Paulina Núñez ha librado dos grandes luchas en su vida. La primera fue ganar un espacio en la política, y la dio a plena luz: llegó desde Antofagasta, sin una familia que militara ni un apellido que le allanara el camino, convencida desde niña de que lo suyo era esto. En el anuario del colegio la habían apodado “la abogada de las causas perdidas”. Estudió Derecho, pero tenía claro que su profesión no iba a definir su futuro. Y se fue abriendo paso a pulso, sin padrinos, en cargos que pocos le auguraban. La segunda lucha fue íntima, más larga y mucho más dura: ser madre. Creyente, de las que rezan todos los días, bregó durante seis años sometiéndose a más de diez tratamientos de fertilidad. Las dos batallas se cruzaron un fin de semana de septiembre de 2023. Pero ya hablaremos de eso.
—¿Cuando de niña le preguntaban qué quería ser de grande, usted decía “política”?
“Decía que me gustaba la política. En la universidad participé en el centro de alumnos y fui presidenta de la Juventud de RN en mi región. Y, estando en el gobierno, entre comillas cometí un error: siendo seremi, me preguntaron si me veía como posible candidata a diputada, y dije que sí, que estaba trabajando para eso. Se me vinieron todos encima”.
—Esas cosas se piensan, pero no se dicen.
“Es que yo soy así: al que le parezca bien, bien; al que no, también. Mi límite es no pasar por sobre nadie ni dañar a nadie. Pero si para eso hay que competir, bienvenida a la política y bienvenida a la competencia”.
—¿Cómo fue ganarse el espacio viniendo de una región del norte, cuando el poder en general está en Santiago?
“Yo estaba bien resuelta, ya militando en el partido, a que termináramos con esto de los candidatos foráneos, que nos mandaran a alguien desde Santiago con un supuesto liderazgo nacional. Lo entiendo, si te mandan a alguien de Santiago es porque, supuestamente, no hay liderazgo local. Yo busqué la oportunidad de ser seremi, porque sabía que ese era mi primer paso para levantar una candidatura. Y la crítica que a veces te hacían, está en campaña, para mí es un bendito problema: ojalá un gobierno dé como fruto que tengamos muchos candidatos y candidatas para que las personas escojan a su mejor representante”.
—Imagino que fue también una pelea dentro del partido.
“Lo pasé mal, porque los parlamentarios en ejercicio están en una posición compleja. Nadie quiere irse a la casa. Pero se produjo una especie de punto de inflexión. Y aproveché esa oportunidad con mucho trabajo y mucho esfuerzo. Porque con lo compleja que puede ser la política, uno le dedica años, y a veces de manera muy expuesta”.
—¿Hubo un momento en que se preguntó si valía la pena?
“Me pasó en el estallido, fue el único momento de mi carrera. Me subí a un avión con mi marido, que también se dedica a la política, y nos gritaban todos. Los nuestros, porque no nos poníamos los pantalones; y los otros, porque éramos unos violadores de derechos humanos. Y uno se decía: podría dedicarme a mi profesión, tener un buen pasar. Pero al final del día la política es de vocación”.

—En todo ese caos usted intentaba ser madre. ¿Cómo fue ese proceso?
“Yo soy bien creyente. Rezaba diciendo: si tengo que entregar todo esto por ser mamá, lo entrego, no tengo ningún problema. Pero también siento que hay cosas que pasan por algo y otras que no, y que los tiempos no son los de uno. Esa fue mi gran prueba de la vida. Siempre fui muy resuelta; por eso, cuando quise ser mamá, el portazo fue brutal”.
—Y es un portazo que tampoco dependía de usted.
“Claro, y como no dependía de mí, dije: bueno, ¿qué hago? Ahí empecé a descubrir un mundo que, el que no lo vive, no lo dimensiona. Requiere muchísima fortaleza. Sabes que es un camino peligroso, que cuando te sometes a los tratamientos desde ya te dicen que seguramente vas a tener alguna pérdida. Entonces tienes que estar preparada para el dolor. Y nadie sabe cómo prepararse para el dolor”.
—¿Cómo se sobrelleva ese dolor?
“Con amor”.
—Al mismo tiempo está la responsabilidad de seguir con su carrera política, porque las elecciones no esperan a los procesos personales.
“No, al revés, a mí me pasó algo bien potente. Durante seis años me sometí a dos tratamientos por año. Perdí un embarazo de casi doce semanas. Y cuando termina la elección de RN, el lunes iba a retomar todo… y estaba embarazada”.
—¿Qué pasó en ese momento?
“Fue una montaña rusa de emociones: el sábado, muy tristes, porque yo nunca había perdido una elección; el domingo, pasando cuenta y enojados por el resultado; y el lunes en la mañana me enteré de que estaba embarazada. Después estuve cuatro meses y medio en reposo, porque era un embarazo de alto riesgo. Pero sobrevivimos las dos, Matilde y yo”.
—Sale adelante de ese proceso y al poco tiempo llega a la presidencia del Senado…
“Nunca se me pasó por la cabeza presidir el Senado, porque puede llegar a ser hasta más complejo que ir a una primaria presidencial. Primero te tienen que escoger los tuyos y luego los otros”.
—Se hizo bastante eco de que fue la primera presidenta de derecha del Senado. ¿Lo sintió como algo especial?
“Sí, y no sólo yo. Muchas mujeres y organizaciones me lo hicieron sentir, incluso exparlamentarias y exministras del expresidente Boric. Creo que eso se notó en que gente que no esperaba, terminó votando por mí”.
—¿Ve un recambio inclinado hacia las mujeres en la centroderecha? Antes se veía a los Pablo Longueira, Carlos Larraín o Jovino Novoa liderando. Hoy está usted, Andrea Balladares, entre otras.
“También incluyo a María José Gatica o Katherine Martorell. Pero creo que, a nosotras, las mujeres de derecha, nadie nos ha regalado nada. No somos de las que nos tiramos al suelo a esperar que nos cedan algo, o que nos den un cupo por el solo hecho de cumplir una cuota. Todas hemos ganado nuestras elecciones nadando contra la corriente”.
—Entre líneas se lee que los hombres no cedieron tan fácil el espacio.
“No es que nos cedieran el espacio. Ni siquiera esperamos eso. Si hoy tenemos una presidenta en el partido —me pongo de pie y la aplaudo— es porque fuimos capaces de ponernos de acuerdo. Por eso siento que hay una nueva etapa en Renovación Nacional”.
—No es común ver a RN ponerse de acuerdo, siempre hubo competencia, y dura…
“Uno se une cuando se ve vulnerado, o cuando tiene propósitos comunes. Y ahí estamos muy resueltas a que no nos vuelva a pasar que no llevemos un candidato propio. Y como eso no es de un día para otro, hay que ponerle mucho ojo al año que viene, que es la elección municipal y regional. Estamos marcando un nuevo ciclo, y no solo por el hecho de ser mujeres, sino porque tenemos una forma distinta de hacer política. Nos sentamos a la mesa, nos ponemos de acuerdo, porque todas sabemos lo que hemos pasado, que nadie nos regaló nada, que hemos competido en todo. Y nos empujamos juntas”.
—En la lógica de seguir corriendo el cerco, sólo faltaría una mujer de derecha como presidenta.
“Vamos a trabajar para eso”.
—¿Usted se ve asumiendo ese desafío?
“La respuesta típica del político es si el pueblo me lo pide. Pero uno tiene que ser profesional en lo que se desempeña e ir pavimentando ese camino, si el objetivo es ese. Lo que no puede pasar es volver a improvisar. Renovación Nacional tiene todo para enfrentar una primaria y evitar que ocurra lo de la vez pasada, que no tuviéramos candidato. Y lo que estoy haciendo ahora es trabajar por conducir de la mejor manera el Senado, dejar el sello propio de RN, que es la política de los acuerdos. Y si en unos años, pensando en lo que viene, se da y el partido me lo pide, lo que no me puede pasar es que me pille improvisando. Me estoy preparando por si llega ese momento”.
—O sea que deja abierta esa puerta.
“Lógico. Si el partido ve en mí una opción, mi respuesta no puede ser no, gracias o no estoy preparada. Y al revés: si el partido ve a otra persona, yo voy a ser la primera en ser jefa de campaña de esa persona. Es súper simple: quienes corren son los que más marcan”.
—Usted menciona lo que pasó en la presidencial. ¿Qué reflexión hace sobre ese proceso que atraviesa la centroderecha? Se puede apreciar que a Chile Vamos le está pasando lo mismo que a la Concertación.
“A mí me carga cuando, tanto en la izquierda como en la derecha, uno le pone apellido. La derecha extrema, la izquierda extrema, la derecha cobarde o la izquierda amarilla. Esto no es un fenómeno solo chileno, lo hemos visto en todo el mundo: los polos se fueron tomando el discurso y fueron ganando elecciones. Lo que hay que responder es por qué ocurrió. Pero en nuestro caso, objetivamente, el nacimiento del Republicanos le come más a la UDI”.
—¿A ustedes les afectó el crecimiento del PDG?
“Efectivamente. Y a mi juicio es un fenómeno distinto. El péndulo se va a los extremos, pero en un momento tiene que llegar al centro. Y ahí el debate es sobre quién puede hacerlo de manera más institucional; haciendo cuerpo la política de los acuerdos. Y aquí hablo sólo de Renovación Nacional: esa siempre fue nuestra hoja de ruta. Por eso no me voy a detener hasta que RN vuelva a ser el faro, porque no hay nada más valiente que lograr acuerdos”.
—Usted dijo que Chile Vamos había muerto, y al parecer no era tan así…
“¡Lo dije porque terminamos quintos! No hubo coordinación de los partidos, la coalición ya no funcionaba como cuando la creamos, con un secretario ejecutivo, reuniones semanales, hoja de ruta única, mínimos comunes”.
—¿Es momento de una nueva coalición?
“Si me dices que tenemos que armar una nueva coalición a la que solo le cambiamos el nombre y hacemos lo mismo, un poco de marketing, no. Pero si me dices que estamos trabajando para ampliar la coalición —pienso en lo que quedó de Demócratas, en independientes que formaron parte de Amarillos, en independientes que fueron en nuestras listas, en la UDI y RN—, entonces es lógico que la ampliemos. Eso sí sería algo distinto. Si vamos solo a cambiarle el nombre…”.
—¿Pero se imagina en el futuro junto a los Republicanos o Libertarios?
“Nosotros ya entendimos que la única manera de ganar elecciones, dado que hay más partidos de este lado de la mesa, es ir unidos. La próxima municipal y regional hay que enfrentarla unidos, con candidatos únicos. Ya veremos el mecanismo. Con Republicanos es necesario. Distinto sería si no estuviéramos en un mismo gobierno. Yo no le puedo pedir eso al Libertario, que decidió quedarse fuera del gobierno. Pero si hoy estamos bajo el mismo paraguas, lo mínimo es ir juntos. Porque no me imagino al presidente como jefe de campaña de dos o tres candidatos del sector. Pero eso es un pacto electoral, muy distinto a un proyecto político”.
—¿Por qué hace esa distinción entre pacto y proyecto?
“Porque en un proyecto político tienes un programa único. Y si eso resulta para el año municipal, al año siguiente, cuando enfrentemos la presidencial, yo imagino que vamos a ir a una primaria cada uno con su programa. Hoy, donde se nota que no somos una coalición política sino un conjunto de partidos que colaboran en el gobierno del presidente Kast, es justamente donde hemos marcado matices”.
—¿Qué le pasa por la mente cuando escucha a diputados referirse a ustedes como “la derecha cobarde”?
“Esto es como la típica frase: al que le cae el poncho, que se lo ponga. Yo paso por el lado, no me lo pongo, ni lo miro, ni lo agarro. Cuando nos han dicho ustedes firmaron un acuerdo por una nueva Constitución a presión… ¡Claro que fue a presión! Hubo una turba dispuesta a entrar a La Moneda, con iglesias incendiadas, con el presidente resguardado. Pero cuando esa caricatura se instala porque eres capaz de lograr acuerdos, yo me siento orgullosa. Si alguien cree que llegó al Parlamento a defender su ideología o a arrinconarse en una trinchera, mejor que se dedique a otra cosa, porque por algo el Parlamento lleva ese nombre: tienes que llegar a parlamentar”.
—¿Y cuál es su límite de esos acuerdos? ¿Los principios?
“¿Cuál es el principio en una reforma previsional? Mejorar las pensiones de los adultos mayores. Eso era de principios y se nos criticó. Quién cotiza más o menos, eso se negocia. Pero si lo vemos en retrospectiva, gracias a ese acuerdo el presidente Kast tiene un problema menos”.

—Esas diferencias entre las derechas también alcanza su figura. ¿Es consciente de esa fricción que genera con el Gobierno y los Republicanos?
“Cada vez que he marcado algún matiz lo hago de manera muy consciente, y muchas de esas veces ha sido coordinado con el gobierno”.
—¿Ha recibido alguna aprehensión?
“Más allá de lo que se pueda decir, lo que quiero dejar claro es que hasta que termine mi periodo yo voy a actuar así. Porque soy la presidenta del Senado”.
—¿No fue compleja la situación con el ministro Poduje?
“Mi labor es conducir el Senado, y para conducir a un grupo humano tienes que asegurarle respeto y libertad. En el caso de Vivienda, yo creo que el ministro hace una tremenda pega. Ojalá todos los ministros estuvieran en terreno, escuchando a los vecinos. Eso se agradece. Pero cuando esas formas repercuten en los ánimos y en el buen funcionamiento del Senado, yo levanto una alerta. Porque si esa es la forma de conducirse, después no me pidan que haga esfuerzos mayores para juntar votos”.
—Al tener un presidente del mismo signo que la presidenta del Senado uno esperaría más sintonía, ¿o no?
“Hay una sintonía total, en eso no nos perdamos. Proyecto que el gobierno pide en tabla, ha estado en tabla; cuando acordamos en la reconstrucción las comisiones por las que pasaría el proyecto, incluso logré más de lo que me pedía el Ejecutivo; sesiones especiales, entre otras cosas. Yo he trabajado para que al gobierno le vaya bien, porque si le va bien al gobierno le va bien al país. Pero para que esa relación entre colegisladores funcione, el gobierno también tiene que ayudar”.
—¿Cuál es su evaluación de estos primeros meses de Gobierno?
“Esto es como la vida misma: problemas va a haber siempre. Lo importante es cómo se resuelven. Y al Presidente le rindió mucho el cambio de gabinete, incluso antes de su Cuenta Pública. Porque, a mi juicio, si algo terminó inclinando la balanza en la segunda vuelta, además de la seguridad y el crecimiento, fue la forma del presidente. La gente vio en campaña a una persona dispuesta a tomar decisiones le gustara a quien le gustara. Y eso se está viendo”.
—Pero en la campaña también hubo un compromiso de no improvisar, de resultados inmediatos…
“Es verdad que uno se esclaviza a sus propias palabras. Pero, más allá de eso, lo que está pasando en estos primeros tres meses no es más de lo que ha pasado antes, ni menos de lo que eventualmente podría pasar en política”.