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"Cosas de hombres", por Santiago Maco

-Cuando chico jugaba fútbol con los tacones de mi mamá. Estaba en pañales y con un babero, encaramado sobre un par de zapatos de charol y con una pelota. Calzaba 1 y los zapatos eran 37. Gritaba gol y, al chutear, el tacón salía disparado y me sacaba la cresta. ¿Qué quiere decir?-¿Cuándo lo soñaste?-No es un sueño, es real. 

Por:  El Dínamo

Cuando chico jugaba fútbol con los tacones de mi mamá. Estaba en pañales y con un babero, encaramado sobre un par de zapatos de charol y con una pelota. Calzaba 1 y los zapatos eran 37. Gritaba gol y, al chutear, el tacón salía disparado y me sacaba la cresta. ¿Qué quiere decir?
-¿Cuándo lo soñaste?
No es un sueño, es real.

Mi sicóloga pone cara de nada. “En algún lugar tengo una foto polaroid desteñida en la que aparezco así. Mi mamá dice que gritaba gol, gol, gooool”. La escena es real. Que todavía existe esa foto, es mentira. Recuerdo perfecto que cuando tenía 12 años la rompí. En ese limbo hormonal y psíquico que es la pre adolescencia, mi pasado de travestismo futbolero me avergonzaba. Hoy me río. Como si un niño de 12 años pudiera tener un pasado que ocultar. Bueno, un niño gay sí lo tiene. O así lo siente.

“Parece que hubo una gran influencia femenina en tu vida”, me dice. Yo diría que me crié en un aquelarre: una mamá, siete primas, una abuela, una tía y un sinfín de tías-abuelas. Todas guapas, poderosas, bailarinas, científicas y muy adelantadas para su época. Si no hubiera sido un niño precoz con barba a los 10, podría haber protagonizado la novela de Louisa May Alcott.

Entre todas ellas, figurábamos mi hermano menor, Andrés, y yo. “¿Cómo crees que eso te afectó?”, me pregunta. Estoy pagando $ 45.000 la hora y quiero respuestas. “No sé, ¿tú crees que por eso soy gay? La verdad es que conozco a maricones que se criaron en una familia de militares y salieron maricones igual”. Otra mentira, sólo sé de casos de mujeres lesbianas criadas entre militares.

Puede que tanto estrógeno en el aire me haya marcado un poco. Desde chico desarrollé una fijación por las mujeres. Creo que en pre kínder pololeé con todas mis compañeras de curso. Era el único niño que nos les pegaba, así que ellas se enamoraban de mí.

En lugar de jugar con He-Man, mi favorita era Sorceress, la mujer pájara que cuando le apretabas las piernas, ella movía las alas. Era una muñeca emancipada. Claro que tuve que comprarme la colección completa de los monos de Grayskull para poder tener a la diosa con cabeza de águila.

Nunca tuve una Barbie, porque hubiera sido demasiado fuerte para mi mamá regalarme una. Pero mi prima, que tenía millones, era mi cómplice y jugábamos a escondidas. Para camuflar a estas rubias, siempre llevaba un Playmobil en la mano. En caso de que entrara un adulto a la pieza, yo tiraba la Barbie lejos y ellos me veían jugando con cosas de niño hetero. Uf. La adrenalina de aquellos años.

“Uno de mis favoritos era My Little Pony, Marcela”, le cuento. Sigue con cara de nada. Yo aquí con el corazón abierto y ella, imperturbable. Quizás cuántos maricas han pasado por este sillón contando las mismas tonteras. Y uno siempre se siente tan especial.

La quiero sorprender: “Una vez, como no llevé traje de baño, mi tía me puso la parte de debajo de un bikini de la Daniela, otra prima. Yo estaba seguro de que era de mujer, pero ellas me decían que no, que se le había quedado olvidado a mi primo Sebastián”, le confieso. Algo raro en las tiritas con mostacillas que colgaban de mis caderas me decía que eso no era cosa de hombres. “¿Y cómo te lo tomaste?”, dice. “Si hubiera sabido que era un bikini, me lo pongo con tacones”. Nací gay.

SOBRE EL AUTOR: Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.  

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