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"Miradas de segunda clase", por Santiago Maco

No logras pasar piola. Apenas nos separan dos escritorios y, cada vez que miro, tus ojos se escapan de los míos y pones cara de “aquí no ha pasado nada”. Pero me doy cuenta. Sé que me echas un vistazo cada cierto rato y, después de hacerlo, te quedas contemplando la foto de tu guagua recién nacida que tienes de protector de pantalla en el computador. Estás perdiendo el pelo en tu cabeza y al mismo tiempo la cordura. El mundo está lleno de maricas como tú: amarrados al closet con cadenas, deambulando en Narnia de por vida.

Por:  El Dínamo

No logras pasar piola. Apenas nos separan dos escritorios y, cada vez que miro, tus ojos se escapan de los míos y pones cara de “aquí no ha pasado nada”. Pero me doy cuenta. Sé que me echas un vistazo cada cierto rato y, después de hacerlo, te quedas contemplando la foto de tu guagua recién nacida que tienes de protector de pantalla en el computador. Estás perdiendo el pelo en tu cabeza y al mismo tiempo la cordura. El mundo está lleno de maricas como tú: amarrados al closet con cadenas, deambulando en Narnia de por vida.

Lo peor es que te casaste con una pobre pava lesa que no sabe la clase de gay mirón que tiene al frente. ¿Nunca lo dudaste? ¿No tuviste miedo de volverla loca, de vivir una mentira hasta al final? Parece que no. Te basta con escaparte al baño de vez en cuando a mirar pirulines, mientras tu familia se pudre dentro del armario. Parece que tuvieras incontinencia urinaria.

Me han dicho que eres fanático del sauna. Que te quedas horas conversando en el gimnasio envuelto en tu toalla. Un día te van a sacar en camilla, por fleto y deshidratado. Y con eso te conformas, con mirar y mirar, como en un museo a las momias. Un ojo a las 10 y el otro a las 4. Linda, te estás quedando bizca.

Siempre digo que no hay que juzgar, que cada uno vive su vida como quiera, que uno es dueño de su verdad hasta el punto que le dé la gana. En tu caso me desdigo. Me gustaría sacarte del closet con una patada. Pero no lo haré nunca. Porque es preferible que te la pegue bien puesta tu mujer/coartada el día en que se entere. ¿Qué vas a hacer entonces?

No se trata de andar con pancartas por el mundo, aunque, en el fondo, debería tratarse de eso. De militar por lo que uno es. Te miro y pienso en los futbolistas, en los periodistas deportivos, en los bomberos, en los militares, en los micreros y en todos esos ámbitos que parecen quedar fuera del homosexualismo. La norma estereotipada dice que en el mundo de los peluqueros da igual -lo mismo que para los bailarines, artistas, actores, diseñadores o enfermeros- ser maricón. Puede que un gay sea más aceptado en esos círculos, lo que no significa que no haya en otros lados. En el fondo, el terreno por donde se va no importa. Uno debería sentirse libre en cualquier parte. Pero no, todavía no conozco a un goleador o tenista asumido. Y la culpa es tuya y mía por no andar con la verdad por delante todo el tiempo.

Pienso esto y me apiado. Quizás eres víctima de tu entorno. Puede que tu padre no te hablara nunca más si le decías la verdad, que te quitaran la herencia, te dejaran en la calle con los travestis, prostitutas y monstruos que viven ahí. ¿Te pegaban en el colegio? ¿Aprendiste a jugar fútbol a la fuerza? ¿Había un compañero de curso que te gustaba? ¿Pasaste tu infancia escuchando al mundo entero decir que lo peor en la vida es ser maricón?

Bueno, ahora tienes miedo de que te apunten con el dedo. Pues ya lo hacen. Te apuntaron mientras estabas parado frente al altar esperando a tu mujer. La gente no es tonta y se da cuenta. Todo el mundo habla a tus espaldas. Pero tú estás casado. Crees tener un escudo de fuerza. La vagina de tu mujer te protege y envuelve en un campo de virilidad hermético. Pero en tu escritorio te desarmas a miradas, quizás ves algo de porno gay de vez en cuando. ¿Qué harás cuando te descubra tu esposa? ¿Cómo se lo vas a decir a tus hijos?

Hay gente que se vuelve demente de tanto aparentar  lo que no son. Puede que seas como Jean-Claude Romand, capaz de prender fuego a sus hijos con tal de mantener la mugre bajo la alfombra. Que no es mugre, sino que eres tú. Desenmascararte sería un servicio público, un acto de civismo casi humanitario. ¿Estoy en peligro? Tú sabes que yo sé.

SOBRE EL AUTOR: Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.  

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