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Análisis de series: La Jauría, policial sin complicaciones ni feminismo

La serie funciona, pero como un artefacto de género y de entretención.

Análisis de series: La Jauría, policial sin complicaciones ni feminismo
Análisis de series: La Jauría, policial sin complicaciones ni feminismo
Por:  Cristina Alzate

La detective Elisa Murillo (Daniela Vega) viaja sola en la mitad de la noche en su jeep, sin refuerzos y menos autorización de alguien, se involucra en una persecución en auto, termina a tiros con todos los pasajeros de la camioneta que seguía, y al poco rato procede a interrogar a uno de ellos con sanguinaria indiferencia. Se trata de una de las escenas de la primera temporada de La Jauría, la nueva serie chilena que acaba de estrenar Amazon Prime Video, y un momento que delata inmediatamente el ADN y la tradición a la que se debe el programa: el policial de género. Un nicho del cual la televisión (estadounidense sobre todo) ha estado sacando jugosos dividendos por décadas y que ahora presenta un respetable representante con la serie de la productora local Fábula.

La historia al principio es sencilla, aunque se va enredando cada vez más: Blanca (Antonia Giesen), una escolar líder de una toma feminista, desaparece sin dejar rastro, y tres detectives (Antonia Zegers, Vega y María Gracia Omegna) son asignadas a su caso. A poco andar se descubre un video donde se ve a cuatro jóvenes abusando violentamente de ella, y que todo es parte de un macabro juego por internet. A partir de ahí se van entrecruzando todas las hebras del cuento.

La Jauría reúne todos los elementos del género al que se debe: policías dedicadas y dañadas que harán cualquier cosa por resolver el caso de turno, misterios con interminables vueltas de tuercas para mantener interesado al espectador, el jefe obstruccionista al que sólo le interesa quedar bien con el alto mando, el oficial de tecnología que se las sabe todas y que averigua datos progresivamente improbables/imposibles, más interés en el desarrollo de la acción que de los personajes, malos muy malos y buenos muy buenos.

Con todos esos ingredientes la serie urde una historia que engancha desde el principio y no abandona hasta el final. Como es clásico del género, algunos de los giros son predecibles y otros inverosímiles, pero la serie es entretenida, cuenta en su elenco con un listado de los mejores actores de Chile (desde sus protagonistas hasta sus roles más secundarios) y cumple con dar esos placeres televisivos sin dobleces, donde uno se puede dejar llevar por la historia sin complicaciones. Además, se anota un verdadero hallazgo en Paula Luchsinger, que interpreta a Celeste la hermana de Blanca: convincente y tremendamente carismática en cada una de las escenas en las que aparece.

Ahora, si alguien está buscando en La Jauría una reflexión o ideas profundas sobre el feminismo o la violencia de género, van directo al abismo de la decepción. La serie funciona, pero como un artefacto de género y de entretención. Pero para cualquier discurso más profundo, carece de fuerza en sus convicciones. Tiene la pátina del feminismo, un telón de fondo y un tema que le da actualidad y dentro de esos límites, vaya y pase. Pero no más allá.

De hecho, en el análisis de las temáticas sobre género queda muy al debe. Tiene tres víctimas principales y a ninguna les da voz, desarrollo ni espacio más allá de figuras para el martirio. Sofía (Mariana Di Girólamo) desaparece de la trama sin explicación después de vivir una experiencia traumática a manos de su abusador; la tragedia de Blanca (Antonia Giesen) pasa a un segundo plano sin más ni más; y Camila (Laura López) tiene un desenlace que sólo está al servicio de la trama de un personaje masculino.

La disonancia entre discurso, intenciones y resultado se hace más patente si se contrasta con que la escena de la violación que gatilla gran parte de la acción es repetida una media docena de veces a lo largo de los episodios, sin excusa más allá de impactar.

El poner a protagonistas femeninas no basta para atribuirse una historia feminista. Sí, está el discurso en lo superficial, pero no donde importa. Porque además de no tratar a sus víctimas como corresponde, mucho se habla del patriarcado, pero tampoco le pasan la cuenta de manera real. Victimarios mueren por su propia mano, jóvenes acosadores en potencia son excusados fácilmente y sin análisis porque son niños, villanos desaparecen de la trama sin que veamos las consecuencias de sus actos. Es una suerte que La Jauría esté calibrada como un policial de género hecho y derecho, porque es ahí donde las piezas le funcionan y donde la segunda temporada puede ser mejor que la primera. El resto mejor dejarlo en otras manos.

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