha tenido un pésimo manejo de la pandemia, lo que se refleja en la baja cifra de aprobación de su gobierno y en la alta tasa de rechazo que genera su persona. Y aunque el actual presidente acaba de lanzar un programa de subsidios para los más pobres, denominado Auxilio Brasil, que llegará a 17 millones de familias, con lo cual espera tener réditos electorales, todas las encuestas dan una ventaja de más de 20 puntos a Lula Da Silva, lo que es difícil de remontar.

Producto de estos procesos electorales, Sudamérica estará regida mayoritariamente por gobiernos de izquierda, a lo cual debe agregarse México bajo Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien en la segunda parte de su mandato está comenzando a desarrollar una política regional mucho más activa.
 

¿Significará aquello de contar con gobiernos afines políticamente que se propenderá a una mayor cooperación y coordinación regional? En el papel la convergencia será la mayor en décadas y debiera traducirse en un reimpulso de la agenda regional, partiendo por la integración. Si los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico estuvieran liderados por gobiernos de izquierda, lo mismo que el MERCOSUR con Argentina y Brasil, podría esperarse un reimpulso de la búsqueda de una mayor articulación entre ambos bloques. También podría resucitar UNASUR o reformularse PROSUR.

Sin duda que es prioritario revitalizar la cooperación y coordinación regional, por cuanto América Latina ha perdido terreno como conjunto a nivel global, pero fundar esta acción en la afinidad ideológica no garantiza ni su éxito, ni su continuidad, más allá de ser un evidente facilitador. No debe olvidarse que la mayoría de los recién instalados regímenes de izquierda deben esencialmente su poder al hartazgo con sus antecesores y a la esperanza de que se atiendan las demandas sociales. No está garantizada por tanto su continuidad, la que estará supeditada a sus resultados en materia de mejoramiento de las condiciones de vida de sus poblaciones.

Una de las lecciones aprendidas en los últimos años en materia de integración y especialmente a la luz de la pandemia y sus efectos, es que la ideología ha erosionado los distintos mecanismos existentes y ha impedido encontrar un espacio común de colaboración. México con AMLO ha sido quien ha tenido mayor claridad al respecto y quien ha buscado imprimir una lógica más pragmática y enfocada en los resultados en la interacción regional, resucitando la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y mediando entre el gobierno y la oposición venezolana. Es bastante notable que un presidente de izquierda y con una marcada estructura ideológica como es AMLO, esté imprimiendo un fuerte pragmatismo en su política regional. Su premisa es que las diferencias políticas no pueden ser un escollo para colaborar, y que al final del día los beneficiados o perjudicados son las poblaciones.

En una coyuntura compleja como la que atraviesan el mundo y nuestra región, es indispensable concertarse. Son tantas las prioridades y urgencias, que no sobra nadie. Nuestros gobiernos deben estimular el desarrollo, al mismo tiempo que enfrentar la crisis climática. Tenemos que escalar en la cadena productiva en forma sostenible e incrementar el intercambio intrarregional. Para ello hay que considerar las dimensiones sanitaria y migratoria, trabajar en el desarrollo de energías renovables e interconectar nuestros sistemas de distribución eléctrica, entre muchos otros temas.

No podemos seguir en esta dinámica letárgica en materia de integración, porque claramente la debilidad del conjunto repercute en cada país y, en contrapartida, un fortalecimiento regional incidirá positivamente en cada Estado.  

El extendido cambio de signo político, incidentalmente hacia la izquierda, puede ser una buena oportunidad para hacerse cargo de esta urgencia, pero sería un error fundar el esfuerzo integrador en la ideología porque estaríamos repitiendo patrones fracasados y lo que hoy se ve más monocolor, será seguramente más diverso en algunos años más.
 



 

Más Noticias

Más Noticias