Opinión

Reconocimiento de la responsabilidad histórica

En días seguidos de una misma semana, los dos países eje de la Unión Europea, Alemania y Francia asumen su responsabilidad histórica en relación a un continente respecto del cual fueron dominadores coloniales hasta hace poco.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, admitió la responsabilidad de su país en el genocidio de Ruanda. AGENCIA UNO/ARCHIVO
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, admitió la responsabilidad de su país en el genocidio de Ruanda. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Juan Pablo Glasinovic

Por estos días, quien sabe si casualmente o no en la oportunidad, se han sucedido dos importantes reconocimientos de responsabilidad histórica. Alemania y Francia asumieron que tuvieron responsabilidad en dos luctuosos episodios de genocidio en África.

En el caso de Alemania, la situación se remonta a la primera década del siglo XX, cuando este país colonizaba la actual Namibia. Hay que recordar que a partir de la segunda mitad del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, los países europeos se repartieron prácticamente la totalidad del continente africano. Entre los que tuvieron mayores dominios estuvieron el Reino Unido, Francia, Bélgica, Portugal e Italia. Alemania perdió todas sus colonias africanas con la derrota en la Primera Guerra Mundial.

Entre 1904 y 1908, producto de algunas rebeliones de las poblaciones locales de la actual Namibia, ante la confiscación de sus tierras por las autoridades coloniales, Alemania organizó una represión que derivó en lo que se está empezando a considerar como el primer genocidio del siglo XX (esa condición la tenía hasta ahora el genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial). En efecto, las tropas alemanas coloniales las emprendieron brutalmente contra los rebeldes, principalmente los pueblos Herero y Nama. 60.000 personas del primer grupo y 10.000 del segundo habrían sido asesinadas en 4 años, mayoritariamente indefensas en ataques a sus aldeas y también en su expulsión al desierto donde perecieron de hambre y sed. La campaña de exterminio incluyó campos de concentración, en los cuales se hicieron experimentos científicos con los cautivos, que serían posteriormente replicados por los nazis (de hecho los escritos de uno de los médicos que experimentaron con los prisioneros, Eugen Fischer, influyeron en el propio Hitler y sus ideas de supremacía racial).

Los Herero que representaban el 40% de la población local a comienzos del siglo XX, hoy constituyen un 7% de los habitantes de Namibia.

Namibia, tras el retiro alemán, pasó a ser controlada por Sudáfrica como mandato de la Sociedad de las Naciones, obteniendo su independencia finalmente en 1990. Desde entonces las relaciones con Alemania estuvieron tensionadas por la memoria histórica y la demanda de reconocimiento y reparación por parte del gobierno namibio.

En el 2019, Alemania hizo un primer gesto simbólico, al devolver los esqueletos de víctimas Herero y Nama que se habían llevado a ese país, expresando en ese momento su arrepentimiento “desde el fondo del corazón” por esos crímenes.

Este viernes 28 de mayo, el Estado Alemán, por intermedio de su ministro de relaciones exteriores Heiko Maas, reconoció en un comunicado que los hechos constituían genocidio y que, en adelante, se referirían a los mismos con esa denominación. Agregó a “la luz de la responsabilidad histórica y moral de Alemania, vamos a pedir perdón a Namibia y a los descendientes de las víctimas por las atrocidades cometidas”. Esta histórica declaración emanó tras 5 años de negociación con el gobierno namibio y el gesto fue saludado por el mismo como “un primer paso en la dirección correcta”.

Alemania anunció un paquete de ayuda de 1.100 millones de euros para Namibia y en especial para los pueblos Herero y Nama, que se pagarán en un período de 30 años. Pero al mismo tiempo indicó que este paquete de ayuda no constituye una indemnización ni abre la vía jurídica para una demanda al respecto. Con esto se pretende poner punto final al tema y no exponer al país a una eterna dinámica que no dejaría probablemente satisfecho a nadie y empañaría la imagen del país.

En el caso de Francia, el jueves 27 de mayo, el presidente Emmanuel Macron de visita oficial en Ruanda, hizo un discurso altamente simbólico en el cual reconoció la “innegable y abrumadora responsabilidad” de Francia para evitar el genocidio de los tutsis, aunque fue enfático en que su país no tuvo ninguna complicidad en esa masacre. En efecto, en 1994 cuando estalló la matanza, había un importante contingente de tropas francesas en el país que pudo haber intervenido tempranamente, pero se mantuvo inexplicablemente al margen el primer tiempo, para posteriormente tratar de constituir algunas zonas seguras. A esa inacción se suma el hecho de que varios notorios instigadores y articuladores del genocidio escaparon y se escondieron en Francia, manteniéndose algunos de ellos inexplicablemente exentos de la acción de la justicia.

El presidente ruandés Paul Kagame, quien visitó Paris hace 10 días y durante cuya estadía se decidió y acordó la histórica visita de Macron a Ruanda, calificó las palabras de su contraparte como “más valiosas que una excusa”.

El gesto de Macron culmina 27 años de debate interno, que se cerró con el informe de una comisión de 14 historiadores encabezados por Vincent Duclert, que revisó toda la documentación francesa relacionada con el tema y explicitó la grave responsabilidad por omisión de Francia.

En días seguidos de una misma semana, los dos países eje de la Unión Europea, Alemania y Francia asumen su responsabilidad histórica en relación a un continente respecto del cual fueron dominadores coloniales hasta hace poco. Es sin duda un hecho político muy potente para sanar en la medida de lo posible estas graves heridas del pasado y enrielar la relación con África en una condición distinta, más equilibrada.

Aunque medidas como estas no borran ni mucho menos el pasado, son imprescindibles para empujar a una reconciliación y cambiar cualitativamente el curso de las cosas. Es cosa de mirar cuántas enemistades y conflictos subsisten en el mundo como el fruto amargo de hechos que pueden haber ocurrido hace mucho tiempo, pero se perpetúan en la memoria colectiva.

Europa da en esta ocasión el ejemplo de una política exterior inspirada en valores, al reconocer el daño que infligió y demostrar un ánimo de reparación. En un mundo en que la competencia por el poder parece ser el principal motor, situaciones como estas dignifican a la política y a las autoridades – y por extensión a sus sociedades – que asumen el reconocimiento.

Este contexto simbólico ha sido acompañado por una serie de iniciativas que buscan dinamizar los lazos entre Europa y África, considerando que este continente está creciendo económica y demográficamente y sin duda que tendrá mayor peso en el contexto mundial. En esa línea la Unión Europea anunció recientemente su apoyo para desarrollar capacidades de fabricación de vacunas en los países africanos. A la fecha este continente importa el 99% de las mismas.

Alemania y Francia dieron un pequeño gran paso. Hay que celebrarlo.

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