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5 datos de caldos, guisos sopeados y cazuelas en Santiago

El afán de los rankings me está transformando en un obsesivo: todo lo miro y lo clasifico en algún puesto en mi vida. Así decidí que lo mejor de mi infancia fue ir al “Circo de los Bochincheros” (sicodelia pura), y que el grupo que más detesto es Maná (Arjona hizo méritos).“Es uno de mis mejores amigos” es una frase sin cabida en mi vida, pues hasta las amistades las rankeo, pero no me atrevo a decírselos, se imaginan: “Hola, te llamo porque eres mi tercer mejor amigo, pero los otros dos del ranking estaban ocupados”.

Por:  Sebastián Sichel

El afán de los rankings me está transformando en un obsesivo: todo lo miro y lo clasifico en algún puesto en mi vida. Así decidí que lo mejor de mi infancia fue ir al “Circo de los Bochincheros” (sicodelia pura), y que el grupo que más detesto es Maná (Arjona hizo méritos).

“Es uno de mis mejores amigos” es una frase sin cabida en mi vida, pues hasta las amistades las rankeo, pero no me atrevo a decírselos, se imaginan: “Hola, te llamo porque eres mi tercer mejor amigo, pero los otros dos del ranking estaban ocupados”.

También creo que la película “Alta Fidelidad” influyó en ordenar mis peores frases para terminar una relación, y quedó en el primer lugar: “terminemos porque eres patológicamente buena” (claro, quise salir del clásico: no eres tú soy yo, pero salió peor).

Haciendo rankings armé mi lista de dibujos animados favoritos y ordené mis historietas (1. Mampato: Ogú fue casi un padre para mí y me hizo adicto al charquicán; 2. Mafalda: Me encanta la idea de niña consciente; 3. Tío Rico: Sí, mamón, pero siempre quise nadar en una montaña de monedas, 4. Condorito: Garganta de Lata era un perro fiel y Yayita la polola que no tuve; y 5. Máximo Chambonez: Una locura de humor setentero que me hizo reír).

Entre estos desvaríos y el frío que ayer hubo en la ciudad, me acordé del odio que Mafalda siente por la sopa; lo que me sirvió para armar el ranking de comidas buena para caldear el estómago. Reconozco haber compartido esa animadversión infinita por los caldos en mi infancia.

Es cierto que mi madre no era una experta cocinera –te quiero mamá, pero lo tuyo siempre fue el arroz con pollo-, y sus sopas fueron lo suficientemente malas como para aumentar mis fobias. Pero, con el pasar del tiempo y los vicios de un sibarita, me di cuenta que una buena cazuela o un plato de porotos hacen que el otoño-invierno sea mucho mejor, sin contar con las virtudes curativas que tienen para un dolor de guata piscoleada de la noche anterior.

En Santiago se hacen muchos caldos y de los buenos. Está bien: no fui Zamorano con las cazuelas de su madre, pero los locales que les dejo a continuación, me permitieron sentir el mismo calor de hogar por algunas chauchas:
1) El caldo de gallo o criadillas del Bar Nacional (Huérfanos 1151): Sopa para valientes, abundante de grasa animal, con una docena de criadillas flotando sobre este caldo, acompañado de una marraqueta para sopear y pebre bien picante. Viene en paila de aluminio y como a 100 grados centígrados. Desvístase antes de probarlo y después de una dosis puede salir a caminar con short en pleno julio. Para los más débiles, pruebe un Caldo de Gallito: grasa y trozos de carne, hervor de caldo con hueso, un huevo y otra vez la marraqueta. Bueno, bonito y barato.

2) La cazuela del Divertimento (Pedro de Valdivia Norte al final): Es cierto que este local es más finoli, pero su cazuela dignifica la comida nacional y es capaz de sacarle el frío a un muerto. Lo sirven en una vasija de loza enorme, trae un tremendo pedazo de carne (tapapecho) y la sopa es espectacular. También tienen un gran caldillo de congrio y cazuela de ave, todo en volúmenes de verdad. Otro dato cazuelero es la Casa Vieja (Chile-España 249, Ñuñoa)

3) Los porotos con rienda del Palacio del Poroto con Rienda (Amengual esquina 5 de abril, Maipú): Le hacen honor a su nombre, aunque nunca he confiado en los locales que autodenominan como el “rey de” o “el palacio de”, pero acá, la picada es excelente.  Logran que la sopa de los porotos sea espesa y densa, tienen buen ají y los tallarines están en la dosis suficiente para ser comparsa y no protagonistas. Buenos también en La Unión Chica (Nueva York 8). Otro gran dato es pedirlos en El Hoyo (San Vicente 375 con Gorbea, Estación Central), o bien pedirse un gran plato de lentejas ahí mismo y tirarle un bistec encima. Los mejores de todos en La Vega.

4) El caldillo de congrio del Mesón Nerudiano (Doménica 35, Bellavista): Este es uno de los platos más notables de nuestra gastronomía. Y acá lo hacen al estilo Neruda, con una dosis de crema final, congrio colorado, el picor justo y la temperatura ideal. Pruebe una buena versión del mismo en Las Conchitas (Los Leones con Diego de Almagro) o en el recién inaugurado El Ancla (Santa Beatriz 191, Providencia).

5) La sopa de cebolla de Les Assassins (Merced 297, Lastarria): Soy un fanático de este local, que está desde los 70 en el barrio y ha visto a Lastarria transformarse en el sector con onda de Santiago. Tienen la mejor sopa de cebolla de la ciudad. Este es un plato que amo, simple de hacer (si tiene vino, cebolla y mantequilla, hágalo en su casa) y de verdad abrigador. Además es bipolar: no se sabe si es un plato popular o cuico. Es la gracia de no hacerse el snob ni el abajista, es rico y punto. Buenas versiones de ella tiene el Baco (Nueva de Lyon) y el Crepe and Wafles (Parque Arauco).

Finalmente, el ajiaco, el validiviano y las lentejas siempre las he comido mejor en casa. Si algún día los invito, les prometo que mi madre no cocinará.

Sebastián Iglesias Sichel, abogado, 33 años, padre de Pedro. Ex muchas cosas. Casi casi otras tantas. Vinculado a la política por vocación, a los asados para ver a los amigos y a la música para acompañar la vida. A veces medio obseso, otras tantas emprendedor. Mis obsesiones del momento: renovar la política y hacernos cargo de la modernidad. Tratando de que nos renovemos hasta nosotros mismos y que nos hagamos corresponsables de nuestro futuro.

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