Opinión

Yo era el Rey…

¿Fue un líder? Si denominamos líder a quien controla y guía las emociones de quienes lo rodean, Menem lo fue.

El rey era Menem, nunca sus acompañantes. (Agencia Uno/Archivo)
El rey era Menem, nunca sus acompañantes. (Agencia Uno/Archivo)
Por:  Guillermo Bilancio

Indomable, a veces encantador, temerario, embaucador, psicópata, egocéntrico, mentiroso, aventurero, negociador.

Un jugador de toda la cancha. Hablaba con Dios y dormía con el Diablo. Sus seguidores eran incondicionales, y sus enemigos terminaban rindiéndose ante el carisma de un personaje que marcó los años 90, no solo en La Argentina, sino en Latinoamérica.

En los años 60, en su exilio de Puerta de Hierro en Madrid, el General Perón lo trató a Menem con indiferencia, tal vez pensando en su provincianismo intrascendente. Pero Menem tenía claro su deber de mostrar y ser leal al líder, diseñando un relato desde Perón aún cuando el mismo Perón ni siquiera lo tenía en su agenda.

Menem construyó su base de poder gobernando una pequeña provincia argentina (La Rioja), y haciendo su presentación en sociedad a través de un look basado en una frondosa melena y profusas patillas, mimetizándose con un clásico caudillo revolucionario del siglo XIX (Facundo Quiroga).

Desde allí partió su lucha en los años 70, siendo perseguido y encarcelado por la dictadura, hasta reaparecer con la democracia nuevamente gobernando su provincia como un señor feudal, algo corriente en provincias de menor relevancia en La Argentina, pero que terminan siendo un punto de partida para la proyección a nivel nacional. Y Menem no fue la excepción, considerando que su estatura política exigía un desafío mayor. Ser presidente.

Al margen de la estructura poderosa del peronismo de los años 80, Menem comenzó paso a paso una campaña pueblo por pueblo, de Usuhaia a la Quiaca, para vencer en la elección interna al aparato “oficial” peronista. Y Menem lo hizo, derrotando a un histórico político como Antonio Cafiero y quedando así, como candidato para las elecciones presidenciales de fines de los años 80.

Con un discurso casi evangelizador y sin contenido, Menem hizo una campaña basada en la confianza: “Siganme, no los voy a defraudar”, una frugal promesa con la que venció cómodamente al rival del partido radical, que en ese momento era gobierno y cuya estabilidad se iba diluyendo de manera sostenida.

Los vaivenes económicos y sociales del gobierno del Dr. Alfonsín, adelantaron la entrega del poder, y Menem, en julio de 1989, lo tomó. Y lo tomó todo.

Su imagen tan excéntrica como poco elegante, su discurso precario y su estética de caudillo peronista, hizo que el rechazo en los sectores conservadores y en los medios no se hiciera esperar. Pero para sorpresa de quienes presagiaban un giro a la justicia social y al peronismo revolucionario, Menem demostró que la plasticidad era su atributo determinante para liderar un modelo de país muy distinto a la esencia peronista.

“Si los enemigos son los conservadores y liberales, convoquemos a los conservadores y liberales”.

Después de un período inicial complejo, Menem dio una muestra de la flexibilidad y pragmatismo del peronismo, transformando aquella tan anunciada y temida revolución justicialista, en un gobierno neoliberal que generó el entusiasmo y la adhesión de quienes suponían vivir en un espacio de farándula, de ricos y famosos. Pizza con champagne.

Privatizaciones, negocios, vida superficial, lujos, una Ferrari a 200 km/h y otras tantas rupturas para con la ley, era todo lo que un Rey en la cima de la colina podía pretender. Las leyes están para poder cambiarlas.

Su vanidad lo transformó en un personaje tristemente risueño y popular. Desde jugar al fútbol y al basquetbol con las selecciones nacionales respectivas, hasta transformar la quinta presidencial en una lujosa y placentera residencia en la que todo lo imaginable podía suceder. Absolutamente todo.

Su equipo de gobierno era ecléctico. Desde monjes negros con los que compartía la mesa chica de los negocios, hasta ministros pertenecientes a lo que un peronista definiría como oligarquía. La biblia con el calefón. Un equipo entrenado para hacer negocios sostenido en un modelo liberal que, según el mismo Menem, hubiese adoptado el mismísimo Perón si las circunstancias lo ameritaban. Una herejía que se permitía en aquellos años.

La construcción de poder por sobre las ideologías, era su marco filosófico.

Desde la política exterior, su estilo extrovertido no tenía reparos en romper protocolos, bailando un tango con Hillary Clinton o tomando el té con la Reina Isabel, y hasta esperar a último momento para ubicarse en la foto con todos los presidentes para estar en primera fila y al lado de los más relevantes. Vivo, perspicaz y audaz, tuvo la osadía de hablar de relaciones carnales con los Estados Unidos, un verdadero sacrilegio para el pensamiento fundacional peronista.

Todo ese poder acumulado por encantamiento, le permitió también armar una red increíble de actos de corrupción que luego marcarían su ocaso.

El libro de Horacio Verbistzky, “Robo para la corona”, en el que uno de sus ministros estrella explica detalladamente la forma en que se produjo el enriquecimiento ilícito, es la muestra más fiel de su estilo político avasallador, despótico y sin contemplaciones.

Ese estilo sin reglas le permitía someter a sus rivales políticos con acciones impensadas, y también inventar una realidad en la que el bienestar estaba garantizado por la estabilidad de la moneda igualando imaginariamente un peso a un dólar lo que le valió sostener el reinado de una sociedad adormecida por poder comprar en cuotas una licuadora.

Un discurso y un accionar que fue más allá de los límites, en todos los ámbitos, cueste lo que cueste.

Y en ese escenario, el cueste lo que cueste también costó caro. Desde los atentados contra la embajada de Israel y contra la AMIA, hasta la oscura muerte de su hijo Carlos.

Su estilo frenético y voraz también lo imponía en su vida social y personal. Los relatos sobre fiestas interminables y sus relaciones con modelos famosas que visitaban la quinta presidencial eran parte de una farándula presidencial en la que Menem era protagonista exclusivo, imponiendo su imagen de seductor admirado y rodeado de mujeres que pretendían a ese hombre feo y pequeño de estatura, pero gigante por su estructura de poder. Aquellas mujeres que suponían tener la dedicación exclusiva de un seductor, nunca entendieron que el sólo tenían un harem. El rey era Menem, nunca sus acompañantes.

Retomando la historia y evolución de su vida política y sus gobiernos, resulta inevitable recordar que las consecuencias de la implementación del modelo neoliberal de moda en los 90 y la corrupción ya expuesta a niveles obscenos, llevaron al peronismo a perder las elecciones de 1998. Y no sólo eso, ya que los efectos devastadores de sus gobiernos, sumado a la ineficiencia del olvidable gobierno de De la Rúa, fueron el origen del caos y la crisis social de 2001. La Argentina en llamas y Menem transformado en un innombrable. El Rey parecía desnudo.

Pero cuando todo el espectro político lo suponía acabado después de la crisis política y social del período 2001-2002, su pasión y voracidad por el poder lo devuelve al ruedo, presentándose como candidato a la presidencia en 2003. Y el viejo caudillo provinciano gana la primera vuelta electoral, dejando en segundo lugar a Néstor Kirschner.

Sabiéndose derrotado en el ballotage, Menem no se presenta. “Me retiro, pero yo nunca perdí…”, declaraba dando muestras de su psicopatía exitosa.

Después de tiempos turbulentos y ya en el ocaso, el parlamento lo acogió como senador, y de allí su protección legal, asociándose con quién sea conveniente para sostener su posición frente a la justicia. Un fugitivo con voto.

No cabe dudas que la vida de Menem es una vida de película. De terror, de comedia o de drama, de acuerdo al prisma con la que se la mire.

¿Fue un líder? Si denominamos líder a quien controla y guía las emociones de quienes lo rodean, Menem lo fue.

Un animal político capaz de cambiar la historia del peronismo, haciendo entender el verdadero significado de lo que es alcanzar el poder para después utilizarlo en consecuencia.

Y en ese andar, será inevitable sostener que ha sido es uno de los máximos responsables de la tragedia argentina de los últimos 50 años.

Como decía la publicidad de su campaña para su segundo mandato: “Menem lo hizo…”

Ya es historia.

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