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"Invasión de GCU", por Santiago Maco

Decidimos dar una vuelta por el barrio con mis suegros. Un domingo de febrero es un panorama desolador en Las Condes, sobre todo durante la mañana. Los únicos que peregrinan las calles son los beatos que salen de misa: la familia joven que adoctrina a los niños desde que son guaguas y un grupo de ancianas rumbo a la calvicie.  

Por:  Santiago Maco

Decidimos dar una vuelta por el barrio con mis suegros. Un domingo de febrero es un panorama desolador en Las Condes, sobre todo durante la mañana. Los únicos que peregrinan las calles son los beatos que salen de misa: la familia joven que adoctrina a los niños desde que son guaguas y un grupo de ancianas rumbo a la calvicie.

Y delante de ellos, nosotros, la familia homosexual con los suegros traídos desde España. Manolo y yo vamos a la cabeza, cada uno con su sombrerito panameño, los microshorts veraniegos, té verde de limón en su mano y de durazno en la mía. Un día te das cuenta de que ha pasado el tiempo y tu vida ya se convirtió en un gay parade

Nos instalamos para desayunar en una cafetería que siempre está llena de estas familias post comunión. De hecho, nos topamos con nuestros vecinos, una versión local de los Von Trapp. “Siéntense con nosotros”. Mierda. Mi suegra, que es muy sociable y buena para hablar, acepta sin protesta.

“¡Qué chicos más majos!”, le dice inmediatamente a Florencia, mi vecina, una mujer que no supera los 30 y ya lleva una prole de críos a cuesta. “Son dos hombrecitos y una mujercita”, le explica apuntando al collar con tres niños de oro colgados al cuello. “Tienen cuatro, dos y uno. Además, viene otro en camino”. 

Por un instante me distraigo en su incipiente guata, luego en el denario en su mano. Pero la pieza de joyería maternal me deja helado. Hace una semana vi en el diario una foto de la Van Rysselberghe con seis niños de oro colgados del cuello. Es como si fueran trofeos de cacería. Algo muy vudú, no sé. ¿Qué pasaría si se le engancha la cadenita en la puerta del auto y le vuela la cabeza a una de las figuritas? ¿O si se la robaran y terminan reduciendo a los pequeños en el persa Bío-Bío? Muy mal karma. “Qué lindo collar”, le digo. Mejor ser cínico que maleducado.      

“Vivís en una zona muy guapa”, comenta mi suegro. “Sí, Las Condes es un barrio tranquilo, muy de GCU”, dice Florencia. Creo que no escuchaba esa sigla desde los años 90. Uno esperaría que en 2011 la gente cuidara más sus palabras. “¿Qué es eso de GCU?”, le pregunta mi suegro con toda razón.  

“Gays Como Uno”, digo antes de que Florencia abra la boca y suelte una pachotada arribista. “¿No te has dado cuenta de que el barrio se está convirtiendo en una zona rosa?”, les explico, mientras mi vecina le tapa los oídos a la niña en el coche.      

Las Condes se está llenando de maricones y de compra/ventas de autos. Debe ser algo proporcional al aumento del PIB. Sólo que aquí no se venden autos usados, sino que pre-owned cars, y los maricones votan UDI. Estamos en una era de colonización del sector oriente de la ciudad. Cada vez es más común encontrar a gays en los chats que ponen orgullosos en su nick “Las Condes con lugar”, como una manera de reconocerse entre ellos y de tentar al amante de turno con una cierta calidad de infraestructura en el hogar

“Vivir en Las Condes es el sueño de la clase media santiaguina”, dice Manolo. La cara de Florencia delata que no le gustó mucho la categoría social en la que la ubicó mi marido. “Yo nací y me crié en este barrio”, responde ella. Bien por ti. Eres una-old school, middle-class bitch.    

SOBRE EL AUTOR: Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.

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