Opinión

Siempre, la cuestión es política

Ese país, tiene hoy un 50% de sus habitantes bajo el límite de la pobreza, tiene una inflación crónica, vive con un déficit fiscal permanente, crece y decrece al ritmo de un electrocardiograma.

Sergio Massa es ese intermediario, un político que no tiene pruritos en ser amigo-enemigo, el que en ángulo de la vida vive en una bisectriz, el que puede ser de izquierda con sentido de la derecha
Sergio Massa es ese intermediario, un político que no tiene pruritos en ser amigo-enemigo, el que en ángulo de la vida vive en una bisectriz, el que puede ser de izquierda con sentido de la derecha

La Argentina es un caso para que en Harvard se quemen los libros de economía y también de la política.

En el común de los observadores foráneos, la crisis argentina es producto de un descalabro económico, de la falta de aplicación de reglas económicas académicamente aceptadas; de la desprolijidad en el manejo de variables que hacen volar por los aires a la inflación; de la falta de solución de un déficit fiscal que profundiza la pobreza y que erosiona la competitividad, etcétera, etcétera, etcétera…

Imaginen ustedes por un momento, un país rico en recursos naturales claves como alimentos y minerales. Un país con ciencia probada y con niveles de educación superior satisfactorios. Un país con industrias de base, tal vez no tan avanzadas pero que pueden resolver una demanda de bienes. Un país con tecnología, que se explica con la aparición de empresas de punta (Mercado Libre, OLX, Globant, etc.). Un país con una base de recursos financieros en el exterior que supera a su deuda externa. 

Ese país, tiene hoy un 50% de sus habitantes bajo el límite de la pobreza, tiene una inflación crónica, vive con un déficit fiscal permanente, crece y decrece al ritmo de un electrocardiograma.

¿Suponen que ese problema tiene origen en la economía? 

Claro que no.

En los últimos meses el gobierno (¿kirschnerista?) del presidente Fernández vive en un delicado equilibrio, cercado por presiones de su propio partido, acosado por los actores clave de la economía, encerrado por una crisis social pseudo contenida y, muy especialmente, sofocado por una relación plagada de emociones destructivas con quien lo designó para el cargo: Cristina Fernández de Kirschner.

Lo que se pensó como un “matrimonio” posible, hoy es una hoguera de vanidades.

Es en ese espacio devorador de poder, dónde se origina un conflicto interminable que necesariamente exige de un intermediario, casi de un psicólogo integrador que solucione el problema de esa conducción política familiar. El tema es que ese psicólogo integrador es también un devorador insaciable de poder.

Sergio Massa es ese intermediario, un político que no tiene pruritos en ser amigo-enemigo, el que en ángulo de la vida vive en una bisectriz, el que puede ser de izquierda con sentido de la derecha. Algunos dirán que es pragmático (típico de un peronista), otros que es un simple oportunista.

Sergio Massa es el superministro encargado de resolver y destrabar un conflicto de intereses que no es económico sino político. Deberá sentarse a satisfacer a los empresarios del campo, a los demás empresarios, a los dirigentes sociales y comprometerse a que con habilidad negociadora baje las tensiones de aquellos indicadores económicos que generan caos. Sergio Massa será un equilibrista.

Esta situación, este caso de estudio que no se estudia, permite afirmar con evidencia que el origen del problema no es económico, sino absolutamente político.

Porque a través de la política se generan los acuerdos que llevan a la estabilidad social a partir de una “paz económica”. Porque es la política la que permite acordar las bases de la seguridad jurídica mínimamente necesaria para darle mejor reputación a un país. Y no hablo de justicia plena.

Si el político maneja el equilibrio entre el orden y el caos, se da cuenta de lo relevante que implica cuidar el potencial que genera riqueza; que sostiene un balance adecuado entre desigualdad y crecimiento; y que impulsa la democracia a partir de aceptar la queja social sin restricciones, tendrá la posibilidad de fortalecer la reputación país para hacerlo atractivo a la vista de los actores externos relevantes capaces de invertir de manera genuina.

Y esto debiese ser un marco de referencia, inclusive para Chile y otros países de la región dónde se supone que la economía y Excel resuelven todos los temas.

El cálculo siempre estará subordinado a la voluntad y a la intención de quien decide.

Por eso, es siempre cuestión de política.

 

Guillermo Bilancio

Consultor en Alta Dirección.+ info

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