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Sobrevivir a un femicida Sobrevivir a un femicida

El 23 de junio del 2016, Patricio Marre (45) se quitó la vida tras arrancarle trozos de piel a su ex pareja, Carol Mora. Hoy la sobreviviente de ese ataque se recupera con la ayuda de una terapia sicológica y está a la espera de otra intervención. “Estoy aprendiendo a vivir de nuevo”, dice. Aquí su historia.

Nacional

Sobrevivir a un femicida

Por 8 de Marzo de 2017

23 de junio. “Hombre le sacó la piel de la cara a su polola con una botella y se suicidó”, dice el titular amarillista de un sitio online.

Ocho meses después de que casi muriera, Carol Mora (35) dice que ya no es la misma. Tiene 60 puntos en la mejilla derecha, se medica con Sertralina para los cambios en el estado de ánimo y confiesa que su vida no sería la misma si su agresor no estuviera muerto. Está segura que no podría verlo y revivir una y otra vez la pesadilla que le tocó enfrentar ese domingo de invierno.

“Simplemente una nunca cree que te va a pasar a ti”, dice antes de empezar a contar su historia, con la ayuda de Ada, su madre. A Carol le cuesta pronunciar bien las palabras, producto de las heridas.

18 de junio, 2016. Ada (52), la madre de Carol, se encontraba de paseo en Valparaíso para descansar un par de días de su trabajo como vendedora. Hoy recuerda que todo el día la acompañó un mal presentimiento, una puntada en el pecho que hasta ese momento parecía no tener mucho sentido.

Hizo llamadas a sus otros dos hijos en La Calera. Carol, madre de dos niñas de 13 y tres años, vivía con ella y esos días era su principal preocupación. Necesitaba asegurarse de que todo estuviera en orden. Nadie contestó. Al día siguiente el paseo continuó: fue a almorzar a Concón y terminó con una caminata a la iglesia de San Expedito.

A las siete de la tarde, al salir del templo, Ada miró su celular y tenía quince llamadas pérdidas de su hijo Héctor. Llamó a su casa, el teléfono repicó unos segundos. De nuevo nadie contestó.

Colgó. El celular sonó otra vez. Escuchó la voz jadeante de una vecina.

—Señora Ada, pasó algo malo con la Carol, tiene que venir ahora —le explicó al otro lado de la línea.

Todo se volvió negro. Ada manejó a toda velocidad por la carretera camino hacia Calera.

En el hospital recibió la noticia: Carol fue atacada con decenas de cortadas en su rostro y su agresor, Patricio Marre, se ahorcó a metros de ella una vez que la creyó muerta. Cuando Carol despertó, a duras penas, se montó sobre un mueble y gritó por una pequeña ventana antes de volver a desmayarse. Estuvo al borde de la muerte.

La víctima es la primogénita de tres hermanos y hasta ese entonces trabajaba con su madre vendiendo ropa para recién nacidos en un local en el centro de La Calera. Las fotos en la biografía de su Facebook dejan ver a una persona alegre. Se ve radiante y sus grandes ojos verdes lucen en cada una de las selfies que tiene publicadas.

“Mi cara es lo que más me gustaba de mí”, dice con una voz apenas audible, para luego quedar en silencio.

Carol cuenta que estaba soltera, recién separada del padre de sus hijas y vivía con su madre. Quería rehacer su vida, quería dejar todo atrás y conocer nuevos amigos. Es sociable, así la retrata también su familia. Rápidamente se hizo mucho amigos en el barrio.

Conoció a Patricio Marre a través de Facebook, un hombre diez años mayor al que le decían “el chaval” porque venía llegando de España. Llevaba un año separado. El hombre le envió una solicitud de amistad, chatearon un par de días y luego salieron unas semanas. Carol quiso que siguieran siendo solo amigos y así fue por un tiempo. Esa es la única relación que tenían hasta el día del ataque, cuenta.

19 de junio. Sus recuerdos están revueltos.  Saca cuentas, rememora el “mal humor” de Marre con ella, pero reconoce que nunca pensó lo que pasaría después. Patricio, a ratos, dejaba ver sus constantes cambios de ánimo en la red: fotos de un revólver, de El Guasón con mensajes violentos que iban subiendo de calibre en la medida que pasaba el tiempo y aumentaba la distancia de Carol: “Yo tengo mi lado romántico, pero también malvado…”, advierte en una de las últimas publicaciones.

Marre se reconocía violento y celoso. De hecho, un mes antes del ataque, ambos fueron a bailar a una discotheque de Quillota, lugar donde Carol coincidió con el padre de sus hijas. Lo saluda a lo lejos. Él la zamarrea, se la lleva del lugar, toma el auto y casi choca. “Soy capaz de matarte a ti, a tus hijas y luego me mato yo”, le dijo esa vez. Carol decidió dejar de verlo, pero él no la dejaba en paz. Uno, dos, tres y hasta cuatros posteos diarios con fotos de Carol en su biografía de Facebook. Finalmente, la obstinación se transformó en un acoso insoportable. Regalos, mariachis y bombones que nunca tuvieron una respuesta.

Carol ahora entiende que Patricio estaba obsesionado con ella.

Recuerda que llegaban temprano a la tienda en la mañana y él ya estaba instalado afuera. Mientras trabajaba, él le llevaba café, dulces.

-A mí no me gustaba, lo encontraba raro, oscuro, cosas de mamá-, reconoce Ada.

La noche anterior al ataque, Marre insistió y la llamó en reiteradas oportunidades. Le mando mensajes toda la noche. La volvió a llamar en la mañana. Carol, a escondidas, había vuelto con el padre de sus hijas.

Patricio le pidió que por favor conversaran de lo que estaba pasando y Carol creyó que era la mejor manera de terminar esa situación, agotadora a esas alturas. Tortuosa. Una vez en su casa, le rogó que fueran más que amigos, como antes, “como siempre debió ser”. Ella le dijo que no, que así estaban bien, que todo se había acabado.

Fue en ese momento cuando Patricio borró de su rostro la sonrisa y la suavidad que aparentaba. Todo se transformó en gritos, en violencia, insultos: la golpeó, la golpeó fuerte, hizo estallar una botella en la cabeza de Carol. Descargó toda su ira en su rostro, en sus ojos verdes. Le arrancó trozos de piel.

“Nunca pensé que haría algo así”, dice Carol.

Lo único que recuerda después de eso es el olor aséptico de su habitación y las vendas. El miedo a ver su rostro en un espejo. Tras salir de riesgo vital y dos intervenciones reconstructivas en el Hospital de Carabineros de Santiago, hoy asiste a un tratamiento sicológico para sobrellevar los efectos postraumáticos de ese día.

Lo más difícil fue volver a su casa. Recuerda que se equivocó de camino y se bajó a una cuadra de la calle Balmaceda, donde ocurrió todo. Mientras estaba parada en la calle, revivió en una fracción de segundo todo el episodio y sufrió una crisis de angustia. Por eso, dice, ahora vive de un día a la vez. “Estoy aprendiendo a vivir mi vida de nuevo, todo de nuevo. El otro día tuve una crisis nerviosa por un problema que tuve, porque todo es distinto ahora”, reconoce y su voz se quiebra.

Carol  visita seguido Santiago y cada tanto aloja en la casa de su prima, mientras se prepara para enfrentar dos nuevas cirugías reconstructivas. Pese a todo, sabe que es una sobreviviente, que podría estar muerta, que su nombre podría estar en uno de los tantos carteles en las marchas contra el femicidio en Chile. “Los doctores me dicen que están sorprendidos con mi recuperación, hay que seguir en esto, el proceso será lento, ya vi que así como estoy es lo mejor que puedo quedar, tengo que aprender a aceptarme”, dice.

Junto a su familia hace campaña en contra de la violencia de género. La marcha del 19 de octubre pasado llamó a todas sus amigas a viralizar “Ni una menos”, como un sencillo gesto que para ella decía mucho. Asegura que de a poco la gente tomará conciencia, porque lo que más le quedó grabado de ese día es que pocas personas hicieron caso a sus gritos cuando desesperada pedía por una pequeña ventana que le salvaran la vida. Sólo obtuvo respuesta de una vecina, otra mujer.

“A veces nadie se mete, creen que son peleas de pareja y no, ahora creo que a un hombre posesivo y celoso hay que dejarlo.  No aguantar ni una, ni media. Hay que dejarlo en el momento, antes de que te pueda pasar algo”.

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