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Aniversario del triunfo de Piñera: Yes we could

Aunque es el Círculo Español, y aunque se celebra un año de la elección del Presidente chileno, Sebastián Piñera, el lugar tiene aires a una convención republicana estadounidense. Aspiraciones, más bien. Las banderas que dan a los asistentes al registrarse y los prendedores con la estrella-logo del cambio recuerdan, eso sí, que se está en la Alameda, y no en un centro de convenciones con John McCain.   

Por:  El Dínamo

Aunque es el Círculo Español, y aunque se celebra un año de la elección del Presidente chileno, Sebastián Piñera, el lugar tiene aires a una convención republicana estadounidense. Aspiraciones, más bien. Las banderas que dan a los asistentes al registrarse y los prendedores con la estrella-logo del cambio recuerdan, eso sí, que se está en la Alameda, y no en un centro de convenciones con John McCain.

Una diferencia evidente es la puntualidad. La invitación decía a las 19:30 y, a esa hora, el salón principal del Círculo Español está medianamente lleno. Pero de concejales y militantes que poco le importan a la prensa. Rostros, los menos. Mario Desbordes y Cecilia Pérez, secretario general y vicepresidenta de RN, respectivamente, llegaron puntuales. Quienes trabajan con Desbordes saben que es de los pocos que cree en los horarios de las invitaciones.

Antes de que una fotógrafa UDI eche a la prensa del salón -y le enfatice que sólo se puede estar en la entrada-, se alcanza a escuchar una canción de los Pet Shop Boys de fondo: You’re always on my mind. El resto de la noche, la mezcla es ecléctica: Bee Gees, Prince -de la época en que demonizaba las descargas por internet- y Justin Timberlake, con Señorita. También Black Eyed Peas con Sergio Mendes. Se echan de menos El Rey y Puerto Montt; esas canciones que a Piñera le gusta cantar en el karaoke con sus cercanos.

Otra diferencia con un evento republicano es la decoración. Los gringos se toman ese item en serio. El red, white and blue se ve hasta en el último detalle -como los posavasos-, y el compromiso llega hasta  a fabricar cervezas -o más bien etiquetas de cervezas- con el nombre del político. Además, en esas reuniones predomina el rojo, el color del partido. Acá se optó por la inclusión.

En el cielo del salón principal -porque, por altura, la palabra “techo” le queda corta-, hay globos de siete colores colgados a lo largo de todo el lugar, recordando más los colores del arcoiris ochentero de la Concertación que la estrella de la Alianza por el cambio.

A las 19:30 llegan los senadores Juan Antonio Coloma (presidente de la UDI) y los RN Lily Pérez y Francisco Chahuán, todos muy amigos. Minutos antes, vestida de azul marino, llegó la diputada Andrea Molina; siempre tan flaca y siempre tan blonda. Justo después, entró Fernando Flores, quien luego se sentaría en la mesa número uno de la comida -con Piñera- pero gozaría de pocas palabras con sus comensales.

La ministra Magdalenta Matte y su marido, Hernán Larraín -acostumbrado ahora a llevar esa chapa en vez de la de senador- entraron sin saludar a mucha gente, como fue la consigna de la mayoría de los asistentes. No así de Jovino Novoa. Con su imagen de estar siempre tranquilo y sonriente, entró deteniéndose a saludar a varias personas y “feliz de ver”a varias más.

Uno de los invitados más esperados por la prensa era el ministro de estreno Andrés Allamand. Comprometido con su nuevo cargo, no dejó de trabajar ningún minuto: después de que el presidente de su partido dio el primero de los discursos, salió del salón para hablar por teléfono, quizás con quién, sobre unos reiterados F16.

Como si se hubieran puesto de acuerdo los nuevos, la ministra Evelyn Matthei entró justo antes, con una chaqueta rosada con vuelos aleopardados y pedrería en las mangas que pocos entendieron. Pero quien sí conmovió a algunas fue el canciller Alfredo Moreno. Entró justo antes de los nuevos secretarios de Estado, y entre dos militantes de RN, que estaban recibiendo en la entrada del salón a todos el star system político, comentaron por qué creían que llegaba atrasado: “Dijo que estaba muerto de hambre, y que quería pasar a comer algo. Pero le dije que no comiera sopaipillas, porque iba a quedar pasado a aceite… quería comer wantán”. Ninguna de las dos supo si el ministro efectivamente hizo una parada previa antes del Círculo Español, pero fue uno de los primeros en irse después de la entrada de camarones.

Después entró la diputada UDI Marcela Sabat. Con los pantalones negros más apretados de todo el salón. La seguía la mujer del ahora senador Carlos Larraín, acompañada de Francisco de la Maza, quien le preguntó si “Carlos estaba entusiasmado (por su nueva senaturía)”. Ella arrugó la nariz, como si algo oliera mal y respondió: “soy la única que va a recibir a Carlos en pedacitos, agotado”. “La región le va a hacer bien -le responde el alcalde de Las Condes-, no te preocupes por él”.

La alfombra roja por la que entran todos no está a la altura de la celebración: parte a mitad de camino y tiene manchas y quemaduras de cigarro de días anteriores. Además, se enchueca cada vez que la inunda la prensa que se pelea por una cuña de los ministros Carolina Schmidt, Rodrigo Hinzpeter, Felipe Larraín y Juan Andrés Fontaine. De todas las autoridades, el encargado de Interior es el único patriota -y comprometido con el espíritu- que recibe su banderita en la entrada.

Entre medio, llega Magaly Acevedo. Ex vedette y actual concejala por Cerro Navia, vestida entera de negro y con unas chalabotas a la Cindy Lauper: similares a las pantys tipo red de pesca. La sigue una ministra vocera de gobierno un tanto nerviosa, y un Presidente y primera dama a quienes algunos transeúntes aplauden antes de entrar. Así como en el episodio del papel de los mineros y el “no lo muestres”, acá manda Cecilia: él iba a omitir a la prensa para mitigar la hora de atraso, pero -escuchando a los gráficos- ella lo tomó del brazo y le dijo que se girara “para la foto”.

Dos minutos después, un cansado Checho Hirane parte conduciendo el evento. Al nombrar a cada uno de los partidos presentes -RN, Humanismo Cristiano, Chile Primero y UDI-, el lugar recuerda esos concursos de Sábado Gigante, en los que el aplauso del público definía quién se llevaba los dólares. Los del “partido popular” son los más emocionados. Corren rápido varios sours y pocos canapés por las mesas, pero el servicio se detiene para los discusos de los presidentes de partidos.

Empieza el “flamante senador” -en palabras de Hirane- Carlos Larraín, quien, como siempre, habla de lo que quiere. De que en Londres hay 400 mil cámaras de seguridad que impiden “hasta que se le miren las pantorrillas a las chiquillas”, y de que no quiere eso en Chile. Justo cuando dice que “termina la prédica”, llega el ministro de Educación, Joaquín Lavín. Uno de los más aplaudidos en el video que muestra a “los próceres de la coalición” y a “quienes hicieron la pega en los momentos difíciles”, como twitteó al respecto la vicepresidenta de la UDI Isabel Plá.

Luego fue el turno de Fernando Flores y Juan Antonio Coloma, que fue el único que partió hablando sobre lo que convoca a los más de 600 asistentes: la celebración del triunfo de Sebastián Piñera -cuyo discurso, por supuesto, fue el más largo. Sus palabras retenían la entrada de camarones y el bife con tortilla de papas de los comensales, y prolongaba el calor que no se amainaba ventilándose con las servilletas.

El aire acondicionado sólo llegaba a las mesas redondas, donde estaban las autoridades de peso. El resto de los invitados, compartían en mesas tipo Té Club. Ximena Ossandón incluida, quien estaba sentada en la número 44: justo delante de la tarima de la prensa y apenas lejos de los baños. Aplaudió poco y comentó que “era cierto” lo que dijo Carlos Larraín: que faltaban varias personas que habían ayudado en la campaña y que no estaban presentes en la celebración.

Todos pensaron lo mismo. El comentario obligado de la noche, más que los pantalones de la Sabat y el pelo de la alcaldesa Virginia Reginato, fue la ausencia del UDI Pablo Longueira. Sentido, quizás, porque sigue esperando un ministerio. Pero fieles a su espíritu, sus correligionarios lo aplaudieron casi igual que a Joaquín Lavín en el video que antecedía a la comida, para hacer notar que su ausencia importa. Que su nombre todavía pega. Que él también podría celebrar un año de su triunfo electoral después de una campaña prolongada, si la UDI se la acepta, el 2014.

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