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“De antología”, con Álvaro Bisama

El escritor y profesor de literatura acaba de ser galardonado con el Premio Municipal de Literatura por su novela "Estrellas muertas".

Por:  Alejandro Jofre

Publicada en 2010 por Alfaguara, “Estrellas muertas” es una novela sobre la resaca de una revolución frustrada. Un relato íntimo y conmovedor con amores que lindan en el desamparo, mientras hilan la crónica de un tiempo que nunca fue, en la pluma creativa e indomable de Álvaro Bisama, que no satisfecho con publicar sus ensayos “Zona cero”, “Postales urbanas” y “Cien libros chilenos”, se pasea prolífico por los principales diarios y revistas chilenos.

Junto con sus novelas “Caja negra” (2006) y “Música marciana” (2008), Bisama fue considerado uno de los narradores jóvenes más importantes de América Latina en el encuentro Bogotá 39 de 2007, y solo esta semana fue galardonado con el Premio Municipal de Literatura 2011 por su libro “Estrellas muertas”, una novela entre escombros: sobre el derrumbe de una pareja, de una ciudad y de una vida.

Como paisajes de una década extraviada, una fotografía trae al recuerdo un pasado largamente olvidado: hombres y mujeres a la deriva en un puerto gris; una revolución que nunca llegó; hoteles terminales, jarabe para la tos y hardcore punk. Entre todo aquello, “Estrellas muertas” planea el esfuerzo de algunos de sus protagonistas por mantenerse vivos aferrándose a ideales que ya no existen. A formas de vida que el presente ya enterró. La vida de una dispar pareja comunista en una provincia y un tiempo confuso: los primeros años de la transición chilena y lo que éstos significaron para una generación completa.

Bisama es nuestro invitado de la semana y esta es su selección “de antología”.

—No sé por qué, pero ahora me acordé de “Beautiful girls” (1996), de Ted Demme. Demme, que se murió luego de filmar “Blow” (2001), hizo en los 90 esta película, que era pequeña, preciosa e invernal. En cierto modo, era una pequeña nouvelle que en algo recordaba al Fitzgerald más terminal. En la cinta, Timothy Hutton hacía de un pianista que volvía a su pueblo solo para darse cuenta de que sus amigos y su familia, vivían congelados en los rituales de un pueblo de provincia. Por ahí, aparecía una Natalie Portman preadolescente que decía las cosas más sabias. Por ahí, alguien cantaba a Neil Diamond. Por ahí, Hutton vagaba sin encontrar más que el tedio y el aburrimiento, asustado ante la perspectiva de tener que actuar, por fin, como un adulto. Por ahí, el candor de la película de Demme era proporcional a su anacronismo: un relato invisible y perfecto sobre amores disléxicos y los extraños estragos del tiempo.

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