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Clemencia, la hija cuidadora de Luis Enrique: “No me haga pensar en su partida”

Él tiene 92; ella 67. Viven en una casa flamante en una loma con vista al mar en el pueblo de Pichilemu. Si miran para atrás, comparten un pasado de inquilinaje campesino que parece muy antiguo: ni el padre ni la hija fueron a la escuela, no saben leer ni escribir. Si miran adelante, saben que a él le queda poco. Si se centran en él hoy, son una pareja casi perfecta. 

Clemencia, la hija cuidadora de Luis Enrique: “No me haga pensar en su partida”

Clemencia Calderón (67) cuida a Luis Enrique (92), su padre, desde hace casi cuatro años.
Y lo tiene como rey. 

Con el pijama impecable, planchado y perfumado; el pelo y la barba, cortitos; la pieza tibia y la ropa de cama almidonada.

La casa huele a cloro, a cera, a aseo profundo, mientras el ronroneo del colchón anti escaras se escucha de fondo. A Luis, que se reconoce pretencioso, hay que hablarle fuerte y claro. La sordera obliga, pero no ha perdido un ápice de lucidez y le encanta recibir visitas, jugar a las adivinanzas y hacer recuerdos de cuando era un inquilino en un gran fundo en la zona de Cardonal de Panilonco, al norte de Pichilemu, en la provincia de Cardenal Caro. 

La trabajadora social María José Guevara y la técnico social Jessica Díaz, del Programa de Atención Domiciliaria para Adultos Mayores de Pichilemu del Hogar de Cristo (PADAM), nos habían contado que tenía documentada toda su vida en fotos antiguas pegadas en la pared del dormitorio donde hoy pasa los días. Con sus 92, es el más añoso de los participantes del PADAM de la zona y claramente regalón de ambas. 

Tal cual, al entrar a su habitación, en una de las cuatro murallas pintadas con látex brillante de vibrante color azul piscina, vemos a Luis de niño, con chupalla; en grupo, de adolescente, cuando “los patrones iban a zorrear, a conejear, a liebrear” y a él le tocaba organizar y apoyar las jornadas de caza en el fundo. En otra, aparece “ya hombre” junto “a las bestias”, como llama a los queridos caballos de los cuales estaba encargado. “Eran más de 50”, pero él menciona con especial cariño a “la yegua Linda y al Chercán. Eran mansitos, se podía andar en ellos por los sembradíos”. 

Clemencia, su hija y cuidadora, quien dejó a su marido, ahora que sus hijos son adultos y su papá la necesita, mira con ternura a su viejito, cuando él hace recuerdos. Es bajita, de pelo castaño pintado de canas y grandes ojos pardos. Muy bonita, mantiene la casa impecable, con sus paredes de colores intensos y brillantes: hay un dormitorio rosado y otro, celeste cielo. 

El living es amplio y tiene vista al mar de Pichilemu, porque la flamante casa está en una loma sobre el pueblo. Tiene claveles y liliums en los floreros y por el gran ventanal que da al Pacífico se aprecia el talento de Clemencia para la jardinería. Súper dotada de dedos verdes, ha hecho maravillas en el sitio de su padre, donde proliferan cactus y suculentas y florecen rosas, crisantemos y malvas altas, rectas y coloridas. Generosa, al final de la visita, nos regalará una bolsa llena de semillas de malvas. 

Sentadas en la mesa del comedor, donde nos impresionan un par de pinturas originales que distintas patronas le regalaron, va recuperando trozos de un pasado campesino, que parece muy antiguo pero que no tiene más edad que ella. 

Es una vida de campo que, en este sector costero, con una agricultura de rulo, se transformó con la Reforma Agraria. Luis Enrique recuerda los tiempos en que, a su juicio, Chile tuvo el mejor presidente de su historia, Eduardo Frei Montalva: “Antes de ese señor, nosotros trabajábamos de sol a sol; el sol mandaba la vida. Salíamos antes de que saliera y volvíamos cuando se había ido. Hoy la gente entra a las 8 de la mañana y sale a las cinco de la tarde. Tienen hora de colación y vacaciones. Antes, el patrón definía a qué hora se podía almorzar algo y si él necesitaba algo había que esperar no más; con Frei Montalva, eso cambió”.

Remedio para mi pena

Clemencia era una niña entonces. Era la melliza de Clemente, los hijos menores del total de cinco que tuvo Luis Enrique con Susana del Carmen Moraga. Él había sido uno más entre 15 hermanos, de los cuales tres murieron antes de llegar a adultos. “Con mi señora nos casamos sin tener ni siquiera una cama. Al final, una tía nos regaló una. Al principio, vivimos con mis padres, pero estábamos de acuerdo en tener una casa nuestra, no como ellos que siempre vivieron de allegados donde los abuelos”, dice Luis Enrique a quien cuesta entenderle, porque la placa dental le dificulta el habla. 

Pero para eso está Clemencia, su traductora y cuidadora. Ella cuenta: -Mi papá era inquilino del fundo, tal como lo había sido su abuelo. Él no fue nunca a la escuela, pero era seco para sacar cuentas. A los 12 años, ya estaba trabajando en el campo, sembraba papas, porotos. Además, cuidaba el ganado y los caballos. Igual que él, yo nunca fui a la escuela; entré a una por primera vez cuando me tocó ir a las reuniones de padres y apoderados de mis hijos. A mí me enseñó la patrona a leer y a escribir, como a la mayoría de los niños del fundo. Ella se llamaba Marta Arriagada y estaba casada con el señor Edmundo Jaramillo. 

Hoy Clemencia tiene una firma primorosa. Con una caligrafía primorosa, estampa su nombre en el recibo de la entrega de una caja de abarrotes y una bolsa de pañales del Hogar de Cristo. Agradece la ayuda, pero más que nada, la visita de la dupla social. Es evidente que entre Clemencia, María José, Jessica y Luis Enrique hay una relación amistosa de años. Ellas conocen bien a padre e hijo, y los apoyan lo más que pueden. 

Como Clemencia no sabe escribir más que unas cuantas palabras y no lee nada más que lo básico, ellas la ayudaron cuando postuló al FOSIS. “Me costó mucho salir adelante cuando me inscribí, pero finalmente logré obtener un horno para hacer pan y tener una actividad productiva. Los fines de semana preparo pan para una señora que tiene un negocio y me hace encargos, lo mismo en el verano. Me costó mucho lograrlo, porque no sé escribir y leer bien, pero una sobrina y el mismo señor del FOSIS me ayudaron a rellenar los formularios y esas cosas que yo no podía hacer”, dice, orgullosa –y con razón– de su logro.  

Cuenta Clemencia que en las casas patronales de Cardonal de Panilonco recibían a gente famosa: “Venían la Desideria, que era una actriz muy popular por entonces; el presidente Eduardo Frei Montalva y el que fue presidente después, don Patricio Aylwin. Eran dos fundos: Centinela y Panilonco, ambos propiedad del señor Julio Arriagada”. 

Clemencia jugaba en las largas vacaciones de verano de antaño con una niña invitada, que luego se convertiría en celebridad y sería pareja de uno de los hijos de los patrones: Beatriz Rosselot. “¿La conoce? Era una de las bailarinas del programa Música Libre. Después, fue mi patrona. Trabajé con ella en el fundo, cuando venía de vacaciones. Yo cuidaba a sus niños. Fue ella quien me regaló ese cuadro de rosas”, dice, aludiendo al colorido óleo que da la bienvenida a la casa de su padre. 

Cuesta relacionar un recuerdo setentero tan pop con los recuerdos agrarios, que suenan casi coloniales de Luis y su hija. En la Enciclopedia Colchagüina leemos: “El fundo Centinela tenía 3 mil 400 hectáreas y Panilolco, 2 mil 200. En el censo de 1970, las dos propiedades contaban con 31 viviendas con 213 habitantes, siete por vivienda, y sólo 935 eran arables”. Clemencia cuenta que vivió allí, con sus padres, hasta que se casó. “Era mayorcita ya. tenía 34. Tuve a mi hija, la menor de los tres, con 41 años, por eso me felicito sola de tener ya un primer nieto”.

No se felicita, en cambio, de haber dejado solos a sus padres. Sobre todo a su mamá. 

–Ella cayó en una depresión cuando me fui para casarme y luego sufrió un accidente cardiovascular, finalmente murió joven, a la edad que yo tengo ahora, más o menos. Entonces, cuando ella enfermó, mi papá se vino al pueblo, acá a Pichilemu. A esta casa. A mí me duele mucho no haber estado cerca para cuidarla. Entonces mis niños eran chicos, de 4, 6 años; no tenía un peso; no me atrevía a decir nada, era miedosa; y vivía lejos en la comuna de Litueche, en una parcela, con mi marido. 

Esa culpa y la ternura que le provoca la longevidad y la lucidez de Luis Enrique, la tienen amarrada a él y dice que si su papá la llama, porque tiene pena, quiere hacer recuerdos o llorar con ella como sucedió hoy, deja todo tirado. “Lo que sea que esté haciendo, me da lo mismo: almuerzo, aseo, pan, jardín, qué me importa. Pienso quizás este es un último rato de conversación de los dos; no puedo perdérmelo y me instalo a su lado”. 

-¿Has pensado en qué harás cuando él ya no esté?

Clemencia se quiebra. Llorosa, dice que no quiere pensar en eso. Que por ahora ella y él son uno solo. “Lo más lindo que me ha dado la vida son mis padres y mis hijos. Hoy soy una abuela y una hija feliz. Cuido a mi único nieto cuando puedo y entiendo y atiendo a mi padre todos los días, a toda hora. Para saber qué quiere, nos basta con una mirada o un gesto. Estaré con él hasta que me necesite. Se lo prometí a mi madre; se lo debo a ella”, responde y, tal como canta Violeta en La Jardinera, Clemencia cultiva la tierra y en ella, sin duda, espera encontrar remedio para su pena cuando llegue el momento.    
 

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