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"Mar para Bolivia", por Santiago Maco

Hace más de 10 años que no ponía un pie en La Serena. La última vez tenía 18, y yo y este lugar éramos otros. Manolo tuvo que trabajar en el norte y decidí pedir unos días libres y acompañarlo a una de las playas donde pasé varios veranos con mis amigos. “Vamos un rato a El Muelle”, le digo a mi marido. “Es el chiringuito donde se juntaban los abacanados y las minas ricas”. Porque hubo una época en que yo me juraba abacanado y trataba de agarrarme minas ricas.

Por:  El Dínamo

Hace más de 10 años que no ponía un pie en La Serena. La última vez tenía 18, y yo y este lugar éramos otros. Manolo tuvo que trabajar en el norte y decidí pedir unos días libres y acompañarlo a una de las playas donde pasé varios veranos con mis amigos. “Vamos un rato a El Muelle”, le digo a mi marido. “Es el chiringuito donde se juntaban los abacanados y las minas ricas”. Porque hubo una época en que yo me juraba abacanado y trataba de agarrarme minas ricas. Era un joven gay, pero de la boca para afuera era hetero. Un horror.

Bueno, el lugar sigue lleno de mujeres, pero no tan guapas como las de antes. Quizás las veo con otros ojos, pienso. La verdad es que entonces me iba pésimo en las conquistas. Siempre terminaba siendo el amigo, el confidente a quien lloraban sus amores de verano. En el fondo, ellas sabían que por muy borrachas que estuvieran, yo nunca hubiera intentado agarrarles las pechugas. Hasta hoy le tengo un poco de miedo a las tetas. Son raras. Se mueven mucho, pero carecen de autonomía. Están vivas y muertas al mismo tiempo. Como un zombi. Además, un gay, asumido o no, se relaciona de manera distinta con las mujeres. Siempre subyace la figura de la madre, el vínculo amoroso y contemplativo de su imagen.

Mejor olvidar la anatomía femenina. El día está increíble y Manolo y yo queremos sol, así que arrendamos dos reposeras en el corazón cutre de la playa. Microshort, toalla, bloqueador 50 para la cara y 30 para el cuerpo, un libro y, ante nosotros, el panorama de una jungla intercultural del fin del mundo. Este lugar está lleno de seres confusos. Algunos de antaño y otros nuevos.

No se puede ir a El Muelle sin disfrutar del team veraniego. El team es algo que se vive en el corazón de Chile, son nuestros mineros del verano. Se apoderan de las noticias en la tele, de los matinales, de todo. He visto notas que parten con imágenes de mujeres insoladas y semi desnudas, pero que en realidad se tratan de lo caros que están los estacionamientos.

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La cosa es que el fervor del team llega hasta Santiago y, después de una década sin ver uno en directo, siento casi como si echara de menos a estas lolitas. Gracias a ellas entiendo mejor a mi país, aunque ya tampoco son lo mismo de antes. Hay más silicona, colágeno y raíces negras. “Parece que este verano se lleva el look de stripper”, me dice Manolo.

Pero hay un team que se gana el premio: el del OS7 de Carabineros. Sí, existen las pacas mijitas ricas. No van en bikini, pero llevan puesta una versión californiana del uniforme, con pantalones cortos y una polera. Aunque siempre el aro de perla grande y el tomate en el pelo. Lo fuerte es que la gente va al puesto más funado de la playa. Porque el paco chileno es pillo y, además del team y la música a todo volumen de El General, el foco de atracción es una bandeja con muestras de todas las drogas bajo una cubierta de vidrio. Y ahí se forma una fila para mirar y la señora incauta se acerca con cara de hueona y pregunta: “Y eso, ¿cómo se toma?”, apuntando a un ácido del tamaño de una servilleta, capaz de drogar a un delfín.

Lo que sigue igual son los turistas argentinos. Honestamente, los más guapos de la playa. Si esto fuera la Tierra Media, los trasandinos serían elfos del bosque y nosotros, los chilenos, hobbits de la comarca. Es una cosa de siluetas, de cuellos y piernas largas. “Vosotros sois como osos de
peluche”, me dice Manolo. Bracicortos, panzones y con los hombros mucho más angostos que las caderas. Es verdad. Yo creo que los argentinos se mantienen flacos porque son adictos al mate

Pero ahora también hay bolivianos en la playa. Sólo que trabajando y no tomando sol como el resto. Una mujer vestida con falda larga se pasea entre los argentinos ofreciendo un sinfín de bolsos artesanales que lleva colgados de los hombros. “¡Mirá, mamá, hay un morral que se mueve!”, le grita la niña porteña a su madre. “Es su hijo, mi amor, un bebito que lleva en la espalda”. “¿Y cuánto cuesta, mamá?”. Estamos mal. Mar para Bolivia. Ellos también necesitan un team.

SOBRE EL AUTOR: Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán. 

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