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"Encuentros cercanos del tercer tipo", por Santiago Maco

 No voy a trabajar hoy. Me tomo el Jueves Santo. Es una costumbre que adopté durante mi larga educación en un colegio católico, donde celebrábamos con feriados hasta las vueltas de carnero de la Virgen María.

Por:  Francisco Valenzuela Huerta

No voy a trabajar hoy. Me tomo el Jueves Santo. Es una costumbre que adopté durante mi larga educación en un colegio católico, donde celebrábamos con feriados hasta las vueltas de carnero de la Virgen María.

Así que, además de dormir, tengo el privilegio de ver un matinal, el programa de cotilleo, el noticiario de mediodía y las telenovelas latinas de la tarde. En medio de la sobredosis, para mi sorpresa, me encuentro en la pantalla con la última mujer que estuve a punto de besar. “Tu prima está en la tele”, llamo emocionado a mi amigo Gonzalo, quien es su pariente y la razón por la que conocí a la ahora actriz.

“Sí, es la chica mala de una telenovela colombiana”, me explica. Mi última aventura heterosexual –que en realidad no fue nada, porque sólo llegamos a bailar, bien borrachos- termina convertida en una niña rica, anoréxica, que maltrata a su guardaespaldas y a sus sirvientes. Su personaje, claro. Por lo que puedo entender, es la antagonista, la perra de la historia. Me encanta.

Cuando la conocí, yo ya era un gay, asumido hace rato y apenas divorciado de Luigi, el italiano (alias Luisa). Tenía 25 años y recién había vuelto a Chile, tan maricón como puede uno volver después de vivir dos años en Milán. Ana, la susodicha, venía en el auto, también recién llegada del aeropuerto, con el pelo corto, crespo y oscuro. Estaba acá para visitar a su familia chilena.

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La vi y no pude dejar de mirarla. “Ha cambiado mucho: está rubia y lisa, pero sigue igual de guapa”, le digo. “¿Por qué no te la agarraste?”.

Porque éramos genitalmente incompatibles. “Era una cosa muy básica, sabes, de vaginas y penes.Hubiera sido poco natural”, le respondo. Además, ¿qué le hubiera dicho? ¿Cómo se conquista a una mujer? “Weona, te queda increíble el pelo así, en melenita. Imagínate, Gonzalo”. “Creo que se lo dijiste, amigo”. Es probable. Y que era moderna y súper flaca también se lo dije.

Llega un punto para un gay en que las mujeres son muñecas. La carne es como de plástico y uno las imagina en pelota, pero porque mentalmente les estás cambiando la ropa. De caliente, nada.

“En tu matrimonio estuve a punto de darle un beso, ¿te acuerdas?”. Gonzalo dice que era una cosa de ego. De saber que todavía podía gustarle a una mujer. Pero me dio miedo. A una cierta edad, un beso termina en sexo. En el mundo heterosexual quizás no siempre. Pero en el mundo gay mirar a alguien es llevárselo a la cama. ¿Y qué se le dice en ese caso a una mujer? “¿Qué bonitos tus calzones?”. Pastelero a tus pasteles.

Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.

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