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Conocimos a San Lorenzo de Tarapacá: el patrono de los parias

Hace dos años que la segunda fiesta religiosa más importante del norte no puede realizarse a causa del COVID-19. El lugar, con una población permanente de 16 habitantes, es una suerte de pueblo fantasma, con antiguas casas cerradas con candado, donde un chileno le pone música y color a la devoción por el “lolo”, como le dicen al santo patrón. Su popularidad tiñe de rojo y dorado pueblos y ciudades de la región.

En San Lorenzo viven 16 personas; la mayoría, bolivianos, sólo cinco son chilenosEn San Lorenzo viven 16 personas; la mayoría, bolivianos, sólo cinco son chilenos
En San Lorenzo viven 16 personas; la mayoría, bolivianos, sólo cinco son chilenos
Por:  Ximena Torres Cautivo

San Lorenzo de Tarapacá merece visita. Y lo visitamos, cuando bajamos desde Colchane, en el límite con Bolivia. Su población permanente es de 16 personas; la mayoría, bolivianos, sólo cinco son chilenos. Uno de ellos es el que, pese a lo despoblado del lugar, tiene sonando a todo cuete una huaracha, luego un reggaetón y más tarde un trap, poderoso sistema de amplificación mediante. “Tírate un tema”, parece decir el viento en este plácido vergel, ubicado en una quebrada muy fértil de la comuna de Huara, región de Tarapacá, donde hoy no circula ni un alma, pero cuya historia oficial se remonta a 1536.

La música copa el espacio en un kilómetro a la redonda, en torno a la plaza principal que alberga a la Iglesia Parroquial de San Lorenzo, donde está la imagen del patrono de los tarapaqueños, un trozo de su cráneo –reliquia venerada que llegó desde España a fines de los años 90– y parte del edificio original, varias veces reconstruido a causa de los terremotos y temblores inclementes.
Cada 10 de agosto aquí se conmemora el martirio y muerte de San Lorenzo, con una fiesta religiosa que se inicia 9 días antes y es la segunda más famosa del Norte Grande, después de La Tirana.

Para los morbosos, digamos que san Lorenzo fue un diácono español que se dedicó a repartir ayuda entre los más necesitados de Roma durante el papado de Sixto, quien también fue martirizado y asesinado por los enemigos del cristianismo en 258 dC. A Lorenzo lo calcinaron a la parrilla. Cuenta la historia que él, sin manifestaciones visibles de dolor, exclamó: “Assum est, inqüit”, versa et manduca”, lo que significa: “Denme vuelta, que por este lado ya estoy hecho”.

Hombre duro, el diácono, y quizás por eso mismo ejemplo e inspiración para mineros y pirquineros de las salitreras, que hoy en Chile son sus devotos más ardientes (nunca mejor aplicado el adjetivo calificativo, dada la triste suerte del santo).

El dueño del almacén principal y del único comercio abierto es quien le pone música al pueblo durante los 355 días de tranquilidad en que no hay fiesta patronal. Es también el que los fines de semana arrastra la figura en tamaño real del santo hasta el balcón de su dormitorio para que los turistas se persignen, oren, se arrodillen y se encomienden a él. “Compré la estatua en 400 mil pesos; ahora debe estar en un millón”, dice calando el valor monetario de la imagen del santo, que lo mira beatífico. Cuenta que los visitantes –devotos genuinos o simplemente curiosos– le compran pan, golosinas y souvenirs con la imagen de San Lorenzo. Tiene de todos los precios. Un no llueve pero gotea que ni siquiera se acerca a los 100 mil peregrinos que llegaban para cada 10 de agosto en tiempos normales y que ojalá puedan hacerlo este agosto de 2022.

En 2020 y en 2021 no hubo fiesta religiosa a causa del COVID-19 y los riesgos sanitarios, por lo que el santificado pueblo quedó desangelado casi todo el año. Y el dueño del almacén, que prefiere no dar su nombre preciso, y su mujer de origen chino, la pasaron tranquilos y solitarios, capeando enfermedades diversas y preparando un litigio judicial para recuperar una serie de propiedades en la histórica calle Baquedano y otras aledañas de la ciudad de Iquique. Eso, porque el dueño de almacén asegura, mostrándonos documentos, que está vinculado sanguíneamente a grandes personajes políticos cuando estos parajes pertenecían al Perú.

En la etapa previa a la Guerra del Pacífico, Ramón Castilla y Marquesado, gran mariscal del Perú y presidente de ese país durante cuatro períodos, amén de gran impulsor de la industrialización del país y gestor del auge minero del guano y del salitre, era dueño de parte importante del centro histórico de Iquique. Y nuestro almacenero de las guarachas y del santo en el balcón es de apellido Marquesado.

Quiera San Lorenzo concederle un favor o restituirle sus derechos.

Los colores de la santidad

Rojo y dorado es una combinación con la que el visitante se topa a cada rato en Iquique, en alto Hospicio, en los pueblos del interior. En cualquier barrio, de repente, te salen a saludar banderines con esos colores, cruzados de lado a lado de la calle. Son los colores de san Lorenzo, el patrón del Norte al que los atacameños veneran desde hace siglos, aunque la devoción se aprecia mucho más en las poblaciones modestas, en los mercados, en las ferias, colgada en el espejo retrovisor de taxis y colectivos.
Esa combinación está más presente que la alicaída Zofri de Iquique y tanto como los migrantes venezolanos que copan las calles y las plazas de la ciudad.

Cuentan que fue el cardenal José María Caro, que en los años 20 del siglo pasado, cuando estuvo destinado en el norte y llegó a ser obispo de Iquique, quien le dio más impulso a la devoción por san Lorenzo. “José María Caro se hizo cargo del vicariato apostólico de Tarapacá, función que ocupó hasta 1926. Bajo su dirección, reorientó la acción a una pastoral popular obrera”, leemos en un documento donde se afirma que inspiró a las masas obreras de los puertos y las minas salitreras en tiempos en que se mezclaban las crisis en las salitreras y las masivas manifestaciones de religiosidad popular.

Criss Salazar, autor de la exhaustiva investigación “Memoria y Legendario de un Santo, un Pueblo y una Fiesta”, precisa en su libro que hoy “en Chile la devoción por san Lorenzo se concentra de preferencia entre los mineros y pirquineros, transportistas, choferes, camioneros y cargadores, seguidos de los agricultores. Por esta misma razón no son escasos los altares improvisados que algunos camioneros y también viajeros de mochila mantienen para el mártir, en varios sectores de las carreteras al norte del país”.

Sobre la visible “fiebre” rojo dorada a la que aludíamos en párrafos anteriores, el investigador señala: “Su característica bandera roja y amarilla también flamea en sitios donde han tenido lugar accidentes mineros o muertes violentas, marcando un triste recuerdo aferrado a una esperanza de protección patronal. Incluso en las animitas de las ciudades aparece su iconografía como reflejo de su fuerte acervo local, enraizado en la cultura popular de los nortinos. Esto se observa en la famosa capilla de Kenita en avenida Pedro Prado de Iquique y en el virtual templo en que se ha convertido la enorme animita-ermita de Hermógenes San Martín, junto al cementerio viejo de la ciudad”.

El autor y la gente común con la que conversamos insisten en que san Lorenzo es el patrono de los pobres, de los más vulnerables, de los parias. Criss Salazar enumera con precisión: “También han encontrado refugio en la mirada misericordiosa y gentil del santo los autodefinidos como piñiñentos y hippies (mochileros), los curados (alcohólicos), los maricones y colas (homosexuales, muchos 43 practicantes del travestismo) y algunos malandras (delincuentes menores, generalmente los no violentos). La fauna humana de la fiesta es increíblemente variada, como podrá suponerse por esto mismo”, concluye.

Ahora que la tarde se acuesta en la quebrada, nos despedimos de “el lolito” o “el lolo”, como llaman sus fieles a san Lorenzo, con el que hay que saber conversar de tú a tú, en un trato sin etiqueta. Antes de irnos, el dueño del almacén nos regala un sencillo denario con los colores del santo. Y esperamos que se nos conceda el don de volver cuando haya fiesta, el próximo 10 de agosto, si el COVID y las circunstancias lo permiten, para ver la máxima gloria de san Lorenzo de Tarapacá: los bailes en su honor. “Porque aquí la celebración es patronal, no religiosa. Aquí el que manda es él”.

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