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Cómo se dona el cuerpo a la ciencia en Chile

-¿Y qué quiere, señora Nancy? ¿Casarse por tercera vez?

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-¿Y qué quiere, señora Nancy? ¿Casarse por tercera vez?

Miguel Soto es de esas personas que de todo hace una broma. Un recurso bastante útil, si parte de su trabajo es conversar con gente que, una vez muerta, quiere donar su cuerpo a la ciencia para ser conservada y estudiada -y muy escudriñada- por alumnos del área de salud de la Universidad de Chile. Y otra parte es cortar milimétricamente con una sierra los cuerpos de personas con las que se tomó un café, a las que invitó a pintar huesos junto a niños de jardines infantiles y a quienes deberá inyectar preparados químicos horas después de que los familiares le avisen de su muerte.

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Nancy Arévalo es una de esas personas. Junto a otros 199 inscritos en el Programa de Donación de Cuerpos de esa casa de estudios, certificó ante notario que quería que su cuerpo, en vez de enterrarse o cremarse, se llevara a la Facultad de Medicina en la Avenida Independencia. Ahí, estando muerta, le quedan aún 20 o 30 años de vida útil.

Y aunque la mayoría de los donantes son personas de tercera edad, Soto, tecnólogo médico y docente del Programa de Anatomía y Biología del desarrollo de la Universidad de Chile, dice que la cantidad de jóvenes inscritos va en aumento. La mayoría, eso sí, son estudiantes de alguna carrera de la salud. “Uno socializa el tema en las clases, lo plantea de manera natural y eso abre la mente de los alumnos”, explica. El voluntario más joven, Javier Sánchez, cursa tercer año de Medicina.

De alumna frustrada a donante
Cuando conversó con Miguel hace siete años, Nancy no quería casarse por tercera vez. Quería aumentar la cifra de cuerpos con la que cuentan los alumnos de Medicina, Nutrición, Tecnología Médica y Odontología en sus clases, tras leer en el diario que eran un bien escaso.

Pero antes, hace 65 años, quería estudiar Medicina. Cuando ser una mujer con tres hermanos hombres menores -que debían mantener a sus futuras señoras- no servía para seguir estudiando después de seis años de Humanidades.

“Por eso, tras pensarlo mucho y recorrer la facultad con Miguel todo el día -explica Nancy-, le dije que ya no tenía otro camino, que ya me había casado dos veces…”. Y ahí, Soto le preguntó qué más creía que le faltaba por hacer. Como si donar su cuerpo a la ciencia no fuera suficiente.

A ella le gusta pensar que no lo es. Por eso da cuanta entrevista le piden al respecto; acompaña a su marido 24 años menor, Ramiro, en el tratamiento de su hemofilia leve; y llama al colegio que colinda con su edificio para pedir que el timbre suene menos y más bajo, porque sus vecinos no aguantan el dolor de oído que les provoca. Es de esas personas que, extrañamente, ayudan sólo por el placer de ayudar. Altruismo, le dicen.

Pero ése no es el único motivo que mueve a los donantes de cuerpo -acogidos también por la Escuela de Anatomía de la Universidad Católica. Según el doctor Julio Cárdenas, docente de la Universidad de Chile, hay tantas razones como donantes: “algunos lo hacen para mejorar la calidad de la docencia; otros, para retribuir alguna buena atención ofrecida por el equipo médico. También hay quienes no quieren hacer gastar a su familia en funerales y entierros, o los que lo hacen, simplemente, porque no tienen quién les llore”.

Para retirar los cuerpos, la universidad cuenta con varios ataúdes. Y para los familiares, quieren firmar un convenvio con alguna funeraria que preste todos los servicios necesarios para que los deudos hagan una ceremonia de despedida. “Por superstición -aclara Soto-, las funerarias no usan el mismo ataúd dos veces, pero acá no importa, porque es sólo para la misa de quienes la deseen”.

Ése no es el caso de Nancy. Le gusta la idea; hasta se podría decir que se desvive por morirse. A ratos. “A veces pienso ‘ojalá me muera pronto’, pero por otro lado, pienso en Ramiro. En mis hijos no, porque ya están grandes -y viviendo en Estados Unidos, cada uno con su familia, explica-, pero Ramiro se quedaría solo y eso sí me da pena”.

Siempre pensando en facilitarle las cosas al resto, tiene escrita una lista de personas a las que su marido deberá avisar cuando fallezca. Son seis. Sus dos hijos y cuatro amigas que han estado con ella “toda su vida”. Cuando se separó de su primer marido, mientras vivió en Estados Unidos, cuando decidió ser donante y, sobre todo, cuando ya no pudo salir de su departamento -a menos que sea para sus controles médicos. Su esclerodermia le impide moverse mucho y, en palabras simples, significa que se le está acabando la humedad a su cuerpo.

Los requisitos para seguir los pasos de Nancy son simples: ir a la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, conversar con Miguel Soto y -cuando se decida, si es que lo hace-, dejar constancia ante notario. Y decirle a su familia, claro. Ellos decidirán si, tras su muerte, respetan el deseo de donar o no el cuerpo. Aunque la mayoría lo hace. “Algunos piensan que, si se niegan, su pariente vendrá a penarlos por no haberle hecho caso”, se ríe Soto.

Para incorporarlos al proceso, la Facultad invita a todos quienes quieran acompañar a los donantes a una misa que se realiza a finales de año para celebrar a todos quienes se sumaron al programa ese año. Les entregan una copia de las odas al cuerpo escritas por un poeta brasilero, un documental, un reportaje hecho por alumnos de distintas univerisidades como tesis y, desde el año pasado, una copia de la película Final de partida. Ésa en la que el protagonista es mirado en menos por su trabajo, porque preparar los cuerpos para una ceremonia fúnebre es indigno en la sociedad nipona.

En vida, no se debe tocar mucho a los muertos. No se habla de ellos, menos se les tiene más cariño que a su recuerdo. Eso, hasta que el cuerpo es el de alguien cercano. Hasta que quien se muere es el padre, el hermano, el amigo o el marido. O la señora, en el caso de Ramiro.

A Nancy le apena que él se niegue a ir a esa liturgia anual, aunque lo entiende -“por su hemofilia, él odia a los doctores, los remedios, los hospitales”-. Por lo mismo se demoró tres meses en contarle que quería ser donante de cuerpo. Y, con mayor razón, valoró que -luego de tres días de silencio- él le dijera que fueran a la notaría a dejar el aviso.

De todos modos, le gusta ir a la misa en la facultad. No sólo porque ve a Soto y al resto de los donantes, ni porque los más jóvenes se le acercan para pedirle consejos. Le gusta escuchar al cura recitando la lista de voluntarios que ya fallecieron.

“Son bien poquitos, y todos hombres -explica Nancy-. El cura no se demora ni un segundo en leerlos todos”. Y después de un silencio -en parte porque no escucha muy bien las preguntas, en parte porque se imagina la escena-, termina la idea: “Ahí voy a figurar yo como primera mujer. Miguel siempre dice que soy la Primera Dama de los donantes”.

Museo de Anatomía abre a todo público
No hay cadáveres enteros, y como en casi cualquier museo, se mira, pero no se toca. Para el Día del Patrimonio Cultural, el Museo de Anatomía de la Facultad de Medicina de la U. de Chile (Av. Independencia 1027) estará abierto a todo público el domingo 29 de mayo. Una oportunidad que, el resto del año, sólo está disponible para estudiantes con intereses en área de la salud.

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