Opinión

Un Chile fraccionado

La nueva idea es transformar a Chile en territorios (pequeños países) independientes, donde cada uno de ellos hará sus propias leyes, autoridades, reglas; en una palabra: su propia Constitución.

La Convención Constitucional avaló el derecho de los pueblos originarios a autonomía y autogobierno. AGENCIA UNO/ARCHIVOLa Convención Constitucional avaló el derecho de los pueblos originarios a autonomía y autogobierno. AGENCIA UNO/ARCHIVO
La Convención Constitucional avaló el derecho de los pueblos originarios a autonomía y autogobierno. AGENCIA UNO/ARCHIVO

La Convención aprobó incluir en el texto de la futura Constitución el derecho de los pueblos originarios a autonomía y autogobierno. El significado de esta condición es muy grave: en pocas palabras, fraccionará a un país que hoy es una República sólidamente constituida, con un solo Gobierno, Parlamento, Sistema jurídico, Banco Central y una de las mejores constituciones del mundo, en la realidad elaborada por los partidos de centroizquierda bajo la batuta de Ricardo Lagos. De la original Carta Magna de Pinochet prácticamente nada quedó en la que hoy nos rige y que está internacionalmente reconocida entre las más modernas y democráticas.

La nueva idea es transformar a Chile en territorios (pequeños países) independientes, donde cada uno de ellos hará sus propias leyes, autoridades, reglas; en una palabra: su propia Constitución. El país actual se desintegrará, se fraccionará en trozos independientes que, a pesar de algunas pálidas alusiones que dependerían de una autoridad central, harán dentro de sus fronteras lo que a sus jefes-caciques les venga en ganas.

Imaginemos qué pasaría. ¿Quién definirá cuáles son las fronteras de estas “naciones”? ¿Cómo se elegirán sus autoridades y qué poderes tendrán?¿Qué pasará con aquellas personas – seguramente la mayoría de sus habitantes - que no quieren someterse a estas autoridades y leyes locales? ¿Qué autoridad tendrá el Presidente Boric, la ministra de Interior Siches y los otros secretarios, como el de defensa, por ejemplo? ¿Dejarán entrar en sus territorios a Carabineros?

¿Los nuevos “países” tendrán fronteras? ¿Qué requisitos se establecerán en cada una de ellos para el libre movimiento de los que nos llamamos chilenas/os dentro de estos territorios? ¿Será como en Temucuicui? ¿Tendrán sus propias fuerzas de ley y armadas con armamentos de guerra y autoridad de defender su “país”? ¿Quiénes tendrán derecho a vivir en estos territorios? ¿Qué propiedades, negocios, actividades se les permitirán? ¿Qué se enseñará en las escuelas?

Según avanzará el tiempo, podrán expropiar, expulsar gente, instalar la pena de muerte, aplicar en el siglo XXI cualquier otra cosa. ¿Tendrán sus embajadores en distintos países? ¿Quién definirá sus presupuestos? ¿De qué vivirán? ¿Será el poder -ya no tan central- que los proveerá de fondos? ¿Exportarán sus productos a otros “países” incluyendo chilenos y cobrarán por ellos? ¡Hasta podrán emitir sus propias monedas!

Y sin la menor duda; al contrario: con 100% de seguridad varios de estos “países” se dedicarán al narcotráfico, al cultivo, producción y “exportación” de droga.

¿Cómo políticos socialistas de carrera, estudios y títulos universitarios pudieron aprobar semejante embrollo anárquico para una Carta Magna? Esto realmente es una locura. Hasta ayer, la Convención parecía un circo, una payasada; desde hoy mostró sus colmillos y su real intención de fraccionar, destrozar lo que hoy más del 80% de sus habitantes llaman y consideran su propia República de Chile y que una inexplicable, incomprensible minoría que se autodenomina representante de los pueblos indígenas, quiere destruir.

Si esta Constitución se aprueba, invito a las/los lectores a imaginarse un escenario dentro de pocos años comparado con lo que hoy es nuestro amado Chile.

Tomás Szasz
 

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