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¿Y si digo todo lo que pienso?

Salgo de mi casa al alba para ir a Pilates. Al llegar está como siempre "el estacionador": un tipo que me señala el espacio que ya vi y que por eso me cobra y que, además, me saluda de beso y me pide quedarse con las llaves del auto por si hay que moverlo. Entro a la clase con el profesor gordo. "Hola Andreíta. Recueste su cuerpito, eleve los bracitos, respire despacito y levante las piernitas lentito al tiempo que baja las manitos".

Por:  Andrea Silva

Salgo de mi casa al alba para ir a Pilates. Al llegar está como siempre “el estacionador”: un tipo que me señala el espacio que ya vi y que por eso me cobra y que, además, me saluda de beso y me pide quedarse con las llaves del auto por si hay que moverlo.

Entro a la clase con el profesor gordo. “Hola Andreíta. Recueste su cuerpito, eleve los bracitos, respire despacito y levante las piernitas lentito al tiempo que baja las manitos”.

Comienzo a transpirar, mi corazón se acelera y sé que no es por levantar los bracitos y las piernitas, es una crisis de pánico. Me paro para no asfixiarme y morir. El profesor gordo me mira, las alumnas gordas me miran, voy a huir pero mi instinto de supervivencia me dice que es ahora o nunca, llegó la hora de decir lo que pienso.

“Profesor, su gordura es poco alentadora y su abuso de diminutivos me enferma. Señoras, esto no conduce a nada. Vendré a otro horario.

Salgo y me dirijo hacia el estacionador: “Devuélvame mis llaves y no se atreva a pedírmelas de nuevo. Pero, sobre todo, NO VUELVA A SALUDARME DE BESO: usted no es mi marido, ni mi familiar, ni mi amigo y tampoco quiero que lo sea”.

Me subo al auto y llama mi suegra. Dice que va ir a dejar una bolsa con ropa nueva a la casa, porque últimamente ha visto a los niños muy mal vestidos. “No estoy de acuerdo con usted, suegra. Además, su concepto de gusto deja mucho que desear si fue capaz de ponerle a su hijo Pedro Ramiro. Nadie que haya elegido ese nombre para un ser amado tiene derecho a elegir nada, mucho menos la ropa de mis niños.

Llego a la casa; la señora Gladis, por sexta vez en el mes, me pide permiso para ir al dentista porque de nuevo tiene una caries, que a la vuelta hace las camas y prepara el almuerzo. “Señora Gladis, se acabó el dentista en horario de trabajo y le pido que empiece a lavarse los dientes. No es sólo un tema de salud, también de convivencia, su mal aliento me tiene mal”.

Pedro, que va saliendo hacia el trabajo, me mira impactado. “Es lo que pienso, y no pongas la cara así porque se te hace doble pera, estás demasiado bueno para el choripan, se acabaron los asados con tus amigotes, son fomes, me caen mal y, dicho sea de paso, tu aliento tampoco está de lo más agradable. Contribuye con el riego de la plantita, por favor”.

Subo a sacarme el buzo y me visto de pantalón apretado redactando en la mente todo lo que voy a decirle a mi jefe, a mi sicóloga, a mi mamá, a mi papá, a mis amigas, a mi cuñada, a….

“Andreíta, tu cuerpito necesitaba descansar, por eso te dejé dormir, pero ahora tengo que hacer la clase de las nueve y me imagino tienes que irte a la peguita”.

Me despierta nerviosito el profesor gordo de pilates. Quiero hablar, pero ya no hay tiempo para decir lo que pienso.

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