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“Mejor me quedo en casa”, por Santiago Maco

La memoria es frágil. La última vez que fuí a un concierto masivo prometí no hacerlo de nuevo. Otro juramento roto en mi prontuario, porque a último minuto me invitaron al de McCartney y acepté sin protestar. Así que aquí estoy. En galucha.

Por:  Macarena Lescornez

La memoria es frágil. La última vez
que fuí a un concierto masivo prometí no hacerlo de nuevo. Otro
juramento roto en mi prontuario, porque a último minuto me invitaron
al de McCartney y acepté sin protestar.
Así que aquí estoy. En
galucha.

Creo que eso que se mueve allá abajo
es Paul. O quizás es su doble. “McCartney está muerto, desde hace
años”,
me dijo al salir de la oficina Javiera, una creativa recién
llegada a la agencia. Desde aquí jamás podré saber si es el
verdadero o uno falso, porque no veo. Y el que se quiere morir soy
yo.

Nos colocamos en la última gradería,
llegamos tarde y el lugar está repleto. Mientras estábamos en la
fila, Pedro, el amigo que me invitó, se compró una bandana. Pasó
la tele y le gritó a la cámara y me grabaron mientras Pedro me
zamarreaba.

¡Gracias por la invitación,
amigo!”.
Nunca le pregunté qué clase de entradas tenía. Pero era
una emergencia, algo de último minuto y yo sin nada que hacer.
Además, hacía tiempo que no veía a Pedro. Todo bien. Soy joven,
aún en edad para ir a conciertos.

Let it be, letting
go, let me roll, trililí, tralalá. No me sé ninguna canción
completa. Y durante el coro de Hey Jude, Paul invita a cantar a los
hombres y luego a las mujeres, para que terminen todos juntos el
estribillo. De los maricones y las lesbianas, nada. Ni una mención.
Así que guardo silencio.

La voz de Paul se mezcla con la de la
señora que tengo al frente, que grita tanto que casi no escucho.
Debe ser la fan número uno, a punto de romper el asiento sobre el
cual está encaramada saltando.
La fan número uno y con las entradas
más baratas, como las nuestras. Maldito Pedro.

Quiero ir al baño, pero tengo miedo.
Antes que un wáter del Nacional, es mejor hacerse en los pantalones.

Estoy a punto de fingir un ataque de histeria para que me bajen en
camilla y me pongan un catéter. Pero en esta ubicación, seguro que
no me escucha nadie y me muero antes de que llegue un paramédico.

Me pregunto qué estará pasando en el
vip. Seguro hay estufas y copas de champán. Recuerdo cuando en
Milán, también a última hora, me invitaron al concierto de Robbie Williams. Pero en vez de tener a la vieja guatona al frente, estaba
Giorgio Armani con ganas de cruising. Las vueltas que da la vida.

En este caso, pagar un millón y medio
de pesos es demasiado para sentarme adelante. En lugar de ver al
padre, prefería estar en el desfile de Stella.
Aunque sea en la
galucha, da igual. Por esa plata, me compro uno de sus vestidos para
travestirme en casa.

Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.


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