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¡A mí ya nada me sorprende!

Un encuentro puede convertirse en un vínculo y cada vínculo, en una red de apoyo. Así crece la confianza y se reconstruye el tejido social. El ánimo del país también puede cambiar cuando sentimos que podemos contar con alguien y que nuestra presencia importa.

Lo decimos como si fuera una señal de experiencia. Sin embargo, debiera dolernos, porque esa “costumbre” puede llevarnos a dejar de sentir y de actuar. Cuando el dolor ajeno empieza a parecernos parte del paisaje, podemos terminar pasando de largo frente a alguien que necesita ayuda, convencidos de que poco podemos hacer.

Hoy las rejas parecen llegar con sus puntas hasta el cielo, mientras muchos vecinos apenas se conocen. Nos hace falta recuperar la vida de barrio: niños jugando en las plazas, saludos que abren conversaciones y una mano amiga que aparece cuando alguien la necesita. Para acercarnos, tenemos que volver a prestar atención, saber quién vive al lado y darnos el tiempo de conocerlo. Es difícil advertir que alguien está pasando por un momento complejo si nunca hemos conversado con él.

En Chile, cerca de 1,5 millones de adultos declaran sentirse solos casi siempre o siempre, según la Encuesta de Bienestar Social 2025, del Ministerio de Desarrollo Social y Familia. La cifra nos invita a mirar nuestro propio entorno, donde puede haber personas que pasan días sin una conversación cercana o que enfrentan sus dificultades sin saber a quién recurrir. Un saludo puede iniciar ese acercamiento, pero es la relación que construimos después la que permite contar con alguien.

Esa confianza tiene un valor concreto. Para una madre que necesita apoyo ante un imprevisto o una persona mayor que requiere compañía, saber a quién llamar puede hacer una diferencia en su día. Cuando hay pocos recursos, las redes cercanas adquieren especial importancia, porque ayudan a resolver necesidades que una familia difícilmente podría enfrentar por su cuenta. Por eso, recuperar los vínculos merece un lugar en las conversaciones sobre pobreza y calidad de vida.

Recuperar la sensibilidad frente a lo que le pasa al otro requiere acercarnos, escuchar y comprometernos. Ese compromiso se vuelve solidaridad cuando damos nuestro tiempo, compartimos lo que sabemos o aportamos recursos para ayudar. El voluntariado y la filantropía son formas de hacerlo y de crear vínculos que se sostengan en el tiempo.

Pero dar ese paso puede resultar difícil si desconocemos dónde participar. La Encuesta Nacional de Voluntariado y Solidaridad 2025, de Fundación Trascender y DataVoz, señala que el 47,2% de quienes no hacen voluntariado dice no saber dónde ni cómo hacerlo. Las organizaciones tenemos una tarea concreta al mostrar las oportunidades que existen, explicar qué necesita cada causa y acompañar a quienes se acercan para colaborar.

Encontrar una forma de aportar que podamos mantener permite que la ayuda tenga continuidad y que lleguemos a conocer a las personas con quienes nos comprometemos. Al volver y cumplir lo acordado, vamos construyendo la confianza necesaria para que alguien se sienta acompañado y pueda pedir apoyo cuando lo necesita.

Un encuentro puede convertirse en un vínculo y cada vínculo, en una red de apoyo. Así crece la confianza y se reconstruye el tejido social. El ánimo del país también puede cambiar cuando sentimos que podemos contar con alguien y que nuestra presencia importa.

Todos podemos ser parte de esa esperanza. Elijamos una causa y hagámosle espacio en nuestras vidas.

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Anne Traub

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