Opinión

Reflexiones estratégicas desde Chile

No podemos seguir perdiendo el tiempo y debemos asumir que la solución de nuestros problemas pasa necesariamente por una acción concertada y de integrar más nuestra región al mundo.

Es imperativo pensar estratégicamente y ello, en el Chile de hoy y en Latinoamérica, escasea dramáticamente. AGENCIA UNO/ARCHIVOEs imperativo pensar estratégicamente y ello, en el Chile de hoy y en Latinoamérica, escasea dramáticamente. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Es imperativo pensar estratégicamente y ello, en el Chile de hoy y en Latinoamérica, escasea dramáticamente. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Juan Pablo Glasinovic

En los turbulentos tiempos que estamos viviendo, urge elevar la mirada y reflexionar sobre la multiplicidad de factores que están interactuando e incidiendo en la dinámica mundial, no solamente para tratar de entender lo que está ocurriendo, sino, más crucialmente, para anticipar escenarios y actuar en consecuencia.

Pero lo que es evidente, no es fácil de implementar ni a nivel personal, ni estatal. La cotidianeidad nos absorbe, más cuando hay problemas de todo tipo y nos consumimos en su gestión. Pero, si nos quedamos en lo micro, a lo más podremos aspirar a solucionar una arista, sin ir a la raíz del problema o sin un diagnóstico claro que nos permita orientar adecuadamente nuestras acciones. Por eso es imperativo pensar estratégicamente y ello, en el Chile de hoy y en Latinoamérica, escasea dramáticamente, al menos en el discurso y el debate público.

¿Qué papel estamos jugando como país y región en los principales problemas y desafíos mundiales de los últimos años, como el cambio climático, la reconfiguración del sistema internacional y de los flujos de comercio e inversiones? La respuesta es prácticamente ninguno, limitándonos al rol pasivo de espectadores. Como región, hemos ido sistemáticamente perdiendo peso económico e incidencia política, lo que se ha acentuado con los graves problemas de gobernanza que nos aquejan.

La invasión de Ucrania está acelerando, visibilizando y profundizando ciertas tendencias, lo que tampoco parece estar siendo asimilado por América Latina.

Vamos viendo algunos de estos fenómenos en curso. Respecto de la emergencia ambiental, ¿qué estamos haciendo? Más allá de los compromisos individuales en el Acuerdo de París, ¿qué estamos proponiendo como región? Tenemos condiciones privilegiadas para incidir en la reducción de gases de efecto invernadero, como grandes extensiones forestales y una vasta capacidad, por las características geográficas y la relativamente baja densidad poblacional de nuestro subcontinente, de generar energía renovable. Además, contamos con minerales estratégicos, como el cobre y el litio, para la nueva matriz productiva y de transporte. Pero no estamos usando estos atributos, ni para incidir en la agenda, ni para aumentar el valor de nuestra participación económica global en un contexto más sostenible.

Al contrario, en consonancia con discursos antiglobalización en boga, queremos desintegrarnos de los circuitos mundiales para privilegiar la actividad local y el comercio subregional. Suena bonito, pero como dicen en el campo, es “cambiar carne por charqui”. Lo que debiéramos acometer es fortalecer la coordinación regional y el intercambio, pero apostando a integrarnos más en la economía global, en un círculo virtuoso que debiera profundizar el comercio de la región y con el mundo. En esa línea, el objetivo estratégico es doble, incorporarse sustantivamente a cadenas globales de valor en el área tecnológica y procurar que parte de esa capacidad productiva se instale en nuestra región. No podemos ignorar que, producto de la rivalidad chino-estadounidense, pero también por razones de costos y logística, hay un reordenamiento en curso de los flujos productivos y de comercio. ¿Cómo no vamos a ser capaces de captar parte de esa relocalización? Además de las condiciones ya reseñadas, contamos con un número de consumidores no despreciables para justificar una mayor producción regional.

El tema, para que ello ocurra, es que debemos ser atractivos como bloque, porque individualmente somos irrelevantes. En esa perspectiva y pensando en una integración global que estimule el comercio intrarregional, creo que la Alianza del Pacífico es el mejor esquema. Por tanto, aunque es alentador escuchar que el actual gobierno chileno va a privilegiar este mecanismo, la verdad es que la distancia mexicana del bloque con el presidente López Obrador, lo tiene debilitado y será necesario un reencantamiento, lo que podría venir de la mano del ingreso como miembro pleno de Ecuador.

Pero revitalizar la integración no es solamente urgente para no quedar en la periferia económica, también lo es para procurar incidir en la nueva arquitectura internacional. Por un lado, la rivalidad entre China y Estados Unidos está dejando cada vez menos espacio a las naciones para mantener una política exterior independiente, forzándolas a tomar posición por una u otra potencia. Esto, nuevamente, solo se puede mitigar o neutralizar, actuando concertadamente. Es cosa de mirar el ejemplo de la Unión Europea y el caso de Lituania que está en una severa crisis diplomática con China. De no haber estado en el bloque, este país no hubiera resistido las presiones chinas y el boicot que le impuso esta nación.

La necesidad de una actuación concertada va evidentemente más allá de blindar a las partes en un escenario mundial más polarizado entre dos grandes potencias. También debiera apuntar a rescatar el multilateralismo y el Derecho Internacional frente a la creciente lógica del poder como principal variable de las relaciones interestatales. De hecho, en Ucrania se juega un capítulo importante entre ambas posiciones y modelos. De salir Rusia victoriosa, será un significativo retroceso para un sistema de cooperación y diálogo entre los estados, con la solución pacífica de las controversias como pilar.

América Latina por ser una zona libre de conflictos internacionales desde hace tiempo y uno de los usuarios más asiduos de la Corte Internacional de Justicia, así como activo participante del sistema de Naciones Unidas, debiera como región condenar la invasión rusa y apoyar todos los mecanismos multilaterales, tanto para sancionar al agresor como para buscar la paz. En esto debiera buscar converger con la Unión Europea, único bloque que hoy podría brindar una alternativa real de contrapeso a China y EEUU, y que tiene interés en mantener un sistema estable y predecible, en el cual prime el Derecho Internacional.

Junto con buscar una convergencia con otras regiones que quieran preservar el multilateralismo, apuntando en especial a la UE, nuestros países debieran contribuir proactivamente a modificar y adaptar la institucionalidad de Naciones Unidas a un nuevo contexto, entendiendo que el modelo imperante es cada vez menos operativo y efectivo.

En definitiva, debemos revertir la invisibilización creciente de nuestra región que amenaza con consagrarnos en la periferia política y económica del mundo, con todos los perjuicios que ello significará, lo que se verá además agravado por una crisis climática inexorable.

No podemos seguir perdiendo el tiempo y debemos asumir que la solución de nuestros problemas pasa necesariamente por una acción concertada y de integrar más nuestra región al mundo. ¿Tendrá nuestro liderazgo la clarividencia para avanzar en esa dirección? ¿Quién tomará la iniciativa? Hay que atreverse y pensar en grande, porque los desafíos son inmensos.

Salgamos de nuestras trifulcas domésticas y concentrémonos en lo esencial que es evidente, pero quizá invisible a los ojos de quien mira siempre al suelo. Por eso como dije al principio: elevemos la mirada y actuemos en consecuencia, sin cálculos pequeños.

Evocando la convocatoria de Ernest Shackleton para una de sus expediciones antárticas: “se necesitan personas para un viaje peligroso. Salarios bajos, frío extremo, meses de completa oscuridad, peligro constante, retorno ileso dudoso. Honores y reconocimiento en caso de éxito”.

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