Política

Isidro Solís: “Si me das la plurinacionalidad, te doy los animales sintientes"

Así ve el ex ministro de Justicia de Bachelet que se armó el texto constitucional que se vota el 4 de septiembre. ¿Resultado? “Un collage de concesiones entre tribus y no un proyecto nación”. Dice que él y otros juristas lo advirtieron, “esperando que las cosas decantaran, pero se pasaron todos los límites amenazando la subsistencia del Estado”. Votará Rechazo, pese a sus 52 años de militancia radical, partido que va por el Apruebo.

El otro gran reparo que tiene es al de una jurisdicción plena, cuando “no existe un derecho mapuche escrito. Para hacer cumplir la ley, se necesitan fuentes, escritos, que son la base de las leyes". AGENCIA UNO/ARCHIVO
El otro gran reparo que tiene es al de una jurisdicción plena, cuando “no existe un derecho mapuche escrito. Para hacer cumplir la ley, se necesitan fuentes, escritos, que son la base de las leyes". AGENCIA UNO/ARCHIVO

Lleva 52 de sus 68 años militando en el Partido Radical y 40 como abogado penalista. Y se siente como tuna. “Nunca he tenido crisis de la edad. Ni a los 40, ni a los 50, ni a los 60. Todavía tengo vitalidad, entusiasmo y me encanta lo que hago. Siempre quise ser abogado, siento que me pagan por entretenerme. Me pagan bien… y además me dan las gracias”.  

Isidro Solís (68) siempre supo que sería abogado. Hay registros familiares que indican que lo declaró así, cuando tenía apenas diez años. Y que, después, su padre, comerciante, dueño de una panadería, “y enemigo declarado de los abogados, me amenazó con no pagarme esa carrera si insistía con la idea. Cuando vio que partiría a la Universidad de Concepción y que hasta me había conseguido una beca, cedió y lo aceptó”. 

Isidro dice que su padre era un hombre de su tiempo, lo que quiere decir que tuvo varias familias. “Dos de sus hijos somos abogados. Yo y una media hermana, que llegó a ser ministra de la Corte de Apelaciones de Santiago, Gloria Solis”. También atribuye a esos “otros tiempos” su procedencia social: “Pertenezco a la tradicional clase media, media, chilena. Nací en Santiago, después viví durante 24 años en Ñuñoa. Envolví empanadas y pasteles en la panadería de mi padre, negocio donde años antes había llegado a trabajar una niña campesina de Portezuelo que se convirtió en mi madre”. 

A los 16 años, dejó de militar en el Frente de Estudiantes Revolucionarios donde había entrado cuando estaba en el Liceo José Victorino Lastarria. 

-Esa fue la primera organización política a la que ingresé. Después, durante la campaña de la Unidad Popular, yo pensaba que teníamos que sumarnos a Allende, el candidato del pueblo, pero los dirigentes dijeron que no. Que era el momento de agudizar las contradicciones, que si ganaba el candidato reformista, nos alejaríamos de las condiciones objetivas que legitimaban la revolución y que había que estar fuera. Yo encontré que la estrategia era una soberana estupidez. 

Y, orientado por su compañero en el Lastarria, Jorge Schaulsohn, a quien le hizo “su primera campaña política” y lo ayudó a convertirse en presidente del Centro de Alumnos, resolvió entrar a la Juventud del Partido Radical. “Actualmente, no nos vemos con Jorge. La vida te va alejando. Él dejó el Partido Radical hace mucho tiempo y fue fundador del PPD. Desde la década del 90, no tuvimos más trabajo en común, pero le tengo un gran afecto. Mucho aprecio”.  

–Suena tan poco juvenil lo del Partido Radical… Siempre lo he asociado a caballeros con chaleco de lana tejido a palillos por la señora. 

Se ríe y concede que entonces él pensaba lo mismo, pero fue seducido por “los principios de esa tienda: el librepensamiento, lo socialdemócrata, su espíritu nacional. El Partido Radical es estrictamente chileno. Eso me encanta, de manera que me fui metiendo en la horma y enamorando de los valores del viejo radicalismo”. 

–Ahora, sin embargo, tú estás radicalmente convencido de que hay que votar Rechazo, mientras la dirigencia de tu partido va por el Apruebo. ¿Cómo se entiende?

–Ahora el Partido debe ir a un Consejo General y lo más probable es que institucionalmente se decidan por el Apruebo, pero eso no impide que yo, que voy a rechazar el texto constitucional propuesto, me siga sintiendo radical y dentro del partido… eso mientras me toleren. 

Con 52 años de militancia, ya tiene una suerte de fuero, aunque lamenta el clima en que se desenvuelven hoy la política y los partidos. “Es para mí una desgracia. No hay debate. Todo se reduce a una cuestión de trinchera, a un criterio de barras bravas. Todo lo que hacen mis amigos está bien y todo lo que sostienen mis adversarios está mal. Así no se avanza. A mi edad, el llamado de la tribu no me convence y me siento cada vez más libre para seguir mis principios. La política es un esfuerzo colectivo al que uno se suma para servir al país, no es una guerra. Yo en el Partido, he ganado, he perdido y cuando he perdido, me han pateado en el suelo”. 

“No hay palmeras ni selvas para hacer la revolución”

En 1972, el joven Isidro entró a estudiar Derecho en la Universidad de Concepción. En 1973, las circunstancias políticas, lo trajeron de vuelta. Finalmente, egresó como abogado de la Universidad de Chile. 

–¿Hay algo comparable entre el clima de división previo al Golpe con lo que estamos viviendo hoy?

–En cierto sentido, se siente parecido, pero no es lo mismo. Quizás lo similar es que ambos son momentos de ruptura. Hay una frase de Gramsci que dice: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Esos instantes históricos abren etapas de transición en que los equilibrios no están construidos. Y esa situación líquida, incierta, genera muchos desajustes.  

Agrega el abogado otro elemento clave: un cambio generacional mundial que lo ha modificado todo. “La humanidad está evolucionando hacia cuestiones muy profundas. Hacia nuevos paradigmas, que hace 50 años nadie se planteaba. Nuestra generación no dudaba que la especie humana era superior respecto todas las demás y que el mundo estaba para ser aprovechado por el hombre. Las nuevas generaciones no creen eso y así hoy se multiplican movimientos ecologistas, indigenistas, feministas, animalistas, veganos… Nuevas formas de relación de todos con todo, que nosotros entonces no percibíamos. Hoy es muy complejo enfrentar estas discusiones. Se han generado nuevos corpos de valores. Los clivajes, como se dice ahora, son etarios. Se ha generado una articulación de pequeñas tribus súper autárquicas, que no buscan imponer su ethos, sino su moral. Eso hace que el momento sea especialmente confuso. Todo está muy revuelto”.

Antes era mucho más fácil, dice el abogado, porque el mundo se dividía entre explotados y explotadores. Hoy, la sutileza es total y se requiere “ser capaz de hacer lecturas muy finas de las culturas en que estamos inmersos”. 

–¿Allende y Boric tienen alguna semejanza? Da la impresión que el segundo busca parecerse al primero. 

–Ninguna –responde, lanzando una sonora carcajada. Y agrega: –No existe hoy un clima que pueda generar líderes como fue Allende, un líder para una confrontación final. Hoy las discusiones son más atenuadas; son ásperas, desordenadas, pero nadie a estas alturas se plantea ser mártir. No hago mofa de nadie, pero actualmente no hay palmeras ni selvas para hacer la revolución. 

–¿Por qué rechazas el texto constitucional?

–No es un problema de tono, es mucho más concreto mi rechazo. El pecado original del texto es no ser un proyecto de país, sino el producto de una suma de transacciones entre pequeñas tribus que trataron de meter sus énfasis como fuera. Si me das la plurinacionalidad, yo te doy los animales sintientes… En vez de generar un texto constitucional construyeron un collage de distintas causas, no un proyecto de nación. Nosotros partimos advirtiendo y criticando, esperando que las cosas decantaran, pero finalmente se pasaron todos los límites amenazando la subsistencia del Estado. 

El ministro de Justicia del primer Gobierno de Michelle Bachelet sostiene que la mayor fortaleza inicial de la Asamblea Constituyente era contar con la esperanza de una mayoría para un propósito común, pero luego vino la imposición de “una gran cantidad de temas que arrastraban dos vértices: aquellos a los que representaba cada tema y aquellos a los que ofendía. Cada uno generó su propia némesis”.  

Abogados proletizados

–¿Qué pasará el 5 de septiembre?

–Yo quiero que gane el Rechazo. Esa es mi apuesta. Pero gane quien gane, nadie podrá dar una pateadura al otro. El 5 de septiembre deberemos hacer en serio el trabajo de redactar una buena constitución, porque la mayoría no quiere la vigente ni tampoco la alternativa que le están ofreciendo. Habrá que construir una que dé satisfacción a la mayor parte de los ciudadanos. 

–Tu mayor objeción es al concepto de plurinacionalidad, ¿por qué?

–Me preocupa el tema de la justicia indígena porque revela de manera dramática cómo no se calcularon los efectos de ciertas cuestiones claves. Por todos, aunque, sin duda, hay manos moras que sabían exactamente lo que querían lograr con esta justicia indígena y eso la hace mucho más peligrosa. Lo primero es que la justicia indígena que nos plantean no es inocente, como suponen los que la asimilan a lo que tienen en Nueva Zelanda, en Canadá, países tan civilizados. 

El abogado, que entre 1993 y 1995 fue director de Seguridad Pública e Informaciones, sostiene que hoy el conflicto mapuche se sitúa “en comunidades absolutamente radicalizadas con un proyecto etnopolítico con tres visiones que no tienen nada que ver con lo que es el mundo indígena chileno: Sendero Luminoso, otros movimientos similares al foquismo latinoamericano de los años 60 y otro que nos conduce al Ejército de Liberación Nacional. Entre las víctimas de esta radicalización en la macrozona sur hay más personas mapuche que no mapuche. Son los tratados de una forma profundamente ofensiva –“yanaconas”, los llaman– simplemente porque no comparten las ideologías radicales. Detrás de esta jurisdicción obligatoria lo que se busca es imponerle al conjunto del pueblo mapuche estas ideas. Que les entreguemos a esos “yanaconas” amarrados de pies y de manos para doblegarlos, y eso me parece intolerable. 

El otro gran reparo que tiene es al de una jurisdicción plena, cuando “no existe un derecho mapuche escrito. Para hacer cumplir la ley, se necesitan fuentes, escritos, que son la base de las leyes. Cuando se te acusa de algo debes poder saber en qué consiste ese delito, cómo se tipifica. Nada de eso hay, pero los que defienden esta idea hablan de cuestiones jurídicamente etéreas: costumbres, tradiciones. Y a eso agrégale que será una autoridad sin formación en Derecho la que actuará como juez. Esta falta de garantías no se ve ninguna legislación del mundo. Es realmente una cuestión aberrante”. 

–¿Cuáles serían “las manos moras” que tú ves detrás de todo esto?

–Las del activismo mapuche, que lo único que proponen son objetivos políticos, partiendo por la liberación de los que llaman presos políticos mapuche. Esto significa que los presos políticos de Temucuicui deberán ser entregados a la juridicción del lonco de Temucuicui para que él juzgue. ¡Imagínate! Otro objetivo es eliminar conductas absolutamente delictuales desde el punto de vista chileno, que ellos han convertido en su manera de adquirir poder y recursos económicos, como es el robo de madera.  

–Los partidarios de esta justicia indígena dicen que lo que impide cosas como las que vaticinas es la existencia del Código 169, que precisa causas para el consentimiento de los pueblos indígenas. 

–Efectivamente, ellos dicen: “Noooo, si con esto no va a pasar nada. Si existe el Código 169”. ¿Sabes lo que va a pasar? Que cualquiera que se alegue mapuche puede entrar a un predio forestal y llevárselo para la casa. Eso es lo que se está pavimentando con este nuevo texto constitucional. El activismo mapuche tiene muchos años y está muy vivo en varias comunidades. Ellos tienen objetivos concretos y no declaraciones angélicas como las de los indigenistas de la Convención. Si en el texto se hubieran limitado a hablar de consulta indígena y no de consentimiento, estaríamos en otro plano, pero con lo del consentimiento se pasaron de la raya y eso no es inocente. 

–Otro tema polémico es quién define al que es indígena. ¿Cómo ves eso desde el punto de vista jurídico? 

–No hay estatuto jurídico para algo que no está definido. También nos hablan de los territorios tradicionales, que no los ha establecido nadie. Nadie sabe quién es indígena, porque se trata de una declaración autoafirmativa. Por eso, la Corte de Concepción consideró que el militante terrorista, traficante de drogas y ahora “preso político mapuche”, Emilio Berkoff Jerez, es indígena. Hoy es indígena el que quiere y al que le conviene porque al respecto existe una completa incerteza jurídica. 

Por sus conocimientos en materia de seguridad, cae de cajón preguntarle, más allá del texto redactado por la Convención, cómo ve el conflicto cada vez más extendido en la macro-zona sur. Responde:

–Debemos asumir que Chile tiene una deuda con los pueblos originarios que debe saldarse. Esa deuda debe pagarla el Estado, no los particulares. Y es necesario avanzar en soluciones prácticas y desideologizadas, hay que hacer esfuerzos vigorosos por resolver el conflicto. El reconocimiento cultural, incluyendo la enseñanza y el uso de la lengua en los procesos educativos, es clave, pero eso no pasa por destruir el Estado. Creo que la Ley Indígena está mal hecha. Que se han cometido muchos errores, sin duda. Pero también creo que el Estado debe garantizar el imperio del derecho en todo el territorio nacional con toda la fuerza de las instituciones. En Chile, no hay territorios liberados. Se debe gobernar con una mano que entrega, concede y repara, y con otra que imponga el Estado de Derecho con todos los instrumentos que le concede el ordenamiento jurídico. No creo en las democracias desarmadas, tampoco en las protegidas ni en las con apellidos. La auto tutela y la auto defensa son obligaciones de un Estado democrático. 

Aunque él no abomina de los abogados, como lo hacía su padre, no les recomendó a sus hijos que estudiaran Derecho. “Es una profesión que se ha proletizado de una manera terrible. Hoy juran 4 mil abogados por años. Creo que ya somos cien mil y esto sigue creciendo, generando un foco de enorme frustración en jóvenes con sincera vocación jurídica”, dice, satisfecho, de contar con una veterinaria que evolucionó hacia lo medioambiental, una psicóloga, un ingeniero y una estudiante de periodismo. Dos son hijos de su primer matrimonio y dos de su actual mujer, a la que sus hijas mayores le celebran el Día de la Madrastra al día siguiente del de la Madre.  

Abogado satisfecho en lo personal y en la plenitud de sus afanes profesionales, para despedirse, da un consejo de abogado: “Si alguna vez te ves envuelto en un conflicto penal, mantente lo más alejado posible de los medios. Sólo aparecer mencionado en una causa penal es una derrota”. 
 

Ximena Torres Cautivo

Periodista y escritora.+ info

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