Opinión

Un regalo de cumpleaños

Y 74 años después estoy a puertas de un plebiscito “de salida” en mi país adoptivo, al que llegué al final de otra dictadura al dejar atrás otra en Argentina. Parece que mi sino son las dictaduras de todos los matices…

No me dejen morir en un régimen del que logré escapar hace tres cuarto de siglo. AGENCIA UNO/ARCHIVO
No me dejen morir en un régimen del que logré escapar hace tres cuarto de siglo. AGENCIA UNO/ARCHIVO

El 20 de julio cumplí 90 años (no lo digo para que me feliciten…) y en esta larga existencia me tocó vivir tantas cosas que no creo que más del 0,2% de la humanidad haya experimentado. Nací en Hungría en el seno de una familia de clase media judía en plena preparación del asalto de Hitler a Europa, Asia y África, la guerra más grande de la historia humana. Millones y millones murieron, perdieron sus hogares, tuvieron que migrar, pasaron hambre y penurias; el mundo cambió por el delirio de una sola persona, que convenció a su entorno a seguirlo y, después, obligó a sus seguidores mediante el terror a obedecerle e incluso inmolarse por su cruel y desquiciado sueño de grandeza arrastrando a millones que nada tenían que ver con ellos. Muchos de mi familia y amistades fueron asesinados por un diabólicamente organizado plan de extermino, otros quedaron marcados de por vida por los sufrimiento que gratuitamente se les infligieron. Personalmente, como joven, aparte del hambre, bombardeos, destrucción de mi hogar, sufrí el trabajo esclavo para los nazis y fui condenado a exterminio junto a mi familia, del cual solo un milagro nos salvó (a pesar que no creo en milagros, excepto ese).

Al terminar esa inédita conflagración, mi vida cambió: de una dictadura sangrienta pasó a otra, no menos cruel y opresiva: la de la URSS que “liberó” a mi país de las garras del fascismo extremo, para someterlo al comunismo extremo. En consecuencia, al igual que todos mis contemporáneos, no tuve una juventud pacífica, una que se llama “normal” sino más de dos décadas para aprender que una parte de los humanos se dedica a dominar, torturar, matar a la otra parte en pos de sus ideales, de ostentar el poder absoluto sin el menor sentimiento de culpa por destruir la vida de sus congéneres; ya sea por las ideologías que confiesan, ya sea por el poder, ya sea por ambos.

A los 24 años logré zafarme durante la sangrienta revolución de 1956 del paraíso comunista con las manos vacías pero la mente llena por fin de felicidad y la convicción que ese régimen terminará pronto y nunca volverán a dominar en el mundo ni el comunismo, ni el fascismo, que marcaron más de una cuarta, la peor parte, de mi vida.

Y 74 años después estoy a puertas de un plebiscito “de salida” en mi país adoptivo, al que llegué al final de otra dictadura al dejar atrás otra en Argentina. Parece que mi sino son las dictaduras de todos los matices…

Cuando me refiero a “salida”, quiero enfatizar que es un intento de “salir” de 30 años de libertad, democracia y desarrollo aunque lejos de la perfección y, reconozco, bastante injusto para muchos pero que creó una clase media poderosa y unas instituciones que dentro de todo mantuvieron al país en el camino de crecimiento, interrumpido solo por los bien organizados y funestos hechos del 19/10.

No me siento lo suficientemente preparado para describir mejor el texto constitucional por votar, de como lo hicieron mis amigos en estas columnas, y muchos otros en los medios, el Parlamento y la Red, gente con quien no siempre comparto mis ideales pero quienes tienen la sensatez de advertir al país. Tampoco calificaré - ya lo hice – las consecuencias de un “apruebo”. Solo quisiera en este día, para mí especial porque nunca creí poder alcanzarlo – menos aún en las increíblemente buenas condiciones que me encuentro -  que rechacen algo que casi con seguridad les privará de sus propiedades, libertades, su democracia aún tierna y sus ahorros. Que casi con seguridad los llevará a una dictadura o una revolución sangrienta. Pero nunca a la solución que anhelamos todos: paz, seguridad, progreso, orden.

Piénsenlo bien y háganme un regalo: no dejen que mis días terminen en algo de lo que me escapé hace 74 años; no dejen que nos domine la insensatez, la locura, la inevitable corrupción y el narco. Pueden evitarlo con un solo trazo de lápiz de 2 centímetros votando “rechazo”. Quizás me agradecerán el consejo cuando ya no esté es este mundo que me otorgó la experiencia de muchos de los males que hoy siguen vigentes y deseosos de extender sus tentáculos en nuestro Continente. No me dejen morir en un régimen del que logré escapar hace tres cuarto de siglo.

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