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"El cariño del público", por Santiago Maco

Me contaron que un amigo iba por la calle y un niño lo apuntó con el dedo y le dijo a su mamá: “Mira, mira, es un Golden”. Tal cual. Después de verlo durante tres meses en Año Cero, varios días de la semana, los niños en la casa aprendieron que un “Golden” es sinónimo de un gay rubio. Natural, eso sí. De nacimiento y abiertamente homosexual.

Por:  Macarena Lescornez

Me contaron que un amigo iba por la calle y un niño lo apuntó con el dedo y le dijo a su mamá: “Mira, mira, es un Golden”. Tal cual. Después de verlo durante tres meses en Año Cero, varios días de la semana, los niños en la casa aprendieron que un “Golden” es sinónimo de un gay rubio. Natural, eso sí. De nacimiento y abiertamente homosexual.

La combinación parece ser efectiva. Claudio Doenitz es el nuevo gay rubio de la televisión, así como lo fueron antes Ítalo, Jordi o Luis. Cada uno en su propia tonalidad -desde el ceniza al albino-, y en su propia esfera: unos en la farándula, Luis Larraín en la política y Claudio en un reality (ahora protagonista de la farándula).

Chile aprende de tolerancia teniendo como punto de partida un casting. No son las leyes, los diarios, los profesores, los padres o los textos escolares los que legitiman la homosexualidad. En cambio, un tiro de cámara y discursos personales en la pantalla cumplen esa tarea.

Los desvelos y esfuerzos de Rolando Jiménez en el Movilh surten menos efecto que cinco minutos de un duelo televisado. Lo mismo Cristián Cuevas, desde el sindicalismo, aunque ésa no sea su lucha. Dudo que un niño le diga a su madre en la calle: “Mira, es un Cuevas”.

Sin embargo, la tele y su realidad simulada imponen agenda. A Luis Larraín le chantaron un falso novio para la campaña presidencial de Piñera. Pero eso es lo de menos. Por muy montaje que haya sido la tomada de mano que se vio en la franja, Luis dijo en cadena nacional que era gay. Y sigue haciéndolo en las revistas de papel couché, con un mensaje que va dirigido a la elite. Sin Luis, la derecha continuaría aparentando que no hay maricones de derecha.

Claudio, en cambio, a pesar de su origen burgués, estuvo tres meses hablándole a las masas. Les habló, cantó y bailó, hasta que terminó llorando, como si se hubiera tratado de un juego frente al espejo del baño de su casa.

Se expuso voluntariamente y por dinero a mostrarse tal cual es, previo filtro del director de Año Cero y con Lady Gaga de música de fondo. Le pegaron cachetadas y le dijeron en su cara que era maricón, a modo de insulto.

Pero el mariconeo de Claudio fue en grande y en el sentido gay y noble de la palabra. Hoy, que está libre del encierro, la gente en la calle lo saluda. Claudio está sintiendo el tan menospreciado “cariño del público”. Y de paso, educando a Chile.

Lo único malo es que ahora mi marido quiere entrar a un reality.

Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.

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