Pop

"Ciencia no-ficción" o el año que se va, por Francisco Ortega

A la memoria de Luigi Araneda, El Asombroso

. 

Por:  El Dínamo

A la memoria de Luigi Araneda, El Asombroso

.

Uno de enero del 2010 y el Leonov, una nave rusa con tripulación multinacional se acerca a la órbita de Júpiter. Después de diez años, el computador Hal 9000 se ha reactivado y manda señales desde el abandonado Discovery I, vehículo de bandera norteamericana, enviado a explorar el espacio Joviano; de los astronautas no se sabe nada, del gran monolito menos. Todo es incertidumbre, un viaje que tal vez no tenga retorno,  ¿pero tienen verdadero retorno los viajes?

Explotan fuegos artificiales sobre la Torre Entel, el cielo sobre Santiago se torna de un color azul pálido como un televisor sintonizado en un canal muerto, puro William Gibson, puro futurismo, puras luces de mentira que a lo lejos, desde una terraza de Providencia, son iguales a los disparos antiaéreos sobre Bagdad en la primera guerra televisada del siglo pasado; ¿se acuerdan?

La del Golfo Pérsico, la de los Scud y los F-117; la de los Patriot y los helicópteros Apache, esos con dieciséis misiles Hellfires colgando bajo las alas, parecidos a las langostas descritas por San Juan en el Apocalipsis y a las naves de Avatar, la película estrenada a fines del 2009 y que se suponía iba a cambiar la historia del cine, pero que finalmente no cambió nada, salvo reventar las taquillas mundiales y demostrar que somos una generación infantil que usa cuentos para niños como vía de escape al día a día, a las llamadas de bancos a fin de mes, a la mala televisión, a las formas vertiginosas del futuro, a separaciones y divorcios. Toy Story 3, Inception, Mad Men, puros hermanos Grimm disfrazados con trajes de animación digital o de diseñador europeo, bonito.

>

Empezaba el 2010, el año del tigre, el del bicentenario, el periodo donde nos vengaríamos de todo lo malo de la década que terminaba, una gran patada en los testículos al siglo XXI, ese que prometía bases en la luna, gente delgada, tecnología síquica, autos voladores y que el plutonio se iba a comprar en las farmacias, como decía el profesor Brown de Volver al Futuro. Perdón voltereta al futuro, o vuelta de carnero al futuro. Puro y saludable, no future.

Y ahí estaba el 2010, con sus fuegos de artificio y sus promesas de porvenir, el año del tigre para el tigre de Latinoamérica, un charquicán de 365 días con harta papa y zapallo. La Concertación se acababa de pegar en defensa propia y farrearse veinte años de historia por culpa de riñas internas peores que las del Imperio Galáctico. Finalmente Star Wars siempre tuvo razón, los Palpatines los crea uno, los cazas TIE y las alianzas rebeldes también.

Piñera presidente, un jefe como jefe, qué querían, somos una sociedad acostumbrada a respetar al “señor Zañartu”, incluso a quererlo. Así nos criaron y la culpa es del Pájaro Loco. Cada vez que nos presentaba a Walter Lantz nos convencía con aquello de la moral gerencial, si él tenía uno, no podía ser tan malo. ¿Cuánto le pagaría Lantz a Loquillo, le tendría una buena previsión y mejor plan de salud? Bienvenidos a la era del gobierno gerencial, el que hace todo a la velocidad del último sistema operativo de Microsoft, con la humanidad de un sistema binario, un ábaco y un powerpoint feo. Y funciona bien, claro que lo hace, pero las plantillas Excel también.  Hay que acostumbrase, va a durar cuatro años. Y como van las cosas: ocho. Firmado. Y el 2010 estaba recién comenzando. Tigre si, pero con dientes de sable; prehistórico y muy mala onda.

27 de febrero y tres epicentros al mismo tiempo, un cataclismo que reveló la fragilidad en que estábamos parados. ¿Proyecto HAARP o naturaleza desatada, crean lo que quieran, eso no es lo importante? No se vinieron abajo las grandes torres, pero si las pequeñas y con ellas el orgullo. Y todos fuimos hermanos y nos quisimos y nos dimos la mano y nos ayudamos. El terremoto fue nuestra invasión privada, el enemigo común contra el cual había que levantarse. Y reír después de la victoria, porque vaya que nos reímos del Zafrada, el niño símbolo, el sureño desconocido, el pequeño héroe que con su “hablamiento” nos hizo olvidar las nulas alertas de tsunamis, los errores administrativos y los dimes y diretes entre gobierno saliente y entrante. Y claro, en Concepción se robaban plasmas y LCDs mientras Amaro les gritaba que no eran objetos de primera necesidad, ¿cómo que no? Si ya venía el Mundial.

Vuelta por el universo, “hoy que estás espléndida y que todo lo iluminas”. Ruido blanco y a Cerati se le apaga la tele, quedó en la línea suspensiva, en los puntos infinitos; por jugar a ser niño cuando ya se es viejo, puras zonas de promesas y discos eternos que finalmente no lo eran tanto.

“Goles suenan a la distancia”,  llegó el Mundial y por un mes todos fuimos rojos, hasta los militares y la extrema derecha. ¿A propósito, con el pavor rojo que tenía Pinochet, me extraña que no hubiese presionado para cambiar el color de la camiseta? Bueno tampoco hubo muchas camisetas y muchos Mundiales en la edad oscura. De Junio a Julio todo Chile cantó con orgullo baladas de Alberto Plaza; cuecas y tonadas, de las buenas y las malas. Confiamos en que íbamos a ganar, soñamos, creamos nuestra Matrix perfecta; lloramos y nos emocionamos como cabros chicos. Nos habíamos levantado del terremoto y ahora el deporte rey era nuestro. Éramos guerreros y aunque no llegamos a finales supimos dar la pelea, como no se había dado en  años, con la frente en alto, creyéndonos el cuento, igual que la Guerra del Pacífico en versión de escuela pública.

Y faltaban los 33, nuestra propia versión de un éxito de Hollywood, en la mejor de las tradiciones de Irving Allen, con final feliz y abrazos y chistes al compás de los créditos finales. Nixon tuvo sus astronautas, Piñera los suyos, unos al espacio exterior, otros al interior. Todo país merece su alunizaje, nosotros tuvimos el nuestro. Épica de living comedor, qué Señor de los Anillos y caballeros Jedi, ¿cómo nadie en Meiggs  sacó action figures de los 33 para esta Navidad? 

Yo los quería a todos, a escala y con trajes de plástico, para poner al lado de Luke Skywalker, Superman y Batman. Y que al apretarles la guata dijeran “estamos bien los 33”, el grito de independencia del bicentenario, el mismo que el presi se encargo de pasear y mostrar por todos los países y mundos de la federación galáctica. Estaban bien los 33 y el país entero, de la boca para afuera, con el cobre a precio histórico y el dólar bajo, el resto… el resto para los quejumbrosos de siempre, no más ni menos. Preparen los fuegos artificiales, el año nuevo ya viene, en la restas nada es tan terrible, el Rafa Araneda se fue con el Festival de Viña a Chilevisión y Quenita Larrain sigue apareciendo todos los días en
TV: historia y geografía de Chile.

No fue un buen año, tampoco el peor de todos. “Reguleque” en la moral de la Xime Ossandón, que gran metáfora para el estado de las cosas, que gran postal para cerrar el 2010. “Reguleque”, si uno mira por la ventana aún no aparece el famoso asteroide que nos debería mandar de vuelta a la edad de piedra, ni un villano de James Bond se ha robado un B-52 con diez bombas termonucleares, podríamos estar peor, claro que podríamos.

2010, año del tigre según los Chinos, con hartos arañazos y golpes, al menos ahora viene el conejo que es un tierno y un reproductor, algo bueno agarraremos. Perdimos y nos desordenaron el planeta, era parte del trato, no la íbamos a sacar tan fácil al cumplir doscientos años. Hoy habrá luces de colores nuevamente en la Torre Entel, fuegos que desde el espacio se verán como una batalla, como una guerra, que en el fondo no es más que una gran y desproporcionada fiesta, la mejor y mayor de todas, donde no hay que ser VIP para entrar…

Todo mientras allá lejos la Leonov inicia su regreso a la Tierra y Júpiter comienza su transformación en un nuevo y pequeño sol. Antes del amanecer las computadoras nos avisarán que todos esos mundos son nuestros, menos Europa (la luna de Júpiter, no el continente) y Hal 9000 se hará uno con el monolito al son de Strauss y “Así habló Zaratustra”; el 2011 nacerá en la forma de una guagua galáctica paliducha y de ojos saltones, “reguleque” al fin y al cabo.

Imagino que a estas alturas ya lo tienen claro, la película es y fue 2010, el año en que hicimos contacto. Curioso, finalmente el contacto real no fue con el espacio, sino con nosotros mismos, con lo mejor y lo peor. Pero bueno, nunca dijimos que esto fuera ciencia ficción, sino revisen el título.

Feliz año a todos, especialmente a Luigi “El Asombroso” Araneda, un amigo que hace tres días cerró el 2010 con la peor/mejor de sus bromas. También le gustaba mirar las estrellas e inventar historias raras; pensar películas, series y reflexionar largo y tendido acerca del mayor misterio de todos: ellas. Grande Luigi, ya estás en tu propia nave, te recomiendo la segunda estrella a la derecha, velocidad de impulso. Y descansa, donde quiera que estés. Feliz 2011, aunque a estas alturas tu ya estás en el 3011.

Más Noticias

Más Noticias