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"14 de febrero a carne viva", por Juanita Vial

No me toca escribir para el 14 de febrero. Por suerte. Sólo tengo reparos con la fecha. Soy fóbica con las obligaciones. No creo que sea un invento judío, como dicen muchos, para ganar más plata. Me parece que la raza es bastante más ingeniosa que eso. Y además, es un comentario bastante nazi. Miren que van a andar necesitando rellenar corazones de fibra de vidrio para hacerse ricos. Qué falta de delicadeza.  

Por:  Juanita Vial

No me toca escribir para el 14 de febrero. Por suerte. Sólo tengo reparos con la fecha. Soy fóbica con las obligaciones. No creo que sea un invento judío, como dicen muchos, para ganar más plata. Me parece que la raza es bastante más ingeniosa que eso. Y además, es un comentario bastante nazi. Miren que van a andar necesitando rellenar corazones de fibra de vidrio para hacerse ricos. Qué falta de delicadeza.

En fin, me parece, nuevamente, una fecha impuesta, un día más de mierda para muchos, un día más para agradecer para los “contentoseñorcontento” , un día más en que el sol sale y se pone, prácticamente, a la misma hora.

Yo no sé si nunca me sentí tan enamorada como para ir a una tienda a comprar un panda que dijera “te amo”, o para invitar a alguien a comer al Hyatt en ese día. Creo que mi problema puede haber sido que la mesada no me daba para comprar la fauna completa con declaraciones de amor, porque me gustaban demasiados. ¿Cómo se le puede pedir a una niña que no le gusten al menos 10 hombrecillos en un verano que dura dos meses de calentura por tantos años? Y cuando crecí, no sé si era falta de romanticismo, pero eso de tener que comprar algo ese día me hacía, me hace ser, sólo por un día, la compradora compulsiva más medida del mercado.

Y me sigo enamorando como a los 14: de a pedacitos, de muchos, pero cuando me enamoro como la gente que come en el Hyatt, lo hago desde el respeto hasta la admiración, jamás del pelo a los pies, las peores partes del cuerpo humano a mi gusto. O sea, ese día soy una eterna agradecida de que el corazón me lata fuerte e intento no agotarlo ni bajar la intensidad pensando en qué pasará al día siguiente. Porque ahí, como todo en la vida, las exigencias empiezan a hacer inevitablemente que se gasten energías en otras cosas. ¿Habré hecho un descubrimiento metafísico?

Y como no quiero parecer la reina del romanticismo, ni la decepcionada del amor -porque seré amargada, pero lo anterior sí que no lo soy-, dejaré de hablar del punto.

Quiero hablar de adicciones. No entiendo la mala connotación de la palabra. Para mí, es algo muy estrechamente relacionado con la felicidad que le da cada uno a la vida. Sí, conllevan autodestrucción en muchos casos, pero por qué tenemos la idea de que somos nosotros los encargados de preservar la especie de los que queremos.

Por muchos años he luchado porque mi papá deje de fumarse las tres cajetillas que se fuma diarias. Hace una semana, más o menos, pensé por primera vez en que si se las quiere fumar porque un ínfimo placer le producen, bien dada está cada bocanada. Hace mucho tiempo también me dio con internar amigos porque, en el fondo, creo que la gente tiene que actuar a mi manera, buscar la felicidad en el punto exacto donde yo la busco. Cosa no solamente absurda, sino que repugnantemente soberbia.

¿Por qué no vienen con la camisa de fuerza a buscarme cada vez que estoy en cuatro patas pasándole Vim Clorogel hasta a mis gatos? ¿Por qué nadie ha llamado a la ambulancia cuando entro a un hotel a rastrear si encuentro algún pelo?

A veces siento que el dolor de ver a la gente que uno quiere hablar pelotudeces con alcohol o lo que sea dándoles vuelta por las venas es muy egoísta. Ellos están felices en ese minuto, porque se sienten Superman. Y esa sensación está bien. Lo que es impresentable es decirse amigo de alguien a quien dejamos en ese estado con las llaves del auto en la mano. Quererlo de verdad es dejarlo en su camita después de que se creyó Brad Pitt o la Kate Moss una noche. Esa es la manera de compartir los buenos ratos, de querer sin restricciones. De dar lo mejor a los que queremos.

Y, para los que piensen decirme que se nota que no lo he vivido, les aclaro que lo he vivido en carne propia probablemente muchas más veces que ustedes, lo que no me hace sentir orgullosa, pero sí me hace libre de darle una segunda vuelta, de convertir el dolor de años en una posibilidad de amar como un 14 de febrero sin peluches. A carne viva.

SOBRE LA AUTORA: Juanita Vial es productora de moda para editoriales y publicidad. “Mi nombre es el que se lee, no es diminutivo. Jamás me haría la guagua. Escribo para mí y me cargaría que otros lo leyeran, por eso no pienso cuando lo hago. Lo más íntimo que puedo contar es que soy una feliz madre, de Esperanza y cuatro gatos, la mayor no está físicamente pero habita el único cielo posible: el de los animales”.

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