“I am not Bush”, por Robert Funk

Es demasiado temprano como para declarar que lo ocurrido en el Medio Oriente es una revolución democrática, aunque ciertamente existe un fuerte impulso en ese sentido en varios países. Este carácter democrático ha dejado en evidencia la difícil posición de Estados Unidos, que en esa región como en la nuestra, históricamente ha preferido la estabilidad a la democracia, política que muchas veces se ha traducido en apoyo a gobiernos y líderes autocráticos y corruptos.

 

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Es demasiado temprano como para declarar que lo ocurrido en el Medio Oriente es una revolución democrática, aunque ciertamente existe un fuerte impulso en ese sentido en varios países. Este carácter democrático ha dejado en evidencia la difícil posición de Estados Unidos, que en esa región como en la nuestra, históricamente ha preferido la estabilidad a la democracia, política que muchas veces se ha traducido en apoyo a gobiernos y líderes autocráticos y corruptos.

 

Por eso, Barack Obama trató de redefinir la postura de EE.UU. en el Medio Oriente en un discurso que dio en El Cairo el 2009. El mensaje principal: “Soy Barack Hussein Obama, hijo de padre keniano, criado por madre soltera en Indonesia y Hawaii. No soy George W. Bush, hijo cowboy de un millonario ex-presidente”.

Esta semana el presidente Obama viaja a Brasil, Chile y El Salvador. Algunos ven la elección de países como premios a sus gobiernos, otros como un castigo simbólico contra los ‘niños malos’ del barrio. Pero el mensaje principal del viaje y, especialmente, del discurso que dio en Santiago, es el mismo que el de El Cairo: No soy Bush.

El discurso de El Cairo, más que detallar una nueva estrategia geopolítica, logró dejar en claro cómo quiere Obama que el mundo lo vea, y cómo él ve al mundo. Es una visión forjada no solamente por su biografía, sino también por su currículum. Además de ser el heredero de los sueños de su padre, Obama es un abogado demócrata, ex alumno de Harvard. Es el fiel representante del ala progresista de la clase media acomodada norteamericana, y el mejor ejemplo de los beneficios de una política bien administrada de discriminación positiva.

 

Si bien es demasiado joven como para haber sido directamente afectado por la guerra de Vietnam, su visión está marcada por el anticolonialismo, el antiimperialismo, y los abusos de poder de Watergate. Da la impresión que Obama quiso ser presidente para continuar su trabajo comunitario en una escala más grande, no para liderar un imperio.

 

Pero la crisis económica impidió la primera ambición y Obama, el trabajador comunitario, se convirtió en el salvador de la industria financiera, mientras que la herencia de Bush lo convirtió en el Comandante en Jefe de unas agotadas y sobreextendidas fuerzas armadas.

Es útil mantener estos antecedentes en mente al analizar las palabras del mandatario durante su visita a Santiago. Reconociendo que su país no siempre ha sabido valorar su relación con América Latina, el presidente Obama le pegó un leve palo a George W. Bush, quien cuando miraba hacia el sur desde la Casa Blanca, no veía mucho más allá de Texas.

 

Al mencionar la Alianza por el Progreso, Obama también ofreció un eco de John F. Kennedy, que implementó la primera iniciativa de este tipo, para intentar detener la influencia soviética y cubana en la década de los sesenta. Hoy la principal competencia geopolítica no se enmarca en una Guerra Fría, sino que surge de la relación comercial entre EE.UU. y China, país cuya demanda por recursos naturales latinoamericanos parece ser insaciable.

 

Durante la década en la que Washington estaba distraído en Afganistán e Irak, el comercio entre China y América Latina se multiplicó por 15. Se ha repetido hasta el cansancio que China ha superado a EE.UU. como principal socio comercial de Chile. Sin embargo, existen razones –más allá de las geográficas– para que el país del norte se ponga las pilas.

 

Primero, la estabilidad política y económica de la región sigue siendo una prioridad estratégica para la nación norteamericana. EE.UU. no querrá, por ejemplo, que México y, especialmente su región norteña, se transforme en un verdadero narco-estado, o peor aún, en un estado fallido. Tampoco es de interés norteamericano que los países de la región se acerquen aún más a Irán o Al Qaeda, ofreciendo bases de operación o recaudación de recursos.

En el plano económico, el PIB per cápita de América Latina es casi el doble que el de China. Es decir, mientras muchas empresas se preparan para conquistar el leviatán que será el mercado chino en 50 años más, no han aprovechado todas las oportunidades que les ofrecen hoy sus propios vecinos. En términos concretos, a diferencia de lo planteado por la retórica proteccionista norteamericana, los tratados de libre comercio ofrecen oportunidades no solamente para producir en la región, sino también para vender.

El espíritu de crear una región estable, democrática, y económicamente exitosa estuvo muy presente en la década de los 90, pero quedó enterrada en las cenizas de las Torres Gemelas. Se puede retomar ese camino, pero bajo otras condiciones. Barack Obama visita la región como presidente de un país golpeado por la guerra, el desgaste político y la crisis económica.

 

En Brasil, Obama podrá observar cómo combatir la pobreza. En Chile, los beneficios de dos décadas de prudencia fiscal. Y, en El Salvador, cómo la región sigue buscando el liderazgo de Estados Unidos, para resolver profundos problemas sociales.

A pesar de estas buenas razones para replantear una relación entre EE.UU. y América Latina, el discurso que dio Obama en el Centro Cultural de La Moneda no ofreció ninguna hoja de ruta, y ni siquiera reprodujo la famosa retórica elevada obamística. “¿No hay nada que no podamos lograr juntos?” ¿Ese es el mensaje que trajo de tan lejos? Para eso leo a Paolo Coelho, el “gran autor” que Obama citó en Brasil.

Si realmente desea demostrar que no es George W. Bush, tendrá que hacer más que ofrecer discursos como el de Santiago. Bush, con todos sus defectos, tuvo una idea muy clara sobre la posibilidad de construir democracia en el Medio Oriente, objetivo que muchos habitantes de esa región hoy reclaman. Es tan fuerte el impulso de Obama de no querer imponer, que ni siquiera logra imponer una visión para la región.

 

 

  BA de la Universidad de Toronto, MSc y PhD de la London School of Economics es subdirector del Instituto de Asuntos Públicos y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile. 

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